Conversando con un maestro petrolero

Categoría: Especiales
Escrito por Nazín Salomón Ismael
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Reconocimiento2 por sus 53 años de trabajo 29 6 20Si Héctor Rafael González Gómez fuera definido por una palabra, ¿cuál sería? Pasé varios días tratando de dar con el adjetivo adecuado, quizás un sustantivo bien contundente, pero no pude; eran muchas las denominaciones que inundaban mi raciocinio.


Héctor González Gómez en su casa2De buenísimas ganas me recibió en su hogar, ávido por compartir tantas experiencias, muchas inéditas, acumuladas tras 53 años de trabajo en la Empresa Refinería "Hermanos Díaz", de Santiago de Cuba. Uno de los catorce fundadores que aún nos deleitan con sus historias de vida, las que merecen perdurar.

"Comencé a trabajar como aprendiz el 7 de junio de 1957, a los 21 años, y me jubilé a los 74. Puedo decir que ha sido toda una vida.
"En aquel tiempo aún se encontraba dirigida por los norteamericanos y la planta principal en proceso de terminación. Para comenzar a trabajar en una fábrica de esta magnitud había que cumplir con muchos requisitos pero, aun así sobraban los aspirantes; eran alrededor de dos mil quinientos, si mal no recuerdo. La situación económica del país no era muy favorable y muchos buscábamos trabajo. Me considero afortunado porque fui uno de los doscientos cincuenta postulantes que resultaron seleccionados para formar parte del personal obrero de la Refinería, propiedad de la compañía Texaco, para entonces.
"El 15 de agosto de ese mismo año arrancamos la planta de crudo, siendo uno de los primeros ayudantes encargados del turno de la madrugada, desde la 11 de la noche hasta las 7 de la mañana del otro día. Solo existían cuatro clasificaciones en la planta: el destilador u operador A, máximo responsable; el operador B o panelista; operador C que era el ayudante de primera; y operador D, ayudante de segunda. Este personal y sus subordinados éramos los encargados de controlar el funcionamiento de todas las unidades. Así transcurrieron mis tres primeros años, ganando conocimiento y ampliando mis habilidades.
A la derceha Héctor González junto a otro de los fundadores de la Refineria"Llega enero de 1959, y triunfa la Revolución Cubana. Como era de esperar, este hecho no fue recibido de buena manera por todos en la fábrica. Muchos de mis compañeros, sin contar a los directivos, comenzaron a disgustarse por el proceso de transformación que se gestaba en el país y que, como era de esperar, llegaría a nosotros. Esto ocasionó mucha tirantez entre el gobierno cubano y la compañía petrolera.
"¿Qué hicieron los dueños? Comenzaron a comprar a todos los trabajadores y buscaban la forma de convencerlos para que dejaran el país con sus familias; así la empresa quedaría sin mano de obra y ocasionaría un colapso en los servicios. Uno de mis jefes, con quien tenía buena relación, me propuso irme a trabajar con ellos para la ciudad de Houston, en el estado de Texas, Estados Unidos, donde radicaba la compañía. Allí tenía asegurada mi plaza y mejor remuneración.
"Simplemente, le dije que no. Agradecí la propuesta pero, este es mi país, donde está mi familia. Además, me gustaba trabajar en la empresa, y era donde tenía que estar. El hombre me pidió disculpas y se retiró.

El descalabro

"A partir de ese momento, Cuba comienza a fomentar las relaciones con la Unión Soviética, quien deseaba ayudar al país con el petróleo por lo que, se le propone a los encargados de la compañía iniciar la refinación del crudo soviético. Por supuesto, dijeron que no y con algunas razones válidas ya que, la fábrica solo podía operar con producto venezolano, Mara; Tía Juana; y Merey, muy ligeros e ideales para refinar, y se desconocía la calidad de esta nueva mercancía. Claro que, también existían motivos económicos, políticos, y de poder por lo que, hubo que intervenir.

Estrategias a un paso de la nacionalización

"Recuerdo muchas cosas de ese 29 de junio de 1960. Uno de nuestros compañeros, de apellido Bota, arrió la bandera estadounidense, acompañado por milicianos. El director se había marchado del país sin más, dejando a cargo la entrega a su segundo al mando, R.T Carter. En nuestro puerto ya había embarcado una patana con crudo de la URSS, teníamos que comenzar a refinar. Rápidamente, hubo que hacer reajustes y fue cuando, me ascendieron a Controlador ya que muchos se habían ido y tuvimos que comprometernos a continuar el trabajo. Todo esto sucedió en dos meses, y en agosto se nacionaliza la empresa.

Vocación a flor de piel

"Me gustaba mucho mi trabajo. A los ayudantes de segunda, que fue mi labor inicial, nos ponían a hacer relevos en todas las unidades lo cual era una gran ventaja porque conocíamos sobre casi todo. En lo personal, siempre buscaba aprender con los de mayor experiencia.
"Casi toda mi familia se fue de Cuba después del 60' y yo me quedé por algo que amaba. Reconozco las ventajas del sistema capitalista en cuestiones laborales pero también notaba mucho despotismo y racismo; no me sentía muy bien trabajando para ellos. Además, yo soy cubano, no tenía nada que hacer fuera de aquí. Me casé un año después, y tuve dos hijos, así comencé a hacer mi vida.

Lo que bien se aprende jamás se olvida

"El trabajo en la Refinería me forjó como hombre de bien, capaz y honrado. La responsabilidad me hizo crecer en todos los sentidos a tal punto que nunca fui sancionado ni amonestado por un mal procedimiento o actitud. Siempre respeté a todos y así me trataban. Agradezco las enseñanzas y los principios que me inculcó mi padre, valores que pude transmitirles a mis hijos.
"Como profesional, todo se lo debo a la ‘Hermanos Díaz’, desde que entré hasta mi retiro hace diez años. La necesidad me llevó a realizar todo tipo de labores, una realidad que quizás en otros países esté prohibida pero, en Cuba aumenta nuestras capacidades", concluyó.
Sentado en su sala de estar, acompañado por un radio Vef 260 y un pequeño ventilador Sanyo, azul y plateado, el "maestro Héctor", como aún se le conoce, rememora más de cinco décadas de trabajo difícil. Me contó sobre sus rutinas al terminar de pasar la mala noche, cómo sus ocho horas de sueño eran sagradas, y que nunca faltó el apoyo familiar ante las adversidades. Satisfecho por tantos logros y consciente de la educación que ha brindado a sus hijos es, completamente, un hombre para estimar.

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