Periódico Sierra Maestra

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Memorias de una tatarabuela supercentenaria

centenariaCaridad Paumier Alba luce pequeñita en su sofá, en el centro de la fiesta. Viste con sencillez; sencilla es su mirada y su forma de ser. Tiene la sonrisa fácil y el carácter fuerte. Recibe al visitante con los brazos abiertos. A su alrededor se reúnen personas de diversas edades, que la escuchan con la misma reverencia que yo. Porque no todos los días se cumplen 105 años.

Cachita para los amigos, lleva el nombre de la Patrona de Cuba porque nació un 8 de septiembre. Maravilla la claridad de sus ideas. “A veces se me van un poco”, confiesa, “pero enseguida vuelvo, y sigo la rumba”. Le gusta bailar y cantar, se declara enemiga del bullicio, el chisme, los malos sentimientos y de estar todo el tiempo en casa ajena. “Pausa, todo con pausa”, parece ser su secreto.

Escuchar a aquella venerable anciana es asombrarse a cada paso. Hace una anécdota tras otra. “Eso fue cuando un Maceo fue alcalde”, aclara a mitad de una historia contada como si fuera ayer. Y entonces uno descubre que el hecho tiene casi 80 años. Con mirada picaresca habla de cuando conoció a Fidel. “Cuando aquello era ortodoxo… Era un hombre lindo. Muy elegante. Era grande, alto. Chibás no tanto: era bajito”.

Cuenta que el triunfo de la Revolución la sorprendió en la iglesia de Santo Tomás, rezando y llorando “porque era mucha atrocidad, mucho odio. Entonces vino una vecina y me gritó “¡Corre, Cachita, pon la radio, que se fue Batista!”. Fue una alegría muy grande. Fue un milagro”. Caridad fue fundadora de la Federación de Mujeres Cubanas, y delegada a su Primer Congreso. Conoció personalmente a Vilma Espín. “Era buena persona y buena madre. Le dio un lugar a la mujer”, recuerda.

abuelitacentenariaLa interrogo sobre la época presente y me responde de inmediato. Resulta que Cachita escucha mucho la radio. Se mantiene al tanto de todo lo que sucede en el mundo. También reflexiona sobre la juventud de nuestros días. “Hay que educarlos bien desde la casa, la familia debe enseñar a comportarse. No es dejarlos en la escuela. Deben ser respetuosos… ahora hay mucho descontrol. Y no hay respeto”. Caridad sabe de lo que habla: tiene seis nietas, que le dieron bisnietos y hasta tataranietos. Nuevas generaciones que la escuchan y tratan con veneración. Toda la familia parece ser como ella: risueña, sencilla, activa.

Entre las memorias del pasado aparece su única hija, a la cual sobrevivió. Se ensombrecen de inmediato sus ojos negros. De pronto hay mucha tristeza en sus palabras. “Ella me decía que no podría vivir sin mí… pero yo tampoco quería vivir sin ella”. Un denso silencio envuelve la casa. Todos bajamos instintivamente la cabeza en señal de respeto. Es el tributo a la madre cuya longevidad extrema le cobró el precio más doloroso.

Por supuesto, no puedo evitar la pregunta: ¿Cómo se logra cumplir más de un siglo, y con esa vitalidad? Caridad no es dada a la melancolía, y vuelve a la energía que la caracteriza. “Yo nunca he tomado alcohol ni fumado”, enumera con sus dedos firmes. “Para bailar no hay que estar borracho, para divertirse no hay que tomar. Me gustan los vegetales. Le hago caso al médico. Vivo la vida con pausa. No tengo odio a nadie, ayudo al que puedo, no me meto en problemas. Y siempre fui así”.

Le pregunto si sabe que, con 105 años, ya entró en la selecta liga de los supercentenarios. Todos los presentes aplauden, pues hay que admirar semejante logro como se merece. Pero ella se ríe, dice “Ah, mira eso” y hace un gesto con la mano, como si aquello fuera nada. Luego de horas de conversación, me despido. Me llevo una sonrisa de incredulidad y alegría. No es para menos. A todo el que pregunta no puedo evitar decirle: “Hoy he conocido a una tatarabuela de 105 años… y es una maravilla”.

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