Periódico Sierra Maestra

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Un capítulo casi desconocido en la vida de nuestro Héroe Nacional

martijoseperezCorrían los días finales del mes de marzo de 1880, y el presidente del Comité Revolucionario de Nueva York, general Calixto García y un grupo de seguidores habían salido de esta ciudad con rumbo a Jamaica, antesala de su previsto desembarco en Cuba. José Fernández Lamadrid, sustituto del general en el liderazgo del comité, no pudo asumir el cargo por hallarse enfermo. De tal suerte, los restantes directivos nombraron presidente interino al vocal José Martí, no ha mucho fugado de España, donde estuvo deportado-preso, por conspiración revolucionaria en La Habana durante 1879.

Activos, como nunca antes, se vieron por la ciudad, y fuera de esta, todos los integrantes de aquel comité de emigrados cubanos, pero ninguno, en verdad, con la energía inagotable y el feraz patriotismo de aquel joven que se tomaba tan en serio su interinatura.

Nueva York no basta; se sienten en Philadelphia y otros núcleos de emigrados cubanos, donde conmovidos los comités revolucionarios locales, a su influjo, se muestra levantado el sentimiento patrio, o desarbolada la propaganda enemiga que busca desalentar, o muy estimulada la labor de allegar recursos para los combatientes por Cuba libre…

Ahora bien, en ese ambiente y en tal sentido, destacan dos interesantes e importantes reflexiones de Martí sobre la Guerra Grande y de la nueva contienda que se libraba entonces; dos declaraciones sorprendentemente lacónicas, cual un parte militar, y casi desvestidas de la galanura propia del verbo martiano, que nos vemos forzados a ofrecer sin comentarios ni anotaciones, pues, el reducido espacio y el deseo de ofrecer la mayor cantidad del texto posible, no lo permiten.

Así, de las correspondientes a finales de mayo de 1880, citamos:

 “En la Isla de Cuba, el Gobierno español siguió dos cursos políticos de acción. En los departamentos revolucionarios del oriente de Cuba mantuvieron un estado de ley marcial. Persiguieron y acosaron a los patriotas con un vigor implacable. Los líderes del movimiento a los cuales el Gobierno tenía alguna razón para temer, fueron apresados o misteriosamente desaparecidos. Entre estos estuvieron [Arcadio] Leite [sic] Vidal, quien fue asesinado en un vapor de guerra español; Espinosa, quien se embarcó en Nuevitas para La Habana, a donde nunca llegó; Cosso [¿?], quien fue asesinado en Camagüey; Betancourt y dieciocho más, que fueron capturados mientras trabajaban pacíficamente en los campos y [luego] masacrados. Este último crimen ocurrió en Colón, cerca de La Habana. Además de estos que sufrieron la muerte, muchos han sido desterrados a España, como son los casos de Silverio del Prado, un anciano de setenta y cinco años; [Mariano] Domínguez y [Francisco] Guevara. Me alegra anunciar que todos ellos han efectuado su escape desde las costas españolas.

“En la parte occidental de la Isla de Cuba el Gobierno de España ha dado muchas protestas de amistad a los cubanos, permitiéndoles tomar algunos sorbos tentadores en la copa de la Libertad, y arrojándoles algunas migajas de justicia, haciendo promesas que nunca han pretendido cumplir. El Gobierno busca mantener a los habitantes del Distrito de Oriente en completa ignorancia de sus actos y la actitud de la parte occidental de la Isla, a fin de ahogar el sentimiento de rebelión e impedir incorporaciones a las filas de los insurrectos […] La guerra se detuvo solo para tomar aliento para una nueva lucha. Fueron las divisiones y riñas personales las que precipitaron la 'Paz del Zanjón. Estas divisiones desaparecieron y las verdaderas causas de la guerra permanecieron, aumentadas por la perfidia del Gobierno español, por la pobreza ocasionada por la guerra, por la ira de Cuba al verse engañada por España, y por la necesidad que se tiene de vivir en libertad, una vez que esta se ha probado [...]

“La llaman una revolución de negros, y mire usted que el gobierno provisional está compuesto todo de blancos [Se refiere al creado, a la salida de Calixto de Nueva York, presidido por este]. Dicen que nuestro ejército está formado solo de hombres de color, y aunque es cierto que entre los soldados de los distritos orientales hay muchos negros valientes y capaces, aun así son superados en número por los blancos, y en el Departamento de Las Villas solo hay soldados blancos en las filas de los insurrectos. El Gobierno español dice que nuestros antiguos jefes todavía se mantienen alejados de nosotros. Pero al contrario, el General García fue uno de los iniciadores del movimiento de Yara, y continuó la lucha hasta que, al ser capturado por los españoles, intentó quitarse la vida. Todos los jefes de Las Villas participaron en la primera guerra. Carrillo, Sánchez, González y Roloff [y] están ahora a la cabeza de sus antiguos soldados. Y aquellos que fueron jefes y no están [ininteligible] están en camino hacia allá, y probablemente lleguen [ininteligible] de lo que España imagina.

“En este momento estamos librando una guerra doble”: una en el campo cubano con a…[ininteligible] la otra aquí entre extrañados en pro…[ininteligible] todo tipo de recursos. Tenemos la [ininteligible] trabajar juntos, el uno un ejército de combatientes, el otro un ejército de auxiliares. En la [continuación de esta] guerra tenemos que temer los peligros de las [ininteligible] humanas, [de los] retrocesos y de las rivalidades. Pero no tememos miedo de [ininteligible], o de los resultados de la [ininteligible] política o militar, que causó tantos problemas en la [ininteligible] guerra. El General García ha demostrado ya en [ininteligible] campaña cuán bueno es como estratega. [Le gusta] el enfrentamiento abierto, favorece las concentraciones de tropas y la agresividad y la actividad constantes. Ha tenido una amplia oportunidad de planear y meditar durante sus cinco años de prisión en España. En cuanto a [ininteligible] el General García tiene un espíritu democrático, y así lo ha puesto de manifiesto con su Gobierno [Provisional]. El pueblo cubano ya está acostumbrado al ejercicio de la libertad, y nosotros, los fugitivos, hemos aprendido su valor por el [ininteligible] sobre de nosotros de esta noble República de América.”

[…] “ha habido cubanos aquí que han sido débiles de corazón, y que han temido que el momento para dar el golpe por la independencia no hubiese llegado aún. Pero están tomando valor, ahora que nuestra fuerza es evidente, y están viniendo gustosamente en nuestra ayuda. Si han existido cismas dolorosos en el pasado, el Comité no ha de recordarlos. Los errores solo deben recordarse para evitar su repetición. No somos jueces, sino hermanos, y debemos unirnos todos por la causa gloriosa de la revolución”.

  Con un fin de publicidad y contra la propaganda enemiga, estas palabras martianas, por momento, reflejan lo cierto de lo que está ocurriendo; a veces, dicen lo que quieren significar; callan lo que debe ser reservado, o saltan por sobre los ríspidos e inconvenientes temas, pues es preciso advertirlo, son reflejo de la astucia necesaria de un político sagaz, que sabe qué efecto quiere lograr con cada término empleado en aquel crucial instante: cuando, en la manigua cubana, Calixto García y sus hombres vivían ya el apremio de la máxima solidaridad posible, y, en la emigración cubana, se sentía la urgencia de confianza, de aliento y de fe en la lucha y en el triunfo.

Astucia de un político hecho, a sus 27 años de edad, cuyas señas se verán acrecidas en las otras reflexiones que Martí hace al respecto semanas después, y que daremos a conocer, por este mismo medio, en venidera entrega.

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