Hace diez meses comenzaba a verse cintas de colores fluorescentes “cortando” calles y rodeando manzanas. Al principio, cada vez que notaba alguna, no podía dejar de recordar aquellos capítulos del CSI que fielmente “engullía” cada domingo en la noche. Entonces, deslindar mis pensamientos entre la escena de un crimen y una zona en cuarentena me costaba; ya no.
Las escenas de estos días me despierta tristes sensaciones. La traslúcida idea de volvernos agente o causa de contagio se torna viral, hasta hipocondríaca, diría yo, y solo con visualizar a lo lejos ese “cordón anudado” entre dos postes eléctricos o en la entrada de una casa me atemoriza, e imagino que sea más difícil para aquellos del otro lado, los que no pueden salir y piensan, frecuentemente, en lo peor.
Se detuvo el movimiento detrás de la cinta naranja. Por el momento no hay escuelas, tiendas o iglesias abiertas . La ausencia de transeúntes torna el barrio inerte pero que todo sea por la seguridad.
Un amigo me comentó hace algunas horas que jamás pensó vivir tal situación, aunque la consumía diariamente a través de la experiencia de otros. “Es tedioso y agobiante”, me dijo, “pero al final la culpa sigue recayendo en todos: en los que traen de otros países para vender y en los que compran; los que no se protegen ni cuidan a otros; quienes celebran con bombos y platillos en concentraciones tumultuosas y olvidan que lo importante es estar con los seres queridos”.
Sí, el error es de unos pocos, y las consecuencias las pagamos todos. Pero eso ya no es lo esencial. No hay que pensar en saltar la valla o en cómo evadir a los policías que, a expensas de su propia salud, cuidan las fronteras. Es necesario acatar las medidas con sobriedad y actitud para que, con mucha suerte, podamos cortar la cinta alrededor del poste, como en esas grandes inauguraciones, para luego disfrutar la vida.