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Una nota de homenaje en el 165 aniversario del natalicio de José Martí: De la febril actividad martiana en el Comité Revolucionario de Nueva York

Categoría: Especiales Escrito por DAVID MOURLOT MATOS Y JOEL MOURLOT MERCADERES Visto: 997

josemartiUna semana después de su primera declaración pública, en calidad de presidente interino del Comité Revolucionario Cubano de New York, José Martí sostuvo una reunión en su “cuartel general” en la calle Broadway, “ayer [28 de mayo de 1880] por la tarde”, una sesión larga en la que -se dice- sus integrantes discutieron muchos trabajos de vital importancia para la causa de la independencia cubana.

Terminada ese cónclave, Martí -sopesando los posibles efectos de las especies echadas a rodar por los medios españoles-,  hizo una segunda declaración, en la cual, tras advertir sobre la naturaleza seria y privada de las actas de la reunión, que le impedía hablar detallada y públicamente acerca de estas, señaló:.

“Diré, sin embargo, que el Comité no ha terminado aún de preparar el manifiesto destinado al público [norte]americano [y que él prometió, como parte de sus declaraciones del 21 de mayo, siete fechas antes] Será emitido después de ciertos eventos importantes que probablemente tendrán lugar dentro de pocos días”.

Mas, ante los graves hechos que estaban aconteciendo en la isla, especialmente en la provincia de Santiago de Cuba, a raíz del desembarco del general García -y el pavor de un anunciado desembarco del general Maceo-, el presidente interino del señalado comité adelantó una grave denuncia contra el poder colonial en Cuba:

“Para mostrar -señala Martí- el efecto que nuestro accionar ha tenido en España, ofreceré algunos hechos relativos a la presente actitud del Gobierno español. Las medidas crueles y arbitrarias adoptadas por las autoridades de Madrid son objeto del comentario general”. Y erigido vocero y cronista oficial de la Revolución en el exilio, relata:

“Se efectúan arrestos sin evidencia, se encarcela y se destierra sin siquiera la figura de un juicio. Hace seis meses, los buques del Gobierno empezaron a llenarse de abogados y jóvenes distinguidos que habían tomado parte en la primera Revolución, los cuales fueron desterrados a España simplemente por sospecha. Casi todos los principales ciudadanos de Santiago de Cuba y de otras poblaciones en la parte oriental de la Isla fueron apresados, primero en Cuba y luego en España, tras haber sido transportados como convictos. Como una medida política, casi todos estos patriotas exiliados fueron liberados. [Pero] Su libertad fue completamente ficticia, pues estaban bajo la vigilancia constante de la policía, e incluso esta media-libertad solo les fue permitida durante un corto tiempo. Sabían que en cualquier momento podrían ser encarcelados nuevamente, y eso fue exactamente lo que sucedió”.

Martí se refiere aquí a la segunda razia desplegada por el general Camilo de Polavieja y del Castillo, comandante general del Departamento Oriental de la Isla de Cuba, en mayo de 1880, por un lado, tras saber del desembarco de García, a pocos kilómetros al oeste de la ciudad de Santiago de Cuba, con hombres que potencialmente podrían revertir la pacificación de gran parte del territorio que el jefe español había conseguido haciendo a un lado todos los escrúpulos que un gobernante debe tener; por el otro, dado el persistente rumor de que el general Antonio Maceo había desembarcado o estaba a punto de hacerlo, lo cual le iba a echar por tierra toda posibilidad inmediata de hacer presentar a Guillermón, a José y Rafael Maceo, a Periquito Pérez; Limbano Sánchez …

El nerviosismo, el miedo, llevó al general Polavieja a cometer tales desafueros, que llevaron a la prisión del Castillo del Morro –y de ahí embarcados a España u otros puntos de la Isla, a los hermanos Joaquín, Eduardo y Manuel Cotilla Miranda, el notario Pedro Secundino Silva, doctores José Joaquín Navarro Villar (concejal del Ayuntamiento) y Federico Carbonell Hechavarría, médico municipal; Benigno Corona (padre de los Corona Ferrer), León Barragán Mármol, Juan Portuondo Estrada, director de escuela municipal, los veteranos mambises brigadier Emiliano Crombet y coronel Miguel Santa Cruz Moreno, teniente coronel Agustín Cebreco comandantes Alfonso Goulet y Santos Medina y capitán Pedro Castillo, y hasta el prelado Emilio de los Santos Fuentes y Betancourt y las señoras Dominga Moncada, la madre de Guillermón, y Dolores Menas de Canalejo, entre otros, hasta llegar a un número superior a 80 personas, blancos, pardos y morenos (cual clasificación de entonces); arbitrariedades que fueron acompañadas por las perpetradas en otros lares y por otras altas autoridades españolas, como bien termina de denunciar Martí:

“La llegada del General García a Cuba, la constitución del nuevo Gobierno de la Revolución [en realidad este nunca llegó a ejercer función], y los primeros hechos de armas que se sucedieron, causaron tal efecto, que sin esperar el desarrollo de nuevos acontecimientos, y simplemente por miedo y conjeturas, los exiliados fueron arrojados inmediatamente a prisión por tercera vez. Esto causó una gran sensación  y un sentimiento general de indignación aun entre los cubanos más tímidos. Vieron que, incluso, la actitud más pacífica de su parte no los salvaría de la crueldad del gobierno local, aterrado como estaba [este] por el estallido de la nueva Revolución, y que igual podrían identificarse con los insurgentes [sin que eso hiciera la diferencia].

“El 2 de mayo, todos los cubanos que estaban en Cádiz fueron encarcelados. En Madrid, el señor  []José] Lacret, quien últimamente ha tenido amistad con el General español Martínez Campos, fue enviado a Saladero, la Bastilla de Madrid. Los señores [Dr. Francisco] Mancebo y [lic. Pedro Celestino] Salcedo, dos de los ciudadanos más prominentes de Santiago [en verdad: jefe del comité revolucionario y alto integrante de este, respectivamente] fueron buscados ansiosamente por la policía. Almaguez  otro antiguo líder [debe tratarse de Remigio Almaguer Hidalgo, uno de los iniciadores de la nueva insurrección en Holguín, el 25 de agosto de 1879, y capitulado semanas después], Gutiérrez y muchos otros han sido también apresados.

“El boletín oficial publicado en Madrid fue una producción muy curiosa. Fue emitido el 6 de mayo por el Gobierno español, cuando se conoció el desembarco del General García [hay un anacronismo en esa información española, pues el desembarco fue el día 7]. Aquí está: ‘El ministerio ha considerado la conspiración detectada en Cuba. El Gobierno ha enviado instrucciones por telégrafo al General Blanco [capitán general y gobernador superior civil de la Isla]; Maceo y García fracasaron en sus intentos de desembarcar en la Isla.’

“He ahí un ejemplar de la confiabilidad española”, dijo el señor Martí, con una [burlesca] sonrisa, para agregar: “Así es como intentan engañar al pueblo.

“En Guantánamo, una ciudad muy importante de la parte oriental de la Isla, han encarcelado a todos los cubanos que permanecían allí y que podían brindar ayuda a los insurgentes. Y el Gobierno español obligó a todos los españoles en Cuba a tomar las armas. Pero casi todos los españoles de los Distritos orientales apoyan materialmente a la Revolución. Saben que la guerra no es contra ellos, sino solamente contra el Gobierno de España. Los cubanos de Key West tuvieron un festival, que duró tres días, para celebrar la llegada del General García a Cuba. Toda la ciudad fue decorada con banderas y hubo procesiones, reuniones públicas, espectáculos privados y el mayor regocijo y entusiasmo. En New Orleans, también, el incremento del ardor revolucionario es realmente maravilloso. Los cubanos allí tienen mucho ánimo y muchas ansias de renovar la lucha. Tienen la fe más inquebrantable en el feliz resultado de la guerra de liberación. De hecho -concluye el presidente interino del Comité Revolucionario de Nueva York-, “nuestras perspectivas mejoran cada día.”

Por supuesto -insistimos-, no hay que asumir lo dicho por Martí en los últimos tres renglones –tan solo en esas tres líneas- no como la verdad de lo que estaba ocurriendo en la Isla, porque no se debe olvidar que los objetivos de estas declaraciones suyas -además de denuncia de los abusos y arbitrariedades que el gobierno colonial en Cuba estaba cometiendo realmente allí- son, también: el contrarrestar la propaganda adversaria, derrotista y, por ende, desalentadora, y de publicidad revolucionaria, para alentar, concretamente, la ayuda a quienes quedaban sobre las armas en la manigua redentora…

A quienes quedaban alzado -enfatizamos-, porque ya, a esa altura, si bien en New York no conocían las tratativas de presentación de los generales José Maceo y Guillermón; así como también de Limbano y José Prado, en Baracoa, desde finales de ese mayo de 1880 –sin saber ellos tampoco del desembarco de Calixto por Aserradero, al suroeste de la Sierra Maestra-, el Comité sí debió estar bien informado de las presentaciones, desde octubre de 1879, de Belisario Grave de Peralta, Luis de Feria, Ángel Guerra y el ya mencionado Almaguer; incluso de los hermanos Francisco y Andrés Viro y sus mayariceros, algo después; y de Emiliano Crombet, con los Cebreco, Higinio Martínez, Martín Torres González, en las estribaciones de El Cobre, el 5 de enero de 1880, e incluso, la de Mariano Torres Mora,  Víctor Ramos, Rabí y los Lora, en Guisa-Jiguaní-Baire, y el pequeño brote de los hermanos Capote Sosa, en Las Tunas.

En fin, a quienes quedaban levantados en armas, que eran ni más ni menos que Calixto, sus expedicionarios y cuatro o cinco incorporados, y los villareños de Pancho Jiménez, Serafín Sánchez, Emilio Núñez, Maximiliano Ramos y otros líderes de pequeñas partidas.

A la luz de los especialistas y demás amantes de nuestra historia patria, no escapa el valor de estas declaraciones -casi desconocidas, por no decir inéditas- de José Martí, en calidad de presidente del Comité Revolucionario de New York, como aporte al compendio de sus datos personales y como fuente de alta estima de estos aspectos relativos a un tema tan poco -o mal- tratado por nuestra historiografía general, como es la Guerra Chiquita, de la que algunos historiadores no han querido darse por enterado.

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