Periódico Sierra Maestra

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Cronologías ciclónicas y peligro de huracanes en Santiago

santiago sandyTras el devastador impacto del huracán Sandy en 2012 en el oriente del país, y en particular sobre la ciudad de Santiago de Cuba, surgió la necesidad de realizar una evaluación de lo ocurrido y estudiar desde la mirada de la ciencia un desastre natural que parecía irreal e imposible.

Para cumplir tal objetivo, la filial de la Academia de Ciencias de Cuba en esa región convocó a una reunión de análisis, que se realizó con los auspicios de las autoridades de la provincia en la última decena de enero de 2013.

Fue nuestra contribución de entonces, ofrecer en aquella ciudad los resultados de un estudio histórico realizado a partir de nueve cronologías ciclónicas publicadas en Cuba entre los siglos XIX y XX -además de tener en cuenta dos  similares de autores extranjeros-.

El propósito era establecer algunas características del referente social que podían haber influido en las consecuencias humanas y materiales del recordado evento.

Cinco de esas cronologías, procedentes del siglo XIX, tienen valor referencial relativo, a partir de la disimilitud de sus fuentes, que se apoyan en parte en estudios realizados en Europa, con datos a veces trasladados íntegramente de unas a otras; y sobre todo por la ausencia de un marco conceptual y metodológico que no sobrepasa la simple enumeración de eventos.

Por evidentes carencias de información, varias de esas cronologías contienen un número de sistemas tropicales muy inferior al real de cada temporada, y ello incluye incertidumbres y errores al evaluar intensidades, trayectorias y fechas.

Ocurre también que otros sistemas sinópticos, o incluso fenómenos de meso escala, hayan sido clasificados erróneamente como ciclones tropicales, cuando en realidad se trataba de grandes tormentas eléctricas, sistemas de bajas presiones de larga presencia en la región, como las que los campesinos solían llamar “temporales de agua”, y eventos ajenos a lo que consideramos un huracán.

Ya en los trabajos cronológicos fechados en el siglo XX, la fiabilidad de la información es mayor, dado que algunas fueron redactadas por verdaderos conocedores del tema meteorológico, alcanzando así mayor fiabilidad.

Como resultado del análisis de estos 11 documentos históricos, pudimos identificar algunas regularidades que pueden coadyuvar a interpretar los referentes de la población santiaguera en torno a lo que significaba una amenaza ciclónica antes del impacto del Sandy.

En principio,  es un hecho que en los siglos XVIII y XIX, y en la primera mitad del siglo XX, los autores de estas cronologías no incluyeron a Santiago de Cuba entre las ciudades que sufrían con frecuencia el impacto de huracanes.

Por tanto, estos autores insinuaban, a veces sin proponérselo, que los huracanes eran cosa de interés solo para el occidente del país.

A ello debe sumarse que, en términos de amenazas por fenómenos naturales y la posible ocurrencia de desastres, la primera atención de los medios de comunicación se enfocaba hacia los terremotos y no hacia los eventos hidrometeorológicos.

Aún en los pocos casos de ciclones tropicales que se citaban afectando al oriente de Cuba, las crónicas referidas a este tipo de desastres naturales hidrometeorológicos aluden principalmente a grandes inundaciones y no al efecto del viento, un factor esencial en el dramático impacto del Sandy.

Una observación que llama la atención es que los mapas y esquemas cartográficos adjuntos a algunas de las cronologías antiguas citadas y estudiadas, no contienen ninguna trayectoria que inequívocamente cruce directamente sobre la ciudad de Santiago de Cuba, con lo cual también se avalaba de alguna manera aquellas conclusiones de una falsa inmunidad.

Es curioso que los meteorólogos cubanos más reconocidos hasta 1965 no elaboraron reseñas o memorias descriptivas detalladas sobre el impacto de huracanes intensos en la antigua provincia de Oriente,como sí ocurría con los ciclones que azotaron a La Habana.

El hecho contrastaba con las numerosas referencias a los terremotos y la actividad sísmica en el mar Caribe alusivas a Santiago y al oriente del país.

En tercer y último lugar, y no por ello con menos importancia, aparece la acendrada creencia, muy potenciada durante la primera mitad del el siglo XX, de que las montañas de la Sierra Maestra ofrecían a la ciudad una especie de protección natural contra los ciclones.

De manera indirecta, la prensa de la época contribuyó de algún modo a difundir esa opinión, que se fue trasladando además de generación en generación.

Tan fijas estaban todas estas ideas que, tras las extensas inundaciones causadas por el paso del huracán Flora en octubre de 1963, muchos campesinos residentes en las actuales provincias de Granma, en el sur de Holguín y en Guantánamo, creían firmemente que las aguas que cubrían los valles procedían de una invasión del mar Caribe y el mar del Norte.

Obviamente estas eran del océano Atlántico, que se habían unido sobre las grandes llanuras orientales, cuando en realidad eran el resultado de las intensas lluvias derivadas del paso de Flora y las colosales avenidas de sus ríos.

Los meteorólogos (científicos o empíricos) que trabajaron en Santiago de Cuba no ignoraron jamás la necesidad de estudiar en profundidad los ciclones tropicales en esta parte del país.

Tal evidencia puede ser fácilmente hallada en las numerosas publicaciones del padre Santiago Viña, director del observatorio del antiguo Colegio de Dolores y, en fecha más reciente, en los trabajos del investigador Fernando Boytel y en los artículos y libros del destacado profesor Pedro Cañas Abril.

Ante la dramática experiencia de la catástrofe del Sandy, y tomando en serio las enseñanzas de la historia, no podemos sino ratificar la conocida frase que aparece en los mensajes habituales de nuestra Defensa Civil: durante la temporada ciclónica; ¡preparados y alertas!    

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