“¿Que si he sentido miedo? Pues sí, siempre. Es algo que todos llevamos dentro, y más en nuestra profesión, no lo podemos negar. Pero, sinceramente, si no sintiera miedo no tendría el valor para salvar a una persona”.
Así inició Julio nuestra conversación, un joven bombero de 33 años, tímido, de pocas palabras, pero que demuestra mucho respeto y dedicación hacia su trabajo pues, “es mi conciencia la que siempre pongo en juego, y por tanto cada servicio lo hago con el mayor orgullo y la óptima convicción”, expresó.
“Comencé en el cuerpo de bomberos con 18 años. Al principio mi familia no lo aceptaba, ya que conocía los peligros que conlleva el oficio en todos los sentidos. Ahora comprenden que esto es lo que me gusta hacer, y que no solo pongo en riesgo mi vida sino que salvo la de muchos; por lo que están muy orgullosos y satisfechos.
“Durante todo este tiempo he podido poner en práctica muchas de las herramientas que nos enseñan en la academia. Varias son las experiencias que han marcado mi vida, y, a pesar de lo que piensan muchos, nosotros no solo estamos para extinguir llamas. Nuestra labor incluye otros modos de salvamento más comunes y peligrosos.
“Una de mis misiones más significativas consistió en el rescate de una joven que pretendía atentar contra su vida saltando desde uno de los 18 plantas de Garzón. En ese momento, y de la forma más rápida posible, logré entablar una conversación con ella, y poco a poco ganar su confianza, lo que me permitió evitar su muerte. Lo reconfortante fue sentir el agradecimiento de su familia y el de ella, pues la ayudé a comprender que nada ni nadie merece que perdamos lo más valioso que tenemos, nuestra vida”.
Dayán Rubio Fernández, también del Comando 4, inició en el Cuerpo de Bomberos durante el cumplimiento del servicio militar, y tras varios meses de formación en La Habana regresó a su provincia natal. Recibió la medalla al Servicio Distinguido, así como el reconocimiento al desarrollo satisfactorio en la prestación de los servicios, que otorgan a aquellos bomberos que destacan por su trabajo.“Una de las experiencias que ha marcado mi vida, -comentó-, fue durante el paso del huracán Sandy por Santiago de Cuba. Tuve que socorrer a varias personas cuya vivienda se había desplomado por el viento, entre ellos, y atrapado bajo los escombros, se encontraba un niño con pocos días de nacido. Logramos rescatarlo de forma satisfactoria y, envolviéndolo en mi propia capa, lo llevé hasta el hospital infantil “La Colonia”. Esto lo tuve que hacer a pie, de forma rápida, pues las vías estaban obstruidas por los árboles y postes eléctricos caídos.
“En ese momento no fue fácil, y estaba muy nervioso, pero al ver que el niño ya no corría peligro sentí un gran alivio, y me sumaron fuerzas para continuar trabajando”.
Valor, coraje y disciplina, son tres palabras que acompañan a los bomberos en su quehacer diario. Este servicio, con más de trescientos años en Cuba, vio sus orígenes en la provincia Villa Clara, y rápidamente se extendió por toda la Isla debido a su importancia y necesidad.
Hoy, gracias a la entrega y desinterés de estos héroes que, desde el anonimato, luchan por preservar la vida y los bienes del pueblo, se cuenta con una institución capaz, volcada en la protección al ciudadano y la Patria.