Periódico Sierra Maestra

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Adiós a las saudades.

federico garcia lorcaEs el año 1929. El alma de un poeta se quiebra. Una crisis sentimental lo atormenta, lo sacude y rompe la armonía con su corazón; corazón al que se enfrenta en duelo a muerte para sacudir, o intentarlo al menos, esa pasión que lo consume.

Ha nacido en Fuente Vaqueros, España, y a España ama, pero en su suelo le duelen los pasos: es la nostalgia del recuerdo. Las callejuelas refrescan del aguacero de ayer. Los cafetines conservan todavía el calor de sus andanzas y su hogar aún respira tinta de las cartas de un pintor…

Dalí… las odas a este… el dolor… Buñuel… la ira… Un chien andalou… todo se arremolina en su interior y asfixia y duele al punto de tener que irse lejos de España. No sabe si será solución para las penas, pero así lo hace y llega el 25 de junio a Estados Unidos de América.

¿Pueden los grandes edificios neoyorquinos de acero y granito aliviar el alma en sombras? La vista es despampanante y sin dudas escribe inspirado en ello. El Poeta en Nueva York incorpora extrañas experiencias y la urbe desorbitada y voraz vuelve profunda y renovada su poesía… Coney Island, ferias, luces, noches, juergas, vómitos. La pluma se mueve feroz, citadina, mas el alma sigue inquieta y desgarrada. Recibe Federico una invitación oportuna. Abandona entonces la ciudad de los rascacielos y se marcha a los cañaverales de Cuba.

Cañaverales cuba

¡Oh Cuba, oh curva de suspiro y barro! Reminiscencias de su infancia que regresan nítidos momentos en que su padre fumaba un Romeo y Julieta; en la cajetilla del tabaco, la cabellera tupida y rubia de Fonseca.Todo eso pulula en los pensamientos del andaluz mientras navega en un ferry al que ha abordado en Tamparumbo a La Habana.

El 6 de marzo de 1930 ya está en la capital de Cuba. Ha sido invitado por don Fernando Ortiz, presidente de la Institución Hispanoamericana de Cultura, para ofrecer algunas conferencias sobre poesía. 

federico garcia lorca visita cuba

Son esas las actividades que lo envuelven, además de los paseos y los recorridos por Occidente, para descubrir y entender lo profundo del cubano. Pero ahora ya no lo dilata más; el 31 de mayo de 1930 el poeta viaja sigiloso lejos de La Habana en un coche de aguas negras; es el tren central que escupe humo y descarrila el silencio con su voz estrepitosa.

¡Federico García Lorca está en Santiago de Cuba!

santiago de cuba siglo xx

Lo había prometido su pluma: ¡Iré a Santiago! ¡Al fin la explosión rara en el interior del granadino! Mil mariposas revolotean en su estómago y no es vómito de Coney Island. Hay mulatas hermosísimas, negros latinos, música, montañas, paz sin lágrimas. Las saudades languidecen, poco a poco… Ahora es todo Santiago.

Su conferencia, en la Escuela Normal para Maestros de Oriente, atrapa con la gracia de su oralidad a todo el que está presente. Lo acompaña su amigo Max Henríquez Ureña, mientras él habla de la mecánica de la nueva poesía. Federico está leyendo sus versos, los corazones pausan su ritmo y es el alma quien bombea los cuerpos con sentimiento.

La bibliotecaria del centro, Rafaela Tornés, sabe que está gozando el privilegio de escuchar al talentoso autor de Romancero Gitano, que posee ojos hechizantes y estrecha la mano como si diera el corazón con ella. Lo que jamás olvidará Fela es el modo tan electrizante en el que Lorca lee su famoso Son; texto que es hoy parte de nuestra tradición oral y misiva valiosa del amante a Santiago de Cuba.

Facsimil de Son poema federico garcia lorca

Con hermosas vistas, la ciudad oriental desvanece las tristezas de Lorca, borra el infortunio del desamor y enciende la alegría y el ímpetu que habitan en el alma gitana del poeta. Y es que el autor de Mariana Pineda es un joven simpático y alegre. Sus amigos aseguran que es un ángel, y por eso lo quieren. Su homosexualidad tibia no molesta. Su fisionomía frágil le otorga un toque de gracia exquisito.

Siempre baja con prisas de su habitación en el Hotel Venus, para encontrarse con su camarada Max y otros amigos, entre los que también se encuentra Rodolfo Hernández Giro. Todos inundan de jovialidad el Rancho Club, el restaurante El Baturro, platican con Federico hasta que la noche los envuelve.

Lorca tiene otros compromisos y debe marchar, pero su estancia en la capital oriental lo desborda de dicha. Agradece por la epidermis ecléctica, por cada calle, sonido y montaña. Aquí se ha empapado de luna llena y de madrugadas, de amor y poesía; aquí, ha sanado.

Ha sido un corto y hechizante lapso de tiempo que iluminó al poeta andaluz con la ciudad bohemia, un lapso de tiempo que atrapó a Federico García Lorca en los encantos picarescos de Santiago de Cuba.

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