Lisney Carmen Popa Tabares es una trabajadora de la Educación Especial en Santiago de Cuba y actualmente se recupera tras haber padecido la Covid 19. Con la dulzura y la serenidad que le son características, accedió a contarnos su experiencia con esta enfermedad, que ha dejado un rastro de tristeza e incertidumbre desde su llegada al país.
“Desgraciadamente me contagié con el virus... Lo supe porque a mi niño le dieron dos fiebres y de inmediato, nos remitimos a realizarnos la prueba que resultó con la amarguísima noticia de que yo estaba positiva a la Covid; el niño, por suerte fue negativo”, dijo Lisney y continuó:
“En realidad no tenía muchos síntomas, solo un dolor lumbar horrible a nivel de los riñones, que ya lo venía sintiendo hacía una semana, y se lo había achacado a la fuerza que estuve haciendo con algunas cajas. Ni agotamiento, ni dolor de cabeza, ni fiebre, nada, lo único que percibí fue ese dolor lumbar y lo estuve tratando como una siatargia. Ahora, a raíz mi infección con este nuevo coronavirus he conocido que es característico de la enfermedad ese dolor.
“Al saber la noticia, para mí la más triste y dolorosa, muchas cosas negativas pasaron por mi mente. Lo peor era pensar si podría lograr salir de ella y cuántas cosas me quedaban por hacer por mi familia, por mi hijo... cosas que tal vez no pudiese concluir por este tema de la pandemia”.
Esta joven educadora, ha sido siempre muy cuidadosa con respecto a su higiene personal y en su centro de trabajo, por lo que no tiene claro el momento de su contagio... Estas fueron sus palabras:
“Me consta que he sido súper celosa para evitar enfermarme y sin embargo, la enfermedad me tocó la puerta. Si el niño no se hubiera sentido mal, realmente no me habría enterado que era portadora del virus y no quiero ni imaginar cuáles habrían sido las consecuencias.
“Como me enfermé con este nuevo protocolo hice el ingreso domiciliario. Eso lo decide mi médico de la familia una vez que se recibe la información de que soy positiva. Por supuesto que el galeno se presentó aquí en la casa, y vinieron también compañeros del policlínico para desinfectar la vivienda.
“Al tener una edad adecuada, que no es de riesgo, y no presentar comorbilidades, pude hacer el ingreso en la casa, porque además esta reúne las condiciones para eso: estuve aislada dentro de un cuarto que no era el mismo donde durmieron mi esposo y mi niño, en ese período; e hice además el tratamiento con Nasalferón.
“Las medidas tomadas aquí fueron extremas. Todo el tiempo me mantuve en una habitación sin tener acceso al resto de las partes de la casa; mi esposo me subía los alimentos y todo lo que me era necesario: los colocaba afuera en una mesita y yo los entraba para que él no tuviera contacto conmigo. Puedo asegurar que no hubo en ningún momento roce de uno con el otro.
“Enseguida separamos vasos, cucharas, pozuelos, platos...”, argumentó.
Para Lisney Popa Tabares, los del ingreso en el domicilio fueron días de pensamientos muy negativos, a los que se le sumaban en cada jornada las noticias de amistades, colegas y conocidos fallecidos debido a esta enfermedad.
“Creo que no tuve un ápice de optimismo, al contrario, tenía mucha tristeza, mucho dolor. Con el niño muy difícil: se me paraba afuera de la puerta del cuarto, me miraba y lloraba constantemente, se preguntaba por qué no se había enfermado él y no yo, decía que él era un niño y los niños lo pasaban más liviano, y sabía que yo podía complicarme.
“Estaba loco por darme besos, por tocarme, pero por supuesto no se lo permitíamos. Si para mí fue malo, como para mi esposo y mis amistades, que todo el tiempo estuvieron pendientes de mi enfermedad, así como los compañeros de trabajo..., para el niño fue peor. Muchos días de angustia, días grises, en los que realmente no veía el sol.
“Pero fue pasando... no tuve esos grandes síntomas. Solo pedía que los días transcurrieran rápido... hasta que por fin nos hicimos el PCR y tuvimos la grata noticia de que estamos negativos los miembros de mi familia y yo”, expresó con tranquilidad y prosiguió emocionada:
“Lo primero que ha hecho mi hijo es besarme, abrazarme, mimarme... los tres nos abrazamos de una manera que nadie se imagina y le dimos las gracias a Dios y a la vida por haber pasado esta pesadilla que creíamos que nunca iba a acabar.
“Por eso ofrezco mi agradecimiento a todo el que ha tenido que ver con mi recuperación, y al personal de la salud que ha estado pendiente de todo lo que ocurría aquí en casa. La doctora de la familia pasa todas las mañanas, pesquisa... Y durante el tiempo que estuve enferma le preguntaba a mi esposo por mí, y me escuchó hablar a través de mensajes. Así le expresaba cómo me sentía y cómo iban mis síntomas”.
La experiencia de esta santiaguera, tal vez (y qué bueno) no sea de las más traumáticas que pudieran contarse en estos tiempos de pandemia, pero la Covid 19 ha dejado su huella indeleble en esta familia. De ahí su recomendación a los lectores de Sierra Maestra a mantener el cuidado constante, el cumplimiento de todas las medidas higiénicas y la responsabilidad.