Luis Lee Acosta es incansable y en horas de la mañana, ilocalizable. El equipo de Sierra Maestra tuvo que perseguirlo por todo el barrio y aun así no daba con él. Por suerte, al final logramos entrevistarlo. Es increíble la cantidad de pormenores que recuerda de su época como clandestino: cada dirección, el nombre de cada compañero, los detalles de cada acción.
Además, es sincero: nos habla sin tapujos de cuando los nervios lo hicieron olvidarse de encender un petardo una vez puesto, aunque el hecho de regresar para encenderlo nos habla de un valor verdadero: el que acepta que el miedo existe, pero puede vencerse.
Tan sincero es, que admite que no entró al Movimiento por iniciativa propia, sino que lo incorporaron. “Yo vivía en Trinidad y Jobito, había un compañero que estaba en el Movimiento y él me invitó. Me dice “Mira, Chino, hay que firmar un compromiso”. Y me llevó a Calle A, a casa de uno que era luchador. Estaba Anita Céspedes allí y firmé una carta.
“A los pocos días, el compañero que se llamaba Ramoncito me dice que vamos a desarmar a un policía, y yo dije, “¿Cómo, yo firmé para eso?” Así que fuimos a una tienda, El Siglo XX, me paré en la puerta con la mano metida en la camisa y Ramoncito le dijo al guardia “Te están apuntando, dame tu arma”. “Y le dio el revolver”. Fue su primera acción como clandestino. “Eso sucedió después del 30 de noviembre de 1956, yo tendría 16 o 17 años”.
El hecho de ser hijo de chinos le proveía, entre su gente, de escondite y trabajo seguro. También nos habla de la responsabilidad: “Una vez unos compañeros iban a hacer un trabajo con un chivato. Les doy las armas, mataron al chivato, pero después se desaparecieron con las armas. Y había que buscarlas. Fuimos a parar al Cayo, de ahí a Buey Cabón, supimos que estaban alzados, subimos a Nimanima, donde estaba una tropa. Pero nunca encontramos las armas”.
A veces las cosas no salían como se habían planeado, y por uno de esos imprevistos, tuvo que alzarse. “Fui con un compañero a buscar a cierto guardia, pero el hombre tenía un revólver que no noté. Yo le dije “No quiero matarte”, yo solo quería el rifle, ya él tenía el revólver en la mano. Así que tiré. No sé dónde le di, fue fulminante. Me escondí en un lugar, y me avisaron de que mucha gente me había visto y estaban parando por la calle a varios chinos, porque me querían agarrar. Así que me dijeron que tenía que alzarme. Dimos muchísimas vueltas, salimos como 10 y al final llegué arriba yo solo”.
Incorporado plenamente a la lucha en la Sierra, nos habla de acciones exitosas, unas que se suspendían por alguna razón, y otras que salían mal. Entonces, el 31 de diciembre de 1958, Fidel convocó a una reunión para decidir qué iban a hacer el día 1ro. durante el ataque a la ciudad de Santiago de Cuba. “A nosotros nos tocaba ir en una fragata para bombardear Santiago. Pero nos enteramos de que Batista se había ido”.
Luis Lee recuerda con emoción las virtudes de aquellos jóvenes que hicieron, siendo casi adolescentes, una guerra como esa y la ganaron.
“Luego estuve trabajando con la Seguridad del Estado por algún tiempo, infiltrado entre los contrarrevolucionarios, para desbaratar su célula. Pero a pesar de todo, la vida militar no me atraía, así que trabajé en la administración de casi todos los hoteles de esta ciudad hasta que me jubilé, en los ´90”.
La fuerza de la memoria de Luis Lee logra que una conversación con él sea como asomarse a un libro de Historia, lleno de detalles y experiencias propias. También su forma de contarlas hace que se perciba a los luchadores del Movimiento como lo que eran: seres humanos, jovencísimos, falibles, llenos de ideales y, aunque amantes de la vida, dispuestos a darla por la Patria necesitada.