Periódico Sierra Maestra

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De las artes y del alma

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En una publicación reciente Sierra Maestra abordó elementos puntuales de la Sala de Arte del Complejo Cultural Bacardí de Santiago de Cuba, institución que, junto al museo provincial y el taller de restauración, conforma una trilogía en pos del ensanchamiento cultural y la apreciación artística del pueblo.

El edificio en el que se emplaza, ubicado en la calle General Lacret (San Pedro), entre Aguilera y Heredia, es cómplice de un periplo pletórico de exquisitez tras el contacto con las artes.

Cruzada la fachada ecléctica, las escaleras marmóreas del vestíbulo impulsan el paso a la planta superior, donde la apreciación se funde con el ingenio y se recrean, minuto a minuto, épocas no vividas, escenas traídas por finos y antiguos objetos.

De ese modo el recorrido al interior de la sala es matizado por floreros de porcelana francesa de los siglos XVIII y XIX, cuyas decoraciones evocan el estilo barroco; consolas cubanas de caoba y mármol que perpetúan el criollismo con influencia parisina de principios del siglo XX y bombillas que cuelgan del techo en una forma acristalada semejante a las lágrimas de ángel que ha pintado la nostalgia.

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En otro rincón del sitio se alzan costureros del siglo XVI. Observarlos detenidamente provoca la aparición de señoras con cabellos blancos engarzados por diademas; son ancianas que desandan con sus manos añejas entre lo cóncavo de las piezas y extraen dedales, tijeras, botones y agujetas.

Cerca de los costureros, sillas con incrustaciones de nácar del siglo XVI esconden el esfuerzo de sirvientas que las cargaban hasta las iglesias para que fueran usadas por señoritas ricas durante las misas, conjuntamente con un reclinatorio.

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Un paraje hermoso es aquel que exhibe la colección de abanicos. Entre ellos están los españoles pertenecientes al siglo XVIII, los isabelinos, los de baile, los franceses con estilo imperio del siglo XIX, uno de novia que perteneció a la madre del general José María Rodríguez, y otro único en el país: un abanico creado por la artista María del Carmen (Maruchi) que responde al exotismo por la delicada transparencia de sus varillas de cristal.

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Es inevitable rememorar, ante estos complementos femeninos, las narraciones del francés Hippolyte Piron sobre las costumbres del Santiago de antaño recogidas en el texto La Isla de Cuba. Piron escribió:

“El lenguaje del abanico es una de las cosas más curiosas de este país. En las manos de una mujer coqueta, este pequeño y elegante instrumento sirve menos para echarse aire que para expresar sus sentimientos. Existe todo un lenguaje, más variado que el de las flores, más elocuente que el de las miradas. Las múltiples maneras de abrirlo y cerrarlo con más o menos rapidez y ruido tienen miles de significados”.

La colección, entonces, resucita a las señoritas al interior de la catedral vistosamente ataviadas para ser admiradas por los caballeros. Una de las doncellas mantiene el abanico abierto frente a ella, lo cual significa: “Estoy encantada de verlo”. El abanico a medio abrir hubiese manifestado un placer menos intenso.

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Entre los lenguajes secretos del abanico penetra la música liberada por dos vitrolas del siglo XX, tan vitales como el primer día. Desde ellas escapan las composiciones románticas de Verdi y las óperas de Puccini. La textura de tales melodías ahoga con pasión el espacio, burlando así la magnitud de los altos puntales, absorbiendo al público en una atmósfera novelesca.

Existe también en el interior de la sala un apartado para las artes contemporáneas. Pinturas y grabados de artistas cubanos como Arturo Montoto, Servando Cabrera, Pedro Vázquez y Raúl Enmanuel Pozo, atribuyen un encanto visual a la instalación gracias a las ingeniosas técnicas que subyacen en el cromatismo de estas obras.

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Conciertos de música clásica y de cámara son realizados, además, en la sala de conciertos Esteban Salas, espacio que pertenece también a la Sala de Arte del Complejo Cultural Bacardí.

Recorrer esta instalación resulta, sin dudas, una experiencia que se imprime en las memorias en función del éxtasis provocado por las finas artes. Es un sitio que coloca al santiaguero y al foráneo en estadios muy sublimes de los que solo entiende el alma.

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