Este septiembre para la historia y el arte representa la celebración del aniversario 153 del natalicio de José Joaquín Tejada Revilla, pintor paisajístico santiaguero, y uno de los artistas más destacados de los últimos años del siglo XIX y la primera etapa de la República.
Inició desde temprana edad con los primeros bocetos litográficos, herencia de una tradición en el grabado desde el seno familiar. Transcurrió la mayor parte de sus estudios en el extranjero, como Italia, Francia, España y Holanda, tras recibir una beca por el Ayuntamiento de Santiago de Cuba.
Una presentación de sus cuadros en la ciudad estadounidense de Nueva York, fue motivo de excelentes críticas que le dedicó el Apóstol José Martí. De esta forma el Héroe Nacional expresaba:
“(...) de Cuba pinta a un negro roto y adivinado o a otro de África, cano y nudoso y de ojos como iracundos y proféticos y si copia un paisaje criollo de la naturaleza abandonado, por lo menos sus tres telas mayores no lo son en él”.
Entre sus obras figura La lista de lotería o La confronta, conservada en la actualidad en el Museo Emilio Bacardí Moreau de Santiago. Las luchas independentistas en la Mayor de las Antillas lo condujeron a trasladarse a tierras mexicanas. Desde allí porta los colores típicos de México, le impregna textura y vistosidad, pues la naturaleza en sí es humana y estética.
De regreso a la Patria de Oriente exalta el paisaje de la zona con las tendencias de creación provenientes de la escuela francesa de Barbizon. Destaca, además, como analista y pedagogo conservador a través de sus conferencias y publicaciones en la Revista Luz de Oriente.
Uno de sus ensayos más completos es “El arte de la pintura comparado”, en el cual expone a esta manifestación como la más compleja entre todas las existentes, siendo a la vez complemento de las restantes.
Por otra parte, reflexiona desde la sociología acerca de la importancia del espectador de la obra como elemento esencial en la composición y el acabado de la intención del creador.
Sobre el lienzo de Tejada Revilla el público observa al personaje negro y esclavo de la época, la integración de elementos populares en el medio de las calles santiagueras, la Palma Real, y los bohíos campesinos: mezclas que rescatan la geografía del Oriente del país de la década, así como las construcciones urbanísticas.
Hay profundidad y equilibrio que simbolizan con transparencia, poética, y un considerable apego a la realidad de la sociedad de aquellos años. No lo realizó así desde un hipercriticismo o severidad, pues lo refleja sereno, recrea la concentración popular en sus protagonistas, así como lo apaciguo del campo.
La iluminación, el trabajo acertado de los claros y oscuros, de los colores negro y blanco, pero en especial del verde y el marrón, traslada a un apego fehaciente del artista al universo cultural que lo rodeó en el territorio. Pero en especial desde su medio, con cierto distanciamiento de las guerras de independencia y los campos de batalla, el fusil y la rebeldía de la manigua, o la neocolonia.
Esto último evidencia el carácter elitista y clasista de su arte. No obstante, los otros contextos son los que trasladó y defendió en varias naciones foráneas, signo de cubanía y exaltación de los valores tradicionales en el entonces Reino de España, y luego República de Cuba en los dominios de Estados Unidos.
A lo largo de su vida ocupó numerosas responsabilidades como Presidente de la Asociación Artística de Oriente, y del Congreso de Arte, así como Director de la Academia Municipal de Bellas Artes.
No en vano el Maestro expresó: “En él está humanitario y robusto el pintor nuevo de Cuba y desde hoy se puede decir: su nombre será gloria...”.