“No es lo mismo hablar del diablo, que verlo venir”

Categoría: covid-19
Escrito por Yanet Alina Camejo Fernández
Visto: 431

pacienteSiempre he sido una persona optimista y de las que pensaba que pronto íbamos a acabar con el dichoso coronavirus. Me encantaba escribir sobre los candidatos vacunales cubanos y ponía mi esperanza en que, si ya estaban las vacunas, volveríamos a la normalidad lo antes posible. Con mucho entusiasmo participé en la tercera fase del ensayo del candidato vacunal Abdala y cuando me dijeron que fui placebo, mi emoción no decayó me sentía orgullosa y confiada en la ciencia.

Sin embargo, aunque sé que no fue la razón, por cuestiones de la vida me deprimí y mi sistema inmune se vio vulnerable, y, a lo que siempre le tuve miedo, llegó. Diría que vino como regalo de cumpleaños, porque los síntomas iniciaron ese día en la tarde. Me dio un pequeño malestar de dolor de garganta y acto seguido me puse nasobuco, el cual ya de vez en cuando en casa me ponía para proteger a mis hijos. A partir de ese momento no me lo quité más. En la madrugada del 1 de julio me dio fiebre con escalofríos y en cuanto amaneció me fui para el cuerpo de guardia del policlínico Julian Grimau, área de salud a la cual pertenezco.

Sabía que algo andaba mal en mi cuerpo pues me sentía agotada y con dolores musculares. Nunca en la vida olvidaré la carita de mi hijo de siete años en la puerta cuando me despedía, ¡como de miedo y tristeza!, pues él aunque pequeño sabe lo que es Covid y el peligro que representaba. Frente a él y toda mi familia, me mantuve fuerte, pero mi biorritmo cayó cuando me dijeron que era positivo al Test de Antígeno.

Ahí mismo se me fueron las fuerzas y empecé a llorar, mis dos hijos chiquitos eran mis primeros contactos y ¡mira que los cuidé para que eso no pasara! Me sentía destrozada, yo que nunca los deje jugar afuera, que no permitía visitas en casa, que vivía arriba las medidas de higiene, que hasta usaba dos nasobucos cuando tenía que salir y que llevaba más de seis meses y un año sin ver a mi querido abuelo paterno y a mi papá, respectivamente, por tal de no contagiarme.

Pero sucedió. En algo me descuidé. Cogí la Covid-19 y ni sé cómo. Solo me pude poner una sola dosis de la vacuna Abdala, esa que con tanta alegría celebré su 92,28 % de eficacia.  

Y ahí comenzó el miedo, no tanto por mí, pues realmente no me sentía tan mal de salud, solo fueron esos síntomas los primeros días, manteniéndose por más tiempo el dolor en las articulaciones y en la espalda.

paciente1Ingresé en el centro de aislamiento de la Universidad de Oriente, en espera de la realización del PCR, el cual en horas de la noche de ese mismo día fue realizado. De mi estancia allí, no tengo quejas, y ustedes se preguntarán: ¿De verdad? Pues mira que sí, porque sabía a conciencia del enorme esfuerzo que realiza este país para poder controlar la pandemia. No tenía todas las condiciones, ni era una comida de hotel. Era, una escuela convertida en centro asistencial y no se le podía ver tantas manchas al sol.

Al contrario admiro, y lo digo con todo el peso que lleva esa palabra, la labor que hacen allí los jóvenes, quienes suben hasta cinco veces al día, cuatro pisos, repartiendo desayuno, merienda, almuerzo, merienda, comida y merienda. Universitarios voluntarios que limpiaban todos los días, los baños y los cubículos, sin cobrar nada, exponiéndose al peligro, y eso realmente es digno de reconocer, pues muchos de los que a veces criticamos no tenemos el valor de hacerlo.

Lo único que me disgustó, fue la demora en el resultado del PCR, más de 72 horas de suplicio, de estrés, de nervios, de miedo y sin ningún tratamiento. Pero como ya me imaginaba el diagnostico solo me quedaba esperar y rezar a Dios para que todo saliera bien.

Una vez confirmada fui trasladada para el Hospital Militar. Allí tuve el mejor de los tratos y me quito el sombrero ante tanta entrega de sus médicos y personal de Salud, profesionales que aman lo que hacen, que se esmeran por darte una buena atención y salvarte. De mi mente nunca saldrán esos hombres y mujeres que se movían de un lugar a otro sin cesar, auscultando a este paciente, poniendo oxigeno a este otro, inyectando la insulina a los diabéticos, que si la duralgina, la pastilla de la presión, revisando la placa de los pulmones que parecía quererse complicar, las visitas de superiores y el constante monitoreo de embarazadas y puérperas.

Además de eso, también era excelente el trato, la preocupación por cómo nos sentíamos los que allí estábamos no solo de los médicos y enfermeras, sino del compañero que todos los días con esmero limpiaba la sala, mejor que una mujer, como decíamos allí, Sergio, su nombre no se me olvida, la de los sicólogos que conversaban e interactuaban con los pacientes y la de los pantristas que velaban porque todos comieran aunque fuera un poquito. Mis aplausos y todo el reconocimiento de Cuba y el mundo para esos profesionales.

En mi familia nadie se contagió, pero viví la zozobra y el miedo de poder haberlos enfermados. Si antes cumplía las normas de higiene, ahora soy más estricta con estas, pues sé que el Covid es una enfermedad muy mala, que deja secuelas, fundamentalmente nerviosas y que pone en peligro a todos nuestros seres queridos, así como que nos deja con un estrés y temor muy fuerte que solo va pasando a medida que trascurre el tiempo, muchos sé que nunca se recuperaran de las huellas que ha dejado esta pandemia en la humanidad y en los cubanos.

Por eso termino con esta frase que me dijo un vecino que también tuvo Covid y en la cual debemos reflexionar todos para cuidarnos mejor: “No es lo mismo hablar del diablo, que verlo venir”.