¡Fidel, dinos qué otra cosa tenemos que hacer!

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campana de alfabetizacion cubaEn un ambiente casero muy agradable, entre el olor de los frijoles recién puestos y el riquísimo arroz con leche que prepara, Ena Marañón, una señora de ojos claros, baja estatura y una sonrisa expresiva, accedió a entrevistarse conmigo y contarme cómo fue su participación en la gloriosa Campaña de Alfabetización que llevó adelante nuestro pueblo en el año 1961.

- ¿Cómo se entera de que se estaba organizando la Campaña?

Yo estudiaba en la Escuela Normal para Maestros aquí en Santiago de Cuba. Tenía 17 años cuando llegó a la escuela la planilla con la convocatoria a inscribirse en las brigadas “Conrado Benítez”. La planilla debía ser firmada por nuestros padres. Yo decidí participar y mis padres me apoyaron.

- Usted era muy joven en aquel momento, ¿no tuvo miedo de dejar su casa, su familia?

Yo nunca me había separado de mis padres, ni de mis hermanos; pero en aquel momento tan crítico por el que atravesaba nuestra Patria, en que mercenarios, vendepatrias y traidores al servicio del imperialismo yanqui nos acechaban, cada uno de nosotros tenía un lugar para defenderla. Yo ocupé el mío. La Revolución me necesitaba allí. El hogar de una familia campesina que no sabía leer ni escribir me esperaba.

- ¿Cuénteme de su viaje a ese hogar campesino?

El tren en que nos íbamos salía de Santiago hacia Varadero, Matanzas, el16 de abril del año 1961, con estudiantes de todas las provincias orientales. Todos éramos muy jóvenes, teníamos entre 14 y 20 años. Recuerdo que mi mamá me llevó a despedirme de mi padre que se encontraba acuartelado por los sucesos del día anterior, el ataque al aeropuerto de Santiago. Mi papá me dijo: “mija, cuídate mucho porque se espera una invasión”. Luego mi mamá me acompañó al ferrocarril donde estaban todos los brigadistas. Y partimos hacia Varadero.

Al llegar nos alojaron y nos dieron uniformes. En la noche nos llevaron al Hotel Caguama y nos dieron de comer arroz, frijoles negros y una carne que más tarde supe que era carne rusa enlatada. Cuando regresamos nos dijeron que nos acostáramos con los uniformes y con todo preparado. Todo quedó a oscuras. Afuera se sentían los pasos de los milicianos haciendo guardia para cuidarnos. Al día siguiente, por la mañana, fuimos un ratico a bañarnos a la playa y nos dijeron que cerquitica de allí, en Playa Girón, se estaba peleando contra mercenarios. Podíamos sentir los aviones sobrevolando la zona, el ruido de los tanques, las metrallas,…Era impresionante en verdad. Días después nos reunieron y nos informaron que habíamos vencido en Girón. En La Habana se realizó un acto donde algunos de nosotros participamos. Allí, en la majestuosa Plaza de la Revolución, el Comandante declaró el carácter socialista de la Revolución.

Al cabo de cinco días salimos a alfabetizar. Con una mochila, manuales, libretas y un farol chino subimos y bajamos la Sierra Maestra cantando el Himno de la Alfabetización.

- ¿Cómo cambió la brigada la vida de aquellas familias?

Las familias campesinas nos acogieron muy contentas. A mí me tocó en la zona de Mayarí, en un lugar llamado Cuatro caminos del Palenque. Vivían en una casa de madera grande y larga el padre, la madre, la abuela, una niñita de unos 5 años, tres muchachas y dos muchachos. Me atendieron muy bien, enseguida me limpiaron las botas y me dieron de comer.

Al principio yo estaba un poco impactada pues no conocía la vida de campo. Alfabetizaba tres sesiones al día en un lugarcito al aire libre que tenía una mesa grande y muchos bancos alrededor. Allí se reunían personas de todas las edades, el caserío completo. Yo explicaba y ellos me entendían. Siempre estaba deseosa de enseñar. El primero en aprender a leer fue Luis, un joven cooperativista de unos 30 años. Me puse muy contenta.

Los guajiros de la zona cada vez que llegaba a un bohío a visitarlos se ponían muy alegres y me decían: “¡maestra, venga a tomarse un trago de café!”. Era gente buena y noble. Además de enseñar los ayudaba en sus labores diarias. Recogía café, ayudaba a sembrar, a cocinar. Allí por primera vez monté a caballo, comí carne de jutía, aprendí a ordeñar y visité un central azucarero, el central Baltony. Recuerdo que en una ocasión se contagiaron todos los niños del caserío por beber un agua estancada y tuve que cuidarlos. Les enseñaba también normas de higiene porque la mayoría de las enfermedades que contraían se podían evitar de esta manera. Así pasaron 9 meses, apenas sin darme cuenta, conviviendo con aquella gente trabajadora.

- ¿Qué significó la culminación de su misión?

A finales de diciembre la Campaña estaba terminando. Me sentí satisfecha cuando todos mis alumnos le escribieron una carta al Comandante contándole que ya sabían leer y escribir. Al final le decían: ¡Gracias Fidel!, y firmaban con sus nombres. Fue difícil separarme de ellos, no querían que me fuera y lloraron mucho, sobre todo los niños. Las montañas se quedaron muy tristes cuando los brigadistas no fuimos.

Ya en La Habana nos reunimos todos. Nos formaron en la Plaza de la Revolución. Era una multitud de jóvenes marchando, cantando, haciendo vítores. Recibimos un diploma firmado por Fidel, una medalla y la bandera de la Alfabetización. De vuelta en Santiago continué mis estudios y me gradué como maestra.

- ¿En qué medida, cree usted, impactó el ejemplo de la Revolución cubana en momentos tan difíciles como los que estaba viviendo el realizar una Campaña de Alfabetización?

Fue un gran impacto sin lugar a dudas, fue una contundente victoria y un ejemplo que siguieron muchos países, sobre todo en América Latina. Fidel ese mismo año había dicho en la ONU: “…Cuba será e primer país de América Latina que a la vuelta de algunos meses pueda decir que no tiene ni un solo analfabeto”. Y así fue. Le ganamos también al imperialismo la gran batalla de la educación.

- ¿Qué mensaje le transmitiría a la joven generación de maestros?

Que sepan valorar, preservar, cuidar, lo que tanto sacrificio y sangre le ha costado a la Revolución. Que mantengan siempre vivo el verdadero espíritu del maestro. Que cumplan dignamente con la tarea que han puesto en sus manos: educar, porque de ellos depende el futuro de la Patria.

Ena Marañón trabajó durante 27 años en la escuela primaria Amistad con los Pueblos de su localidad. Por sus manos pasaron generaciones de cubanos que gracias a la Revolución aprendieron a leer y a escribir como aquellas familias campesinas. A 54 años de la Campaña de Alfabetización ella recuerda a quienes fueron sus primeros alumnos. Todavía a sus años muchos la recuerdan como la alegre y cariñosa maestra. Hoy a sus años Ena le dice a Fidel: ¡Fidel, dinos qué otra cosa tenemos que hacer!

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