Santiago de Cuba luce distinta en los últimos días, la sonrisa de un pueblo que venció a la COVID-19 en su primera etapa hoy se esconde detrás de mascarillas, y de lo que se jactó en algún momento: ser un territorio libre de pandemia ya no queda ni la sombra porque la irresponsabilidad de unos pocos devolvió la inseguridad a muchos.
Seis meses sin enfermos por el virus SARS-Cov-2 hizo que la segunda provincia más poblada del país fuese de las primeras en pasar a la nueva normalidad con todo lo que ello implica, incluyendo la entrada de viajeros internacionales, para quienes se diseñó un protocolo sanitario a fin de evitar la propagación del padecimiento a escala local o comunitaria.
El anuncio del tránsito a la fase de recuperación postpandemia, el ocho de octubre en la Mesa Redonda, precisó que a toda persona proveniente del exterior en categoría de viajero se le realizarían dos pruebas de PCR en tiempo real: una a su arribo a los puntos de frontera y otra al quinto día de su estancia en territorio nacional, y se le advertía la obligatoriedad de permanecer en sus residencias hasta conocer el resultado del laboratorio.
Lamentablemente, algunos de los llegados desde el cinco de noviembre hasta la fecha a la geografía santiaguera burlaron las reglas y vigilancia de los médicos de familia de su policlínico, y en virtud de ello celebraron fiestas, recepciones, visitaron familiares y amigos, pasearon, una que otra venta de ropas y accesorios informáticos, y de “ñapa”, como se dice en buen cubano, diseminaron la COVID-19.
En este contexto duele el saldo de tamañas indisciplinas: la vida de un anciano, vecino del reparto Luis Dagnesses en la localidad de Altamira, la primera aislada en el repunte de la enfermedad y que a día de hoy alcanza más de 25 casos confirmados en esa zona de la ciudad.
También lo sienten los niños y adolescentes hospitalizados en instituciones de salud o centros de aislamiento, con la certeza o incertidumbre del contagio, quienes jamás imaginaron que una epidemia les paralizaría- otra vez- la existencia de un instante a otro, y lo que es peor, las secuelas psicológicas para el resto de sus vidas.


