Vindicación de un país, de todo un pueblo
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- Escrito por Milagros Alonso Pérez / Foto: Tomada de Internet
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“Afeminados”, “perezosos”, con “aversión a todo esfuerzo”, que “no se saben valer”, “deficiente en moral”, una completa “farsa” la rebeldía..., estos y otros calificativos eran dirigidos al pueblo de Cuba y su historia, a todo un país que se levantaba pujante sobre sus propias cenizas tras la guerra del 68ʼ.
Así colocaba entre sus líneas más frescas el periódico radicado en Filadelfia, The Manufacturer. Solo la voz apremiante del Maestro se alzaría el 25 de marzo de 1889 desde el The Evening Post, para compartir con el mundo su correspondencia o carta-artículo, Vindicación de Cuba. Por vindicación, se entiende toda defensa a quien o a lo que ha sido calumniado injustamente.
José Julián Martí Pérez reconocía en esos textos precedentes de The Manufacturer, que había reproducido The Evening Post, una triple injuria: por considerar a los ciudadanos de una Nación como una excusa perfecta para su política anexionista, por negar esa posibilidad como consecuencia de un supuesto defecto de carácter, debilidad en la naturaleza, vicios y otras cualidades negativas de sus ciudadanos; y por los insultos que traían tales acusaciones.
Durante sus argumentos, el Apóstol refiere elementos vertebrales de su postura. En la retórica de su discurso declara que la admiración por la historia de los fundadores justos de todo un país, que la tierra de Lincoln jamás admitiría a la Mayor de Las Antillas en sus fronteras, porque sería como violar sus principios, creencias y todo por cuanto habían luchado en vida con admiración y firmeza.
En un segundo plano siempre recurrente, el Héroe Nacional reivindica el rol del cubano en el mundo, dirigiendo obras y como protagonistas de loables hazañas científicas, culturales y sociales en todo tiempo y espacio. También, declara su alegato para el mambí de las luchas por la independencia, la mujer que lo acompañó al pie de la manigua, e incluso la defensa de una Tregua Fecunda o Reposo Turbulento.
Es decir, reafirma la legitimidad del proceso cubano, la conciencia de toda una ciudadanía y la determinación de una moral y principios intachables, con sus pasiones y ecuanimidades. Martí, desde su morada temporal en Nueva York, no perdió oportunidad con esta respuesta mediática para reseñar los sacrificios empeñados al interior de la gran Isla del Caribe.
El abandono de toda riqueza, la tea incendiaria en los cañaverales, la destrucción de los poblados que con sus propias manos habían construido, y las haciendas; la libertad de los esclavos, la voz de las féminas en las Asambleas, el Gobierno de la República de Cuba en Armas, y la pérdida de tantas vidas en el proceso. Por consiguiente, era un juramento expreso de continuidad de la guerra hasta alcanzar la libertad plena.
Como expresó él mismo con determinación, ya conociendo las entrañas del monstruo:
“Y es la verdad triste que nuestros esfuerzos se habrían, en toda posibilidad, renovado con éxito, a no haber sido en algunos de nosotros, por la esperanza poco viril de los anexionistas, de obtener libertad sin pagarla a su precio, y por el temor justo de otros, de que nuestros muertos, nuestras memorias sagradas, nuestras ruinas empapadas en sangre, ni vinieran a ser más que el abono del suelo para el crecimiento de una planta extranjera, o la ocasión de una burla para The Manufacturer de Filadelfia”.


