Alguien llamó imprescindibles a quienes luchan incansablemente toda la vida, y desde que la vi supe que estaba ante una de ellos.
Lo que intento mostrarles no es la historia de cómo se hizo la profesional exitosa que es, desde hace muchos años, la Dra.C. Damaris Fuente Pelier; sino la fuerza y la constancia de una mujer admirable.
Todavía están frescos en la memoria los años en que tener un televisor, un refrigerador o simplemente un bombillo que iluminara la vivienda para no estudiar a la luz de los candiles, era un sueño en el intrincado Ojo de Agua de Cabacú, a 10 Km de Baracoa.
La penúltima niña en nacer del matrimonio de una costurera y un campesino, aprendió -sin pretenderlo- a lograr las cosas por su esfuerzo. No veía un obstáculo en la pobreza que impedía a sus padres comprarle juguetes, sino el acicate para hacer sus propias muñecas con frutos de piñuela y vestirlas con ropitas que la madre les confeccionaba; aprendió de la utilidad del trabajo ayudando a papá a pastorear los chivos o a recoger cacao y se inclinó a la virtud en sacrificios que no hicieron otros niños... así se fraguó su tenacidad.
“Mis padres apenas estudiaron; sin embargo, recuerdo que se preocupaban mucho por nuestra educación. En el lugar donde vivíamos no había escuelas y teníamos que asistir a una que estaba a varios kilómetros de casa. En época de lluvias el arroyo crecía y para que no faltáramos a clases, papá nos amarraba por la cintura y así cruzábamos mis hermanos y yo, y del otro lado nos esperaba un vecino para desatarnos y que pudiéramos continuar camino. No lo tuvimos fácil pero los cinco nos hicimos personas de bien y profesionales”, cuenta.
La pasión por la Medicina surgió por aquellos años, debido a la falta de médicos en el recóndito lugar y al asma que tanto castigó a la pequeña Damaris.
“Aún no existía el programa de Medicina Familiar y para ver a un médico había que ir al pueblo; mis padres recorrían largas distancias para que yo recibiera aerosol, sueros y otros medicamentos... Yo de niña soñaba con ser la doctora de Ojo de Agua de Cabacú. Gracias a Fidel y a esta Revolución tan grande, hace mucho tiempo que en las comunidades inhóspitas de este país hay médicos y enfermeros de la familia.”
Damaris fue una alumna sobresaliente y, a pesar de que durante muchos años tuvo que hacer un alto en el camino todos los días, para lavar sus pies enfangados y ponerse los zapatos limpios de asistir impecable al centro escolar, hizo real su sueño de la infancia: cursó y se graduó de la carrera de Medicina en 1987. La joven doctora egresaba entonces con otro anhelo: la oftalmología.
“Me impactó mucho la alegría de mi mamá la primera vez que usó espejuelos. Después de que mi papá falleciera, ella tuvo que sustentarnos con su máquina de coser hasta que comenzamos a trabajar, y mejorar la visión era fundamental para su labor.
“Esa felicidad que siente el oftalmólogo al mejorar o devolver la visión a alguien es lo que me ha impulsado siempre a entregarme a mi trabajo, a sentir los problemas de mis pacientes como propios y a investigar, estudiar y prepararme mejor para buscar soluciones a sus padecimientos”, comenta Damaris.
Tenacidad debería ser el nombre de esta mujer: constancia, perseverancia y talento al servicio de los demás... ahí reside el mérito de su labor de más de 30 años dedicados a la neuroftalmología. Esta santiaguera por adopción atesora una hoja de servicios a la Salud Pública cubana admirable: ha cumplido misiones dentro y fuera del territorio nacional, ha tenido importantes responsabilidades en la materialización de programas como la Misión Milagro y la Neuropatía epidémica, ha representado al país en congresos internacionales en México, Colombia y Japón; ha crecido como profesional, pero sobre todas las cosas, ha crecido como ser humano.
“Cumplí misión internacionalista en Mozambique, Argelia y China (las dos últimas fueron misiones especiales del Consejo de Estado). También fui responsable de línea de pre y posoperatorio en el municipio granmense de Bartolomé Massó, en la Sierra Maestra, y en Santiago como parte de la Misión Milagro. Tuve la oportunidad de trabajar en la epidemia de neuropatía óptica de 1992 a 2002, que afectó a más de 1000 personas en esta provincia y a más de 50 000 en todo el país... de hecho hay una anécdota que me marcó para toda la vida.
“En 1992, pleno período especial, yo llegaba a casa con mi esposo y mi niña en el coche, después de trabajar todo el día con pacientes afectados por la epidemia; era un sábado por la tarde, y se nos presenta un militar y me dice que necesita llevarme al Hospital (al “Juan Bruno Zayas”) porque el ministro de Salud me esperaba. Y claro, me fui con él.
“Yo pensé que vería solo al ministro, pero llegó Fidel al lobby, donde está la maqueta. Aquel encuentro jamás podré olvidarlo porque él se reunió con dos neurólogos y conmigo como oftalmóloga, que entonces tenía 27 años y había recién terminado la subespecialidad de neuroftalmología. Recuerdo que se interesó mucho por los pacientes con neuropatía óptica y preguntó cómo podríamos restablecer la visión de esas personas y prevenir la discapacidad visual.
“Lo que más me asombró fue su inteligencia. Estaba muy bien informado, parecía que conversábamos con un médico.”
Luego vino otro encuentro con el Comandante, en La Habana; pero la experiencia de aquel primer contacto y la gran cantidad de casos en la provincia despertaron el interés de Damaris por la evolución clínica y epidemiológica de los pacientes con neuropatía óptica, un padecimiento que ha investigado durante más de 25 años. Ese es el tema de su tesis doctoral, con la que en noviembre de 2019 se convirtió en la primera oftalmóloga de Santiago de Cuba con un doctorado en Ciencias Médicas.
Se dice fácil, pero en su caso las dificultades a las que tuvo que sobreponerse fueron más allá de las complejidades inherentes a la formación para obtener el máximo grado científico.
“En el proceso de terminar la tesis me enfermé y, al principio hubo mucha incertidumbre en cuanto al diagnóstico y creí podría tratarse de una afección oncológica. Tenía dificultad para caminar y otros síntomas que escondí de mi esposo y mis hijos para que no se opusieran a que continuara la redacción de mi tesis.
“Fueron momentos muy duros, pero recibí muchísimo apoyo de mi familia, de mis compañeros del servicio de Oftalmología, de la dirección del Hospital y del Ministerio de Salud Pública. Me intervinieron quirúrgicamente dos veces y, finalmente, pude defender la tesis y hacerme Doctora en Ciencias Médicas; y eso también es resultado de aquel encuentro con Fidel”, señala Damaris.
El esposo de la doctora y padre de sus dos hijos, el Dr.C. Ricardo Hodelín, definió - a juicio de esta reportera- de un modo insuperable la valía de la mujer con quien ha compartido la vida.
“Lo que más admiro es su tenacidad. Ella fue operada en el Hospital Hermanos Ameijeiras, en La Habana. Pero en ese viaje tenía que entregar la tesis doctoral a la Comisión Nacional de Grado Científico.
“Damaris no sabía qué iba a suceder con su salud, si se trataba de una enfermedad mortal o no... y eso nunca la detuvo. Tal vez otra persona hubiera dicho para qué tanto esfuerzo, pero ella entregó la tesis por una puerta y por la otra fue a ingresar. Eso es ser médico”, afirma el neurocirujano.
Afortunadamente no se trataba de una afección maligna y luego de la segunda operación la doctora quedó totalmente recuperada y continúa trabajando en el Centro oftalmológico. Sus hijos, que para ella son el mayor logro, escogieron también el camino de la Medicina y aseguran que de su madre lo que más aman es el humanismo y la dedicación a los pacientes.
Damaris es miembro de las sociedades cubanas de Oftalmología y de Neurología y neurocirugía; de la Sociedad Cultural José Martí, de la Unión de Historiadores de Cuba y de la Asociación Médica del Caribe, entre otras entidades.
Merecedora del Sello Forjadores del Futuro y de un sinnúmero de reconocimientos; inscrita en el Libro de Honor Laboral de la CTC y en el Libro de Honor de la FMC; ganadora en varias ediciones del Premio Anual de Salud a nivel provincial y con resultados relevantes en el Fórum de Ciencia y Técnica durante más de 10 años consecutivos, la neuro-oftalmóloga atesora la “Tiza de Oro” -que ha recibido en cinco ocasiones- porque es la distinción que otorga la Federación Estudiantil Universitaria a los mejores profesores. Y es que la docencia es una de sus pasiones.
“Soy muy exigente porque me gusta que mis alumnos se formen integralmente. Que sepan mucho de medicina, de oftalmología; pero que conozcan y honren nuestra historia, nuestra identidad como nación; que puedan apreciar una obra de arte, leer un buen libro o disfrutar un espectáculo deportivo. Y sobre todo que amen a sus pacientes”, explica la también Profesora Auxiliar de la Universidad de Ciencias Médicas de Santiago de Cuba.
Insistió mucho en que estas líneas transmitieran su mensaje de felicitación a todas las cubanas, especialmente a Paulita (su madre) y a su tía Rosa, a las compañeras del “Juan B. Zayas” y del “Saturnino Lora” y a las que con tanto esmero la atendieron en el “Ameijeiras”.
Mujeres como ella inspiran a avanzar, derriban obstáculos -no porque sean extraordinarias- sino porque no admiten la derrota y aun en las peores circunstancias siguen luchando por lo que quieren.
“Yo pienso que si una mujer tiene la voluntad de seguir adelante y está bien preparada en su profesión; si ama lo que hace, ama a su familia y a su país; entonces no hay nada demasiado difícil.”
Comentarios
Su grandeza se traduce en un gran ser humano y maravillosa, una persona muy sencilla y humilde, te admiramos y respetamos por tu trayectoria, tus sacrificios y tus resultados.
Le deseo mucha salud y éxitos en su vida profesional y personal, así como a su linda familia de Doctores.
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