Periódico Sierra Maestra

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Un judoca inquebrantable

Sergio Arturo Pérez HechavarriaPor momentos en la vida sentimos que tenemos casi todo lo necesario para perseguir nuestros sueños; sin embargo, el destino, empeñado en poner difíciles pruebas, nos golpea donde más duele.

Ante la adversidad, unos se ‘tiran a morir’, otros se lamentan por su desgracia, pero los luchadores tratan de sobreponerse al varapalo y seguir con las ilusiones a cuestas.

Así lo hizo el palmero Sergio Arturo Pérez Hechavarría, quien no abandonó su anhelo infantil de ser como el campeón olímpico cubano de judo Héctor Rodríguez, pese a que la visión parecía truncarle ese empeño.

Comienza a pulirse un diamante

Nacido en Palma Soriano el 26 de diciembre de 1968, Sergio subió por vez primera a un tatami en el seminternado Humberto Pantoja de su ciudad natal. Tenía diez años, pero bajo la tutela del profesor Guillermo Laffita, comenzó a aprender los fundamentos del judo.

Evolucionaba a pasos agigantados y tenía las cualidades para hacerse de un nombre en este arte marcial. Era como un diamante en bruto que solo había que pulir.

De tal modo, ingresó en la escuela de iniciación deportiva Capitán Orestes Acosta de Santiago de Cuba, donde con Alexis Fondín Gago, como entrenador al mando, se coronó en tres ediciones consecutivas de los Juegos Nacionales Inter EIDE, en el período 1980-83 y en la del curso 83-84 concluyó subcampeón.

Comenzaban a ser notables sus resultados y fue promovido a la Escuela de Perfeccionamiento Atlético Nacional Giraldo Córdova Cardín. Su nuevo mentor fue el profesor Juan Mesa y bajo su égida demostró, a  base de resultados, su desarrollo.

Títulos en Campeonatos Nacionales Juveniles (1985 y 1986), una plata en el Campeonato Nacional de primera categoría (1987), quintos lugares en dos Juegos de la Amistad y par de preseas en Juegos Panamericanos Juveniles (plata en 1986 y bronce en 1987), así lo dejaron ver.

Giro inesperado

En 1987, luego del torneo continental, el palmero se vio obligado a tomar la dura decisión de dejar el deporte. “Se me desmoronaban mis aspiraciones como un castillo de naipes pero entendí que era lo mejor. Me daban fuertes dolores de cabeza, comenzaba a marearme y por la forma de mirar nos fuimos percatando de que tenía algún problema visual”, narra Sergio, vía telefónica.

Graduado como profesor de Educación Física en la capital, regresa a trabajar en su terruño y atiende su patología en esta provincia.

En 1990 entra a la facultad de Cultura Física y allí mantuvo viva esa pasión suya por el judo, al participar y ganar su división en los cinco Campeonatos Universitarios celebrados. Por esos tiempos también compitió en los torneos provinciales de primera categoría hasta 1994.

Según él, de esté último certamen atesora de manera muy especial la cita del 91, cuando venció por la corona, en el mejor combate de la lid, a Manolo Poulot, quien posteriormente se convertiría en uno de los máximos exponentes de este arte marcial en el Archipiélago.

El milagro que revivió un sueño

Corría el calendario de 1997 y con 28 años a Sergio parecían cerrárseles todas las puertas de la alta competición. Pero cuando no quedaban esperanzas se encendió una luz en el fondo del túnel.

“El profesor Humberto Cordiez Lora, a quien conocía de la facultad, había escuchado de las Paralimpiadas de Atlanta ’96 y muy optimista me visitó varias veces con la finalidad de insertarme a los campeonatos de judo para discapacitados.

“Un tanto resignado a la idea de no continuar sobre los tatamis, le dije que quería dejar de competir, seguir estudiando y trabajar. No obstante, él, sin yo saber, le explicó a mi esposa, que de proponérmelo podía ser campeón olímpico y mundial, porque tenía la técnica, fuerza y experiencia competitiva, dejándole sus contactos por si lograba convencerme,” cuenta el palmero a Sierra Maestra.

La táctica de Humberto surtió efecto, porque Fe Espinosa –la esposa- logró que él accediera a hacerse las pruebas en el Centro de Retinosis Pigmentaria santiaguero. Entonces -según él mismo rememora-, lo inquietaban el tiempo que podían demorarse los resultados y el no cumplir los parámetros exigidos.

Afortunadamente, la clasificación visual no tardó y tras el fallo médico, pudo incorporarse a los entrenamientos de la categoría B2, para los atletas de baja visión profunda.

Inmejorable retorno

Se había obrado un milagro y Sergio Arturo regresó al ruedo para convertirse en el mejor judoca discapacitado del mundo en los 60 kg.

Debutó por la puerta ancha un 19 de octubre, en el Campeonato Nacional de 1997, con la primera de sus 14 coronas en esas justas, además, fue escogido como el atleta más técnico del certamen.

Las incertidumbres desaparecieron de su cabeza al ser llamado a integrar la preselección cubana de cara a los I Juegos Mundiales de la Federación Internacional de Deportes para Ciegos (IBSA), que tendrían por sede a Madrid en 1998.

Finalmente hizo el grado y se tituló en la capital española, al derrotar con facilidad al favorito japonés Makoto Hirose. “Esa experiencia me motivó a seguir creciendo como atleta pese a la falta de roce internacional”, dice ahora que repasa sus éxitos desde la distancia.

Tras un período de exigentes entrenamientos junto a los atletas convencionales, el fenomenal yudoca acudió a las Paralimpiadas de Sidney 2000 y allí ninguno de sus rivales pudo vencerle. A su paso sucumbieron por ippón Norbert Biro (HUN), Il Keun Kim (KOR), José Carlos Ruiz (ESP) y Veniamin Mitchourine (RUS) y solo el húngaro sobrepasó el minuto de combate.

Tenía 31 años y estaba en la cúspide de su carrera deportiva. Era prácticamente invencible y sus oponentes lo sabían.

Posteriormente, ganó su división en la Copa del Mundo de la IBSA en 2001 y en el Campeonato Mundial de Roma ’02, pese a sufrir una fractura de costilla en semifinales. En ese torneo también sumó el bronce por equipos.

Doce meses después vuelva a dar muestras de su arrojo y compite lesionado de la rodilla derecha en los II Juegos Mundiales, efectuados en Québec, Canadá, adjudicándose el subcampeonato.

Lamentable incidente

Recuperado de todas sus dolencias y en plenitud de forma, Pérez Hechavarría se presentó el sábado 18 de septiembre de 2004,en la sala Ano Liossia de Atenas, como el gran favorito de su peso en los XII Juegos Paralímpicos.

Y en efecto, sobre el colchón el cubano fue más que el uruguayo Henry Borges, el chino Peng Ren, el taipeyano Ching Chung Lee y que el japonés Makoto Hirose, conquistando así su segundo oro bajo los cinco aros.

Tres días después la prensa se hacía eco de una inesperada noticia. Al 60kg caribeño se le retiraba la medalla obtenida y se le aplicaba una advertencia, luego de haber dado positivo en la prueba de doping para la prednisolona, antiinflamatorio por entonces prohibido.

“Aquello fue un golpe muy duro que no lograba asimilar pues yo no necesitaba de ningún medicamento para ganar, solo alcanzaba a suponer que se me había administrado en la comida o en alguna bebida”, comenta hoy, todavía dolido.

El ser humano hace cosas inexplicables pero lo sucedido en Atenas fue tan burdo que no tiene sentido. ¿Qué motivos tendría un hombre prácticamente invencible en el orbe para ingerir este tipo de sustancias? ¿Por qué tomar prednisolona que, aunque prohibida en aquel momento, ni siquiera mejora el rendimiento deportivo en el judo? Aún se pregunta Sergio.

“Cuando llego al país y se me explica todo con respecto al medicamento es que logro razonar que incluso me lo pudo suministrar un miembro del equipo técnico nuestro, porque cuando gano la semifinal uno de los entrenadores me dio un supuesto recuperante. Le dije que tenía en mi bolso pero él insistió en que tomara el de la competencia.

“No olvido que antes de la final le dije al entrenador que no me sentía bien. Durante el combate no sudaba como era habitual en mí, los oídos me silbaban, casi no escuchaba y cuando derroto al japonés, en medio de la alegría de mi entrenador, solo alcancé a pedir agua porque sentía que ardía por dentro,” refiere consternado el judoca.

“A mi regreso -prosigue- hice todo lo posible por apelar la decisión pero la federación cubana alegó que era demasiado tarde para reclamar y que no existían pruebas suficientes.

“Fue el peor momento de mi carrera y aunque se puso en duda mi reputación, sentí el apoyo incondicional de la familia, mis compañeros de equipo y de los máximos directivos del deporte a nivel mundial y del Comité Paralímpico Internacional. Solo lamento la actitud de los federativos cubanos que incluso me prometieron cosas que después quedaron en palabras.”

Levantarse es lo que cuenta

A base de agarres, proyecciones y lauros, el palmero dejó en claro que lo ocurrido en la ciudad griega no fue más que un suceso lamentable en el que él –según afirma- fue la víctima.

En su próxima aparición al máximo nivel obtuvo la corona por equipos en el Campeonato Mundial de Francia ‘06, ganado en sus cuatro salidas antes del límite. Además, terminó segundo en la competencia individual al ceder ante el único atleta que no pudo doblegar en su carrera, el iraní Saeed Rahmati.

Al año siguiente, Brasil atestiguó un auténtico baño dorado del antillano a sus 38 años. Primero en Sao Paulo, durante los III Campeonatos y Juegos Mundiales de la IBSA, el curtido y corajudo competidor se encumbró en las modalidades individual y por equipos. Después enriqueció su largo y fecundo palmares con el cetro Parapanamericano de Río de Janeiro, el único galardón que faltaba en su historial deportivo.

La inevitable curva del tiempo                   

Quienes han practicado deporte de manera sistemática o conocen mucho de la materia, saben que es muy difícil mantener un alto rendimiento deportivo todo un año. Por consiguiente hacerlo durante casi cuatro lustros es toda una quimera.

Sergio Arturo es uno de esos atletas que tras el paso del tiempo ha logrado mantenerse en la élite continental y mundial, pese a lesiones y otros contratiempos, aún cuando sus resultados no continuaron siendo los mismos desde la Paralimpiada de Beijing ‘08.

“En esa cita –confiesa-, llegué físicamente muy mal, me salieron las lesiones de las dos rodillas y una bursitis en el hombro derecho. Perdí en el combate inicial con el iraní Rahmati y concluí séptimo al caer nuevamente en la repesca ante el británico Ben Quilter. Me sentí triste porque terminé fuera del podio por primera ocasión en un torneo internacional.”

Inquebrantable como ha sido siempre, con solo dos meses de entrenamiento después de la intervención quirúrgica a que fue sometido en noviembre de 2010, concluyó segundo, detrás del colombiano Juan Castellanos, en los Juegos Parapanamericanos de Guadalajara ’11.

No asistió a las Paralimpiadas de Londres ’12, por no acumular los puntos necesarios, pero en 2013 consiguió la presea de plata, en el Campeonato Parapanamericano de Colorado Springs, USA, y hace solo unos meses en Toronto, se burló de sus 46 años y de una lesión en el bíceps femoral derecho sufrida en semifinales, al conquistar uno de los metales bronceados.

Sergio sabe que está en el ocaso de su carrera, pero se siente fuerte y con capacidades para seguir regalándole éxitos a Cuba. Por eso se sobrepone a las zancadillas de quienes desean verlo fuera de la selección nacional, trata de mantenerse en forma pese al nulo fogueo internacional y aspira a clasificarse para los Juegos Paralímpicos de Río de Janeiro 2016.

Él vive orgulloso de su familia, del amor que la gente le profesa y de haber materializado el sueño de ser como su entrañable amigo y entrenador Héctor Rodríguez.

                                                                           

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