Un banco para Eduardo

Categoría: Especiales
Escrito por M.Sc. Miguel A. Gaínza Chacón
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 UTF 8 b QSBwb2NvIG1lbm9zIGRlIHVuIGHvv71vIGRlIGVzdGEgZg UTF 8 b b3RvIFJpdmVybyBXYWxrZXIgIGZhbGxlY2nvv70gLmpwZw Este banco de parque, aunque es similar a decenas de los que proliferan por la ciudad, tiene un simbolismo: empotrado en el área verde de las torres habitacionales de la Avenida Victoriano Garzón, casi siempre era ocupado por el maestro Eduardo Rivero Walker, Premio Nacional de Danza 2001, y su esposa, para refrescar las habitualmente calurosas noches santiagueras. Ambos solían explayarse allí, conversar, o intercambiar saludos con algún transeúnte.

Desde el mismo banco estoy ahora observando: Aun no es de noche pero la tarde se extingue; la comunidad ha respondido con entusiasmo y asistencia al espectáculo promovido por los organizadores de la 3ra. Bienal que lleva el nombre de ese vecino ilustre que fue el maestro Rivero Walker, emblema de la danza moderna en Cuba.

Eduardo desarrolló en Santiago de Cuba una parte importantísima de su labor como coreógrafo, creador, y al frente de la prestigiosa compañía Teatro de la Danza del Caribe.

Autor de Súlkary, Okantomi, la superproducción Lambarena, Dúo a Lam, Tributo, Elogio de la danza, Destellos, Ceremonial de la danza, Balada de los dos abuelos, Trío… había nacido en La Habana el 13 de octubre de 1936; fue profesor, bailarín,  coreógrafo… y muy buen vecino, afirman sus conciudadanos del edificio El Jigüe, uno de los cinco “18 plantas” de la avenida Garzón.    

Segmentos de ese historial impresionante en la danza y sobre los escenarios cubanos y extranjeros, fueron rememorados en el inicio de la Bienal, y fueron combinados con bailes y danzas en la comunidad, para rendir homenaje a la memoria de Eduardo. 

A finales de la década de los 80 Rivero llega a Santiago de Cuba y completa la organización de la Cía Teatro de la Danza del Caribe, de ahí que se le considera fundador de  esa agrupación.

 UTF 8 b RW4gc3UgaG9nYXIgIGx1ZWdvIGRlIGN1bXBsaXIgNzUgYcOxb3 filename 1 MuanBn La ciudad, fecunda en el baile y la música, acogió al artista como a un hijo y este, en reciprocidad, le entregó lo más valioso de su arte y su creatividad, al extremo de llevar a “Teatro de la Danza del Caribe” a planos cimeros en el país e internacionalmente.

Aquí él puso a disposición de la cultura, los artistas y el público santiagueros ese caudal inagotable de conocimientos y creación en la danza contemporánea. Al bailar, su cuerpo, sus gestos, su torso, sus brazos y sus piernas, su mirada, eran como una escuela. Había acumulado esa experiencia desde que “en su infancia recibió influencia de la cultura del Caribe, con su familia en el barrio habanero de San Isidro, y con su abuela, que le cantaba canciones de Jamaica”. También, de cuando era adolescente y se reunía con amigos de interés común por la danza.

Hablaba Eduardo un inglés exquisito y siempre recordaba, sentado en su apartamento del piso 17 del edificio El Jigüe, en Santiago de Cuba:

“Cuando niño, mi abuela nos obligaba a los muchachos de la casa a hablarlo todo en inglés. Si yo preguntaba algo en español no me respondía. Por eso conocemos bien el idioma.”

Dicen que el primer vínculo con la danza lo tiene por medio de Manuel Ángel Márquez, quien vivía cerca de su casa y tenía conocimientos del tema; por Manuel conoce a figuras cumbres del baile, y llega Rivero en 1953 al Conservatorio Municipal de La Habana (hoy Amadeo Roldán), donde estudia por espacio de seis años.

De quienes han hurgado en la vida y obra del Premio Nacional de Danza 2001 es la aseveración de que en Eduardo “influye notablemente… la profesora Clara Roche, con la cual tomó clases sobre ballet…”

Para ese momento “conoce a quien luego sería gran coreógrafo y amigo, Jorge Lefebre…”. Pero el ballet en aquella época para un negro era casi imposible y Eduardo no solo se refugia en la danza folclórica sino que funda la compañía Danza Nacional de Cuba y el 18 de febrero de 1960 hace su primer protagónico en “Mulato”, coreografía de Ramiro Guerra con música de Amadeo Roldán.  

Treinta años después de iniciar Danza Nacional de Cuba, Rivero Walker intervino por última vez como bailarín. Fue en el “Mella” de La Habana y el público le regaló un aplauso inolvidable a quien ya para ese momento estaba enfrascado en encumbrar a Teatro de la Danza del Caribe, en Santiago de Cuba.

Lo cierto es que desde 1988 Eduardo nunca más se separó de la urbe santiaguera, y aquí exhaló su último suspiro el 31 de octubre de 2012. Hacía 18 días que había cumplido 76 años. Una repentina enfermedad lo había obligado a regresar a la ciudad desde una gira de trabajo que cumplía por el Caribe.

Los vecinos de la comunidad donde vivió Rivero Walker desde su llegada a Santiago de Cuba: el centro urbano Sierra Maestra, en la Avenida Victoriano Garzón, entre Pedrera y San Miguel, se reunieron el pasado viernes en los jardines del conglomerado habitacional, y junto con artistas, bailarines, organizaciones sociales y la promotora cultural del Consejo Popular 30 de Noviembre (gobierno de barrio), rememoraron la vida del maestro y de paso, pusieron en marcha la tercera edición de lo que será desde ahora la Bienal Eduardo Rivero.

El inolvidable director de la Cía. Teatro de la Danza del Caribe siempre mantuvo un vínculo estrecho con la comunidad. Acciones similares a esa con la cual lo recordaron, él las programaba.

“La danza nace del pueblo, del barrio. Es donde mejor se danza por eso yo se la traigo a mis vecinos”, dijo Rivero en una de las ocasiones en que parte de la Cía vino hasta la comunidad.   

Casi todos los días, cuando no estaba de viaje fuera de la ciudad, Rivero Walker salía con su esposa y ocupaba uno de los bancos cercanos a la Avenida Garzón.

Muchas veces aseguró que sentía satisfacción al poder sentarse allí y disfrutar de la vitalidad de la ciudad.   

Hoy se cumplen cuatro años que este banco del parque no acoge a Eduardo Rivero Walker. Pero los integrantes de la Filial santiaguera del Instituto Superior de Arte se han propuesto mantener vivo el legado del maestro. Ya han celebrado dos encuentros; este de ahora es el tercero y ya tiene como nombre Bienal Eduardo Rivero. La de 2018 quizás trate la vinculación de Rivero, la danza, y las artes plásticas.

Entonces será una nueva ocasión para ponderar la vida y la obra artística de una figura que sigue omnipresente en la ciudad, entre sus vecinos y los integrantes de la Compañía que con tanto amor creó y desarrolló.

Quizás algún estudioso o investigador, entonces aborde la figura de Eduardo en su quehacer pedagógico, en su labor académica en la creación de compañías como la National Performing of Granada, Compañía de Danza Contemporánea Okantomi de Barcelona, en España; la National Performing de Belice… o su papel como asesor técnico de la Compañía Nacional de Danza de Guyana, la National Dance Theatre Company y la National School of Dance, en Jamaica; la compañía de Danza Contemporánea “Le Corail”, en Martinica, o en su trabajo como profesor en cursos internacionales de Danza de Verano en Londres y Birmingham, en Inglaterra, o en aulas de Belice, Inglaterra, Canadá, Jamaica y Alemania.

Ese ajetreo constante, decía él, lo mantenía vivo y siempre dispuesto a llevar a “Teatro de la Danza del Caribe” a escenarios como los de aniversarios de la independencia de Belice, el Festival de Ballet, en La Habana; a jornadas de la cultura cubana en México, Portugal; el Festival de Teatro de La Habana, o similares en Ibagué, en Colombia; Cádiz, en España, o en los espectáculos Cuba-Experiencia, en París, Francia, o el Festival del Caribe, en Santiago de Cuba.

Trabajó mucho Eduardo por la danza moderna cubana, de ahí su categoría como profesor titular adjunto del Instituto Superior de Arte, y al sumar un quehacer tan intenso por la danza y la cultura cubanas se justifican los reconocimientos que el Estado cubano le hizo al imponerle la Distinción por la Cultura Nacional, la Medalla Raúl Gómez García, la Medalla Alejo Carpentier, la Orden al Mérito, la Placa José María Heredia, la Orden Félix Varela de I Grado, y ese Premio Nacional de Danza, en 2001, que quiso resumir una vida entregada casi por completo al arte.   

Su voz potente y su imagen enorme, vigorosa y erguida admiraban a los vecinos del edificio El Jigüe. Imposible olvidarlo. Dos o tres meses atrás había cumplido años y su risa sonora y espontánea antecedió a sus palabras, cuando le pregunté ¿Maestro, cómo llegó Ud. a los 75 años?

“Vivo y fuerte. Con unos deseos inmensos de trabajar, y ya Ud. sabe, cuando se trabaja con amor uno vive más y mejor.”

En verdad la muerte lo sorprendió. Apenas un año después de aquella conversación Rivero Walker entró en la eternidad, hará mañana, exactamente, cuatro años. La Bienal de la filial del ISA en Santiago de Cuba, su Compañía, la Casa del Caribe, y sus vecinos ya decidieron que Eduardo esté presente siempre.

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