Periódico Sierra Maestra

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El cielo en mis oídos

Arthur RubinsteinEntre corcheas, semifusas, tabacos y sonrisas viaja un pianista. Es polaco y está considerado por la crítica internacional como el mejor intérprete de música clásica de su época. Pero él no arropa petulancia ni vanagloria roñosa: sólo vive, disfruta, ríe, sueña, toca, indiscutiblemente, como un genio. Ha salido de La Habana, Cuba en avión. Es 19 de diciembre de 1942 y Arthur Rubinstein tocará en Santiago de Cuba.

La señora María Luisa Bory de Alsina está hecha un manojo de nervios. Ella preside la Sociedad Filarmónica de Santiago de Cuba y tiene sobre sus hombros la responsabilidad de auspiciar la visita de Rubinstein y su concierto de esta noche.

Quizás tenga tiempo el virtuoso de admirar a las mulatas santiagueras, de sonreírles, de fumar un puro mientras toma una copa de coñac. Es un cosmopolita agitado, un exponente divino de la embriaguez por la joie de vivre, un hombre feliz.

En Dos Caminos, San Luis, un poblado de la capital de Oriente, José A. Carsí se encuentra absorto. Una mezcla de emoción y desenfreno lo sacuden, lo estrujan, lo hacen feliz y lo consumen. Ha admirado a Rubinstein desde siempre y ahora no puede creer que tendrá el privilegio de escuchar su arte en vivo. Carsí coloca todos sus trajes de casimir sobre la cama provocando una montaña de lana que lo exacerba y entorpece la decisión. Ya sabe, será aquel que está nuevo y fue un regalo especial.

En la ciudad ya se respira música clásica. El sol da sus últimas luces y la Sala de Conciertos del Conservatorio Provincial de Música de Oriente se prepara para recibir al virtuoso. Hasta las paredes del salón estremecen.

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Rubinstein traslada a quien lo escucha a otra dimensión. Pone su alma en las teclas. Escucharlo es asistir a la reencarnación de Chopin o Beethoven. Pero es más que eso, es quedar preso de un virtuosismo que trasciende los legados clásicos y los transmuta en armonía briosa, fresca, auténtica. Es la calidad de un sonido precioso y personal.

Llega la noche. Santiago sabe quién es Rubinstein y la euforia bulle junto al júbilo local. No todo el pueblo podrá verlo y escucharlo durante su concierto, pero el orgullo se enciende solo porque el genial intérprete está en nuestro suelo.

Muchos llegan prestos a solo quedarse en las afueras del Conservatorio esperando un golpe de suerte o de milagro que viole las leyes sonoras y desencadene al menos una nota que, intrépida, cruce las paredes de granito y choque dulcísima contra los oídos de la multitud.

Todo está listo dentro de la Sala de Conciertos. El Gaveau* flamea orgulloso pues tendrá encima las manos gloriosas de un maestro que alcanza con excelencia el porcentaje de notas pertinente en cada ocasión.

Allí, entre el público que aguarda, entre murmullos y latidos que retumban está José Carsí. Su traje es gris, pero su alma, púrpura. Repasa el programa del concierto que parece querer escaparse de entre sus manos, y se presta para lo que escuchará en tan solo unos instantes.

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De súbito y sonriendo entra el pianista… Todos se levantan entre vibrantes aplausos que conectan al polaco con un pueblo que lo admira. No está en Carnegie Hall, está en una sala de conciertos en Santiago de Cuba, y el calor que emana este pueblo no se podrá igualar jamás.

Silencio ensordecedor…

¡Ahí está! Son las primerísimas notas interpretadas por Arthur Rubinstein en Santiago de Cuba, en Cuba toda. Carsí no puede creerlo. El cielo está en sus oídos, penetra como un satín armonioso que acurruca el alma. Suena la Sonata para piano n.º 23 en fa menor Op. 57 de Beethoven, es Appasionata, una lágrima, dos, empapan la mejilla de Carsí.

 

Es el sonido impetuoso, lleno de vitalidad, redondo, potente. Es el sonido inconfundible de Arthur Rubinstein que ahora interpreta la Polonesa Op. 53, de Chopin. Un preciso tempo rubato, rápidas y fuertes octavas, las manos abiertas que juegan con acordes amplísimos.

Las cálidas lecturas pianísticas prosiguen con algo sublime del repertorio de Manuel de Falla y otras piezas que el maestro interpreta con fuerza, ritmo y sensibilidad. Mucha energía en el pedal del Gaveau; exquisitez sobre sus teclas.

Facsímil de la carta enviada por José A. Carsí a Arthur Rubinstein

Para el final, Carsí está atrapado en el síndrome de Stendhal. El evento al que asistió es indescriptible, su atolondramiento se traduce en una carta tardía cuando ya el genio ha partido. No importa la respuesta o el retorno para él y para todos, ¡Arthur Rubinstein tocó en Santiago de Cuba!

Arthur Rubinstein firma

* Se refiere a los pianos franceses elaborados por Erard-Gaveau, famoso fabricante de estos instrumentos musicales que en el año 1961 se asocia con la exitosa fábrica de pianos Pleyel.

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