
No la conozco y probablemente no vuelva a verla en mucho tiempo pues hay cientos, quizás miles de personas con las que coincidimos a diario en algún espacio, y a las que olvidamos porque resultan intrascendentes.
O al menos eso creí hasta que hoy se me sentó de frente en una guagua, con su cara de niña maquillada, y un brillo labial que intentaba salvar con el nasobuco en la barbilla. Tan joven… tendrá apenas unos 15 o 16 años y -como suele ocurrir a esa edad- se ve saludable, fuerte… toda energía. La muchacha habló mucho, de temas que no me importan, y tal vez en otras circunstancias la habría ignorado, pero ahora me aterra pensar que pudiera portar el coronavirus, y haya dejado con cada palabra una carga de enfermedad -e incluso de muerte- en quienes estábamos hacinados a su alrededor.
Y no es paranoia, es percepción del peligro: preocupación por todos los que a diario coincidimos con quienes no han comprendido que somos un montón de gigantes vulnerables y casi indefensos ante un enemigo tan pequeño como implacable.
Cada vez es más frecuente enterarse de que algún colega, un vecino, un amigo o un conocido está ingresado por Covid-19. Y sacamos cuenta entonces de cuándo le vimos por última vez, si hablamos o no, si llevaba puesto el “naso” o si estábamos más o menos lejos… El temor surge ante una tos o un estornudo, y a veces parece que se nos viene el mundo abajo por la probabilidad de haber adquirido la infección.
Y todo eso puede evitarse: tal vez la chiquilla que vi en la guagua -como tantos otros jóvenes- pueda contagiarse con el SARS-Cov-2 y no desarrollar síntomas o tener manifestaciones tan leves de la enfermedad que parezca un simple catarro. ¿Pero todos en su casa serán tan resistentes? Hay más de una familia en Santiago de Cuba en la que un joven inició la transmisión y falleció algún anciano o un adulto que convivía con otras afecciones.
Cómo no pensar en la anécdota del niño que sufrió la muerte del abuelo en el Hospital Militar y todos los días preguntaba si también él iba morir. Cómo no dolernos de esos padres que perdieron a su hijo de 21 años, cuando parecía tener toda la vida por delante.
La Covid-19 en esta provincia no es solo un titular en las noticias ni la experiencia de otros que no nos va a tocar. La enfermedad es real y los casos son como petardos que explotan a nuestro alrededor.
Eso parecen no saberlo, o peor aún: olvidarlo, quienes por la juventud o por su buena salud, se sienten invulnerables ante el riesgo -cada vez mayor- de contraer SARS-Cov-2.
Hay historias desconcertantes: padres que van con los niños a recibir familiares al aeropuerto o a esperarlos en una casa para pasar con ellos la cuarentena; gente que organiza fiestas de bienvenida sin saber cuánta enfermedad pueden generar; personas que no llevaban el nasobuco puesto (porque nadie sabe cuándo ni quién les va a contagiar) y se expusieron al virus por un simple descuido… A la larga, la irresponsabilidad suele pasar factura, y a veces el precio más alto no lo paga quien violó las normas, sino quienes son más frágiles.
No se trata de dar lecciones, de decir a los demás lo que tienen que hacer por mero capricho de alguien; no se puede apelar siquiera a la individualista posición de “yo me cuido y si otros no, no me interesa”… La Covid-19 continuará amenazándonos mientras la prevención sea un asunto de muchos y no de todos. La gran enseñanza de esta pandemia es que incluso esas personas que alguna vez creímos intrascendentes, de las que tal vez nunca sepamos el nombre, sí importan y pueden cambiarnos la vida.