Las aglomeraciones se han convertido en un fenómeno social agudizado que, en tiempos de pandemia, puede ser letal. Sin embargo, la dificultad a veces no está en el problema, sino en el cómo...
La masa se observa agitada, no hay espacio para reflexionar ni actuar como consecuencia. El óleo se extiende por toda la ciudad y se replica en los mercados; las colas no dan abasto, y los santiagueros tampoco. El esputo que se asoma por los labios y la nariz ya cumplió su cometido. La figura inerte con el decorado de un nasobuco cosquillea al cuello o la frente.
Alguien regresó a su casa con algo más que bolsos, se abre paso todo menos la precaución o la incertidumbre. Lectores habituales, me inspiré para escribir este retrato en las críticas experiencias de la santiaguera Rebeca Ocaña Trimiño, adulta mayor residente del Micro 1A del Abel Santamaría:
“Miro para un lado durante algunas de mis compras -porque vivo sola- y están los jóvenes en una esquina tomando alcohol sin protección. Por el otro la vista no es diferente, niños jugando en la calle y los padres tranquilos en sus casas. Y en el frente del camino, siempre una aglomeración gigantesca para comprar algo.
“Yo no digo que sea posible no hacer cola, pero si se va a estar en grupos no hay necesidad de darse tanto amor y cariño. Sí, porque eso es lo que parece, unos encima de otros amontonados y apilados como ladrillos en escalera. Da la idea de que son parejas, núcleos familiares, conocidos, y es todo lo contrario. Yo me asusto, porque tengo muchas enfermedades.
“Soy diabética e hipertensa, de la Covid-19 yo no salgo si me da. Entonces, ¿hasta cuándo? No me queda de otra en ocasiones que dar media vuelta e irme”.
La compleja situación económica del país agudizada por la pandemia ha puesto de relieve fenómenos sociales como los de esta índole. Pero eso no es exclusivo de nuestro país. Cientos de imágenes internacionales en estos meses han mostrado filas interminables debido al colapso en otros sectores como la salud.
No obstante, el problema doméstico está en el cómo. Al respecto, los mensajes mediáticos reiteran a diario los mismos elementos: mantener los dos metros de persona a persona y uso obligatorio del nasobuco. También, siempre es imprescindible reforzar al personal competente que prevenga, solvente y monitoree este tipo de circunstancias, así como las medidas correspondientes en estos casos.
La mala vivencia de Rebeca Ocaña puede ser la de muchos de nosotros. Marcar la diferencia está en dar más amor y cariño con menos aglomeraciones.