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La huella del héroe

Categoría: Especiales
Escrito por María de Jesús Chávez Vilorio / Foto: Tomada de Internet
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frank pais garciaUno sabe la grandeza de un héroe por la huella en las personas que deja atrás. A veces, lo que significa para quienes conocieron su lado más humano, dice más que cualquier libro de Historia. Ningún santiaguero puede pasar por ‘General Bandera’ entre ‘Habana’ y ‘Maceo’ sin decir: “Aquí vivió Frank País”. O por el Callejón del Muro, sin estremecerse ante una idea: “Aquí cayó David, el héroe”.


En la esquina de ‘Heredia’ y ‘Clarín’, a un santiaguero se le humedecen los ojos al recordar que allí velaron al maestro, al clandestino, al jefe. De allí salió la procesión gigantesca, la muestra de rebeldía total, el entierro del patriota. Allí la joven novia, que durante el tiroteo escogía su ajuar de bodas, tuvo que ayudar a la heroica madre a taponar más de 30 agujeros en el cuerpo del amado.
frank y su madreLa historia de América Domitro recuerda las canciones antiguas de mujeres renunciando, con entusiasmo, al amor y la felicidad junto al amante, en nombre de la sagrada Patria. El camino tuvo flores, poemas, el compromiso, el vencimiento de cada obstáculo, incluso, la tradicional primera desconfianza de la futura suegra, porque doña Rosario García consideraba que la joven era demasiado bonita, y la creía muy burguesa. Anécdotas hay muchas. Que Frank la veía con sus prismáticos desde el escondite de ‘Santa Rosa’ y ‘Reloj’, que en una ocasión el joven le dedicó esa bella canción que dice “Ya no estás más a mi lado, corazón...”.
Y todo esto en tiempos de revolución que es, quizás, cuando se ama con más fuerza, porque hasta la vida queda en entredicho. Y se dice, como no, que en su corta vida ella nunca pudo olvidarlo. Todo esto se detalla mucho más en la investigación de la holguinera María Julia Guerra Ávila, publicada en el suplemento Ámbitos del periódico Ahora.
Otra investigadora*, Daysi Cué, explica que Frank se levanta en la memoria popular como el epítome de la juventud que muere en busca de la libertad. En él se inspira Navarro Luna cuando habla de muertos que no caben en sus tumbas, y dice “Únicamente los muertos entierran a sus muertos!/ Pero jamás los entierra la Patria”. Efraín Nadereau, en 1972, recordaba: “La noticia volaba ensangrentando la ciudad,/ moliéndola,/ cuando todavía humeaban los tiros”.
Waldo Leyva, en 1974, expresaba “Hoy Frank es una Isla violenta/ (...) Porque Frank está ahí, encima de la muerte/ (...) y Frank sigue naciendo de la Ciudad/ saliendo de las calles/ creciendo de los techos/ repartiendo el corazón/ como único pan posible para matar la muerte”. Y Ariel James cuenta que “No tenía medallas sobre el pecho/ sino una boina verde olivo/ y encima de la boina/ una flor blanca/ Los médicos forenses informaron:/ 23 años de edad/ y 22 balazos/ Así igualó a Maceo en el combate”. En realidad, el cuerpo de Frank tenía 36 heridas.
César López, el amigo de la infancia, estaba muy lejos cuando supo la noticia y escribió “Fue un niño a quien recuerdo/ diciendo afirmativamente y siempre:/ Quiero/ ¡El ser que mutilasteis,/ asesinos,/ era, en resumen, todo lo posible!”. Y en otro poema cuenta que todo un pueblo lo lloró: las madres, los esposos, los hijos, los enamorados, y “lejos, penosamente lejos, también lloró el poeta”.
La grandeza de un hombre se cuenta por la distancia de su cabeza al cielo. En el dolor de los que lo despiden. En la abuela que lo conoció de pasada y aún se emociona al recordarlo. Ningún santiaguero puede arribar a los 23 años, edad de fiestas y diversión, de Internet y flores, sin pensar que a esta misma edad un joven, a punto de casarse, creciendo como un héroe, entregaba su vida.

*Ambos trabajos pueden leerse en el libro Frank en la Memoria, de 2016.

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