Evocación de una hazaña

Categoría: Deportes
Escrito por Rosa María Panadero / Fotos: de la autora
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Con motivo del 52 aniversario de la gesta del “Cerro Pelado”, Sierra Maestra conversó con una de las santiagueras integrantes de la llamada Delegación de la Dignidad

Con emoción, Nurys Sebeys Deroncelé confiesa haber dedicado toda su vida al deporte y su familia. Más de 50 años en la actividad del músculo, primero como atleta y después entrenadora, así lo demuestran.
A decir de la propia exatleta, haber formado parte de la Delegación de la Dignidad, como miembro de la selección cubana de voleibol es una satisfacción que no tienen igual. A propósito de cumplirse 52 años de la hazaña del “Cerro Pelado”, Nurys rememoró junto a Sierra Maestra momentos inolvidables del histórico hecho.
De las canastas al deporte de la malla alta
Nacida el 3 de septiembre de 1948, en la ciudad de Santiago de Cuba, sus primeros contactos con el deporte fueron durante los estudios secundarios.
“Comencé en el baloncesto a la edad de 13 años, donde incluso gané medalla de plata durante dos ediciones de los Juegos Escolares Nacionales; y a pesar de no ser estudiante de la Eide, realizaba mis entrenamientos allá bajo la dirección de la profesora Idania Kan”, aseveró Sebeys Deroncelé.
Sin embargo, en un giro inesperado de la vida, Nurys, quien también participó en la Campaña de Alfabetización del 1961, abandonó súbitamente la práctica del básquet.
“Tuve que cambiarme al voleibol, porque un día en un entrenamiento, me di un golpe en la rodilla con la base del aro, que era de mampostería, y pasé seis meses con un yeso. En ese momento, pensé en abandonar para siempre la actividad física, pero mi amor por el deporte era mucho y Victoriano Moreno Izaguirre (su esposo), que en aquel entonces era su entrenador, me convenció de que me cambiara al voleibol, porque me veía condiciones para triunfar ahí”, rememoró.
Así, con 15 años cumplidos, pasó a formar parte de la Eide santiaguera, y a raíz del subtítulo nacional obtenido en los Juegos Escolares Nacionales, fue llamada para integrar la preselección nacional.
Su primera experiencia internacional
Cualquier recuento de la amplia historia del deporte cubano tendrá que reservar un capítulo especial a la epopeya del “Cerro Pelado”, escenificada en aquellos convulsos días de junio de 1966, previos a los Juegos Centroamericanos y del Caribe de San Juan, Puerto Rico.
Desde el año anterior el gobierno de Estados Unidos encaminaba acciones para evitar la presencia de Cuba en la cita centrocaribeña. Ante el escándalo internacional y las numerosas protestas emanadas desde todos los continentes el gobierno yanqui se vio obligado a entregar las visas, casi simultáneamente con el comienzo del acto inaugural del certamen, pero no autorizó la llegada a tierra de ningún medio cubano de transporte.
El 8 de junio de 1966, en horas de la noche, el barco mercante Cerro Pelado partió desde el puerto de Santiago de Cuba con destino a territorio boricua.
Al recordar aquellos instantes, las emociones invaden la serena voz de Nurys y sus ojos adquieren otro matiz: “Todos conocen las historias relacionadas con ese glorioso buque y los sacrificios hechos para llegar a los Centrocaribe de Puerto Rico. En aquel contexto, la figura de Fidel fue imprescindible. La travesía fue dura, con entrenamientos en la cubierta del barco, algunos vomitaban, los aviones enemigos sobrevolaban sobre nuestras cabezas, había mucha presión; pero en ese momento solo se pensaba en cumplir con la Patria”.
Refirió además que: “Antes de atracar se aprobó la Declaración del Cerro Pelado, un momento muy emotivo. Finalmente, el buque fue obligado a anclar a casi cinco millas de las costas puertorriqueñas y en horas tempranas de la mañana del día 11 de junio de 1966, la delegación fue trasbordada en alta mar al remolcador Peacock, en condiciones riesgosas y difíciles, por lo que, lastimosamente, no llegué a tiempo a la ceremonia inaugural”.
Como integrante del seleccionado femenino de voleibol, en su condición de pasadora de cambio, se alzó con el metal dorado, de forma invicta, al vencer tres sets por cero a México en la Final.
“El resto de los equipos tenían calidad, pero supimos imponernos. Allí hubo de todo, desde agresiones, intentos de secuestro y de sobornos; pero eso no nos desvío de nuestro objetivo”, aseveró.
En definitiva, Cuba se ubicó segunda en el medallero, con 78 preseas, superada solo por México; resultados que demostraron la calidad de nuestros deportistas, a pesar de las adversidades.
Una vida dedicada al deporte
Nurys participó en otros torneos internacionales de envergadura, de los cuales evocó: “Tengo mucho orgullo de la medalla de bronce conquistada en los Juegos Panamericanos de Winnipeg ‘67. También recuerdo la plata en el Torneo de la Esperanza Olímpica del ’68 y en cuarto lugar en la Copa del Mundo de Bulgaria.
“También tuve la dicha de formar parte del equipo que se coronó en los Juegos Panamericanos de Cali, Colombia, en el 1971. Ese resultado, nos permitió ir el año siguiente a las Olimpiadas de Múnich, Alemania. Acceder al podio era una quimera, así que estuvimos satisfechas con el séptimo escaño alcanzado”, agregó.
Esta fue la última gran competencia de Nurys, quien luego de retirarse del deporte activo, se mantuvo durante tres décadas como entrenadora en la Universidad de Oriente, donde ganó múltiples reconocimientos y condecoraciones.
“Me siento una mujer realizada, tanto en el orden profesional como personal. Tuve una carrera satisfactoria como deportista y entrenadora; además de tener un matrimonio sólido, que me dio dos hermosas hijas y cuatro nietos”, concluyó.

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