Muchos son los atletas cubanos que han tocado la gloria olímpica –incluso en más de una ocasión–, y con hermosas páginas de sacrificio han registrado su nombre en la historia del deporte mundial.
Otros han tenido que resignarse con la derrota, y aunque reza un dicho popular que la historia siempre recuerda a los campeones, en disímiles ocasiones el honor y la entrega son más valiosos.
Este es el caso de Raúl Francisco Martínez Alemán, uno de los grequistas cubanos más laureados en las décadas de los 80 e inicios de los 90’, en la división de los 52 kilogramos.
Bicampeón mundial, campeón centroamericano y panamericano, multimedallista en Copas del Mundo y Grand Prix, el único título que se le hizo esquivo fue el metal dorado en una cita bajo los cinco aros.
Con una estatura de 1.59 metros, sonriente, hiperactivo, “La Mocha” –como era reconocido en el colchón de competencia– compartió su historia con Sierra Maestra.
-¿De dónde viene Raúl Francisco Martínez Alemán?
-Nací el 14 de mayo de 1971, en Santiago de Cuba, y criado en el Reparto Chicharrones. Siempre fui un niño muy hiperactivo, recuerdo que estando en la Escuela de la Beneficencia –en la enseñanza primaria–, tenía un compañero que se llamaba José Ángel Virgilí cuyos primos eran luchadores, me llevaron al Complejo Deportivo Antonio Maceo, y desde que vi la lucha me enamoré para siempre de ese deporte. Eso fue a la edad de ocho años, después de muchos obstáculos hablé con el ya fallecido profesor Ismael Frómeta, y con él di mis primeros pasos en la lucha greco.
-¿Por qué te decidiste por el estilo grecorromano?
-En realidad a mí me gustan ambos estilos: el libre y el grecorromano, pero resulta que cuando yo llegué al Centro Único, la que estaba disponible era la “greco” y por esa me decidí, fue realmente algo fortuito.
-¿Qué les agradeces a tus entrenadores?
-Todo. La disciplina, el amor al deporte y sobre todo el amor a la Patria que representas. Los recuerdo a cada uno de ellos, desde Ismael Frómeta, hasta los profesores Joel Zola y Alexis Campos, con los que tuve mis primeros resultados a nivel municipal y provincial. No puedo dejar de mencionar tampoco de mi etapa en La Habana a Prado, Borrero, Sergito Rodríguez y Carlos Ulacia. La figura del entrenador es clave, y creo que todos los que te mencioné contribuyeron a mi mejor formación como deportista.
-De la EIDE a la ESPA Nacional, ¿cuán difícil fue el camino?
-A los 12 años, yo paso a la EIDE Provincial, con los entrenadores que te mencionaba, José Prado y Carlos Borrero. Continué con mi preparación, fui a los Juegos Escolares Nacionales y logré coronarme en mi división.
En la EIDE tuve grandes rivales como William Mendoza de Palma Soriano que era campeón nacional, de constitución física más fuerte, y para colmo él era mejor en docencia que yo, de ahí que el entrenador que estaba en ese momento se decantó por él.
Como tuve que esperar un tiempo para llegar a La Habana, me quedé en la ESPA Provincial con el profesor Sergio Rodríguez, más tarde fui a los Juegos Nacionales y William Mendoza que ya había sido campeón nacional, e incluso había tenido experiencias internacionales, le tocó enfrentarse nuevamente conmigo porque éramos de la misma división.
No nos llegamos a enfrentar, porque al otro día me entero de que a William lo habían subido a la división de los 48 kilogramos, mientras que yo me mantuve en la de 45 ‘kilos’, y seguí en el camino por ser parte de la selección nacional de lucha grecorromana.
A partir de ese momento, pasé a formar parte de la ESPA Nacional, y gané todos mis torneos representando a la provincia de Santiago de Cuba.
Recuerdo que me decían “La Mocha”, porque a los entrenadores que tuve le gustaba mi estilo agresivo y desequilibrante a la hora de combatir.
-¿Experiencias en el equipo juvenil de lucha greco?
-Muchísimas, pero los momentos que más guardo son el Campeonato Juvenil en Austria, donde concluí en la tercera posición frente a un luchador ruso Alfred Dernakian que era muy fuerte, pero curiosamente en los Juegos Juveniles de la Amistad en 1988, con sede en la Ciudad de La Habana, lo derroté y me convertí en el primer luchador cubano en ganar ese tipo de evento.
Desde entonces, en todos los torneos juveniles en los que participé gané: Mundiales, Panamericanos, Copas, Juegos de la amistad, siempre en la división de los 50 kilogramos.
-¿Cómo llegas al equipo nacional?
-En el año 89’, voy al Campeonato Nacional y obtengo la medalla de plata frente a Wilber Sánchez, que también era santiaguero. Entonces, paso con el entrenador Carlos Ulacia, que al ver mis condiciones y mi corta edad –tenía 18 años–, decide subirme a los 52 ‘kilos’ donde era el quinto hombre en Cuba, porque había grandes en la división como Pedro Roque, Radamés Castellón, Cordobés, Pacheco y Reinaldo Jiménez.
Ese mismo año, integro la selección nacional y en el Campeonato Nacional, logro ser campeón con apenas 19 años. La Comisión Nacional, decidió probarme en un torneo con sede en la ciudad de Los Ángeles, donde compito y le gano a Sean Shelton, uno de los grequistas más importantes de mi generación.
Con esa victoria, me gané definitivamente la confianza de mis entrenadores, tanto es así que al próximo año, gano los Juegos Centroamericanos de México y los Panamericanos del Deporte, efectuados en la propia capital azteca.
-Panamericanos de La Habana 91’ y Mar del Plata 95’, ¿balance de ambas competiciones?
-Tengo la dicha de ser bicampeón panamericano. En La Habana 91’, competí nuevamente con Shelton, lo llevé a discutir el bronce, y gano finalmente frente a un luchador panameño.
Antes de los Panamericanos de Mar del Plata, competí en los Juegos Centroamericanos celebrados en Ponce, Puerto Rico, en el año 1993, donde igualmente gané.
Con todos esos eventos en mi historial, ya me sentía con mucha más confianza de lo que podía hacer sobre el colchón, y lo demostré coronándome nuevamente en 1995, en Argentina.
-Con 20 años te coronas campeón mundial, ¿qué significó ese momento en tu carrera deportiva?
-Esa fue la mayor alegría de mi carrera deportiva. La primera vez que obtuve una medalla de oro en campeonatos mundiales fue en el 91’, en Bulgaria. Yo tenía 20 años recién cumplidos, muchos no contaban conmigo, pero demostré de lo que estaba hecho, y doy gracias a la vida por ese momento.
-Sin embargo, en los Juegos Olímpicos de Barcelona 92’ no pudiste hacerte justicia.
-Yo era una de las cartas principales del equipo Cuba, pero obtuve un noveno lugar en los Juegos Olímpicos, celebrados en Barcelona, 1992. Ese año para mí fue muy duro. Estaba disparado en el peso y no me sentía bien psicológicamente. Me presenté a mis combates con los mismos rivales que había derrotado en más de una ocasión. Empecé ganándoles, pero me viraron los combates y no pude hacer la actuación que se esperaba de mí. Creo que la gloria olímpica no era para mí.
-En el Campeonato Mundial del 93’ reafirmaste tu corona universal, ¿cómo enfrentaste ese certamen?
-En Suecia volví a ser campeón mundial, y lo más normal es haber recibido la medalla con alegría, pero en mi caso no fue así. Yo diría que esa medalla tuvo un sabor agridulce, porque todavía pensaba en lo sucedido el año anterior en Barcelona. Mi mayor vicio siempre fue la victoria. Es muy difícil mantenerse en la élite de la lucha a nivel internacional, y creo que en el tiempo que fui atleta lo conseguí, aunque pude haberlo hecho mejor.
-¿Atlanta 96’?
-No participé en los Juegos Olímpicos de Atlanta 96’, aunque estaba aún en el equipo nacional, pero ya venían subiendo otros atletas más jóvenes, además de que presenté problemas físicos, y eso me impidió participar en la que sería mi segunda olimpiada.
-¿Otras competencias que recuerdes con cariño?
-Muchísimas. Recuerdo las dos medallas de oro en la Copa Mundial en Francia y Alemania, tanto en 1992 como en 1995. En los años 89’, 90’, 92’, 93’, 94’, también obtuve primeros lugares en certámenes internacionales en Venezuela, Canadá, Estados Unidos y México. Además de las tres medallas doradas en los Grand Prix, celebrados en Checoslovaquia, Alemania y Cuba.
-En el año 2000 decides retirarte de la lucha greco, ¿por qué esa decisión cuando apenas tenías 30 años de edad?
-Te confieso que ya no me sentía igual, y el único compromiso que me quedaba era ayudar en la preparación de Lázaro Ríos, que fue el atleta que me sustituyó y lo hizo bien, porque fue campeón mundial y subcampeón olímpico. Lamentablemente falleció, pero me siento orgulloso de haber aportado a sus logros deportivos.
-¿Qué haces actualmente?
-Soy profesor de la Academia de Lucha en la provincia, particularmente trabajo con el concentrado pioneril, para estimular a las jóvenes promesas de la lucha, y nuestros entrenamos son en el CVD “Antonio Maceo”. Desde que me integré a la Academia, mis niños han ganado dos medallas de plata en eventos nacionales, solo derrotados por Camagüey. Pero en los últimos años, hemos hecho un trabajo muy fuerte y Santiago de Cuba es campeona absoluta en la categoría pioneril.
Actualmente trabajo como entrenador de lucha en Brasil, para aumentar el nivel del deporte en ese hermano país.
-¿Cómo ves el panorama de la lucha cubana en ambos estilos y sexos?
-La lucha en Cuba tiene futuro, tenemos a nuestro multicampeón mundial y olímpico, Mijaín López. Más recientemente se han sumado los nombres de Ismael Borrero, Miguel Martínez, Alan Vera, Javier Cortina, entre otros. En el caso de las féminas tenemos a Katherine Videux y otras muchachas que están haciendo lo suyo para estar en la élite internacional. De todas formas, hay que seguir trabajando para mantener esos resultados.