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Tercer Frente Dr. Mario Muñoz: En las mochilas del pueblo, el heroísmo de sus combatientes

Categoría: Historia Escrito por Orlando Guevara Núñez Visto: 1165

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“Con un cielo estrellado aún, cuando empieza a aclarar, ambas columnas estamos en marcha. Oímos cantos de gallos y golpes de pilón que vienen de los bohíos cercanos, imaginamos el aroma del café. Pasamos por Los Negritos, subimos por el alto del Jobo hasta coronar el alto de La Meseta por el firme de la Maestra. Continuamos por un sendero hasta Puerto Arturo. (...) Concluida esta sexta jornada de marcha, nos establecemos en este lugar desde donde comenzaremos a operar a partir de hoy, 6 de marzo de 1958”. Así relata el Comandante de la Revolución, Juan Almeida Bosque, aquel momento que en la historia marca la fundación del Tercer Frente Dr. Mario Muñoz.


La Columna 3 Santiago de Cuba y la 6 Frank País, esta última al mando del entonces Comandante Raúl Castro, habían llegado juntas hasta ese lugar. Allí se separaban. Raúl proseguiría su marcha hacia el territorio de la Sierra Cristal para abrir un nuevo frente guerrillero. Almeida estaba ya en su zona de operaciones.
Para Almeida comenzaba una nueva tarea, de mayor responsabilidad, que él mismo definiría en su justa dimensión: “Vuelvo a dirigir hombres, primero fue un pelotón. Llevo sobre los hombros esa responsabilidad y siento con más fuerza lo que esto significa: cuidarlos, ocuparme de que coman, vistan y calcen; dar respuesta a los problemas grandes o pequeños, dirigir todo tipo de acciones combativas en mi territorio y velar por el cuidado de los heridos (...)
La tropa era pequeña. Sólo 55 hombres y dos mujeres. La Comandancia, bajo la jefatura del recién ascendido a Comandante del Ejército Rebelde, Juan Almeida, la integraban también el combatiente Andrés García Díaz, asaltante al cuartel Carlos Manuel de Céspedes el 26 de julio de 1953; Oniria Gutiérrez Montero y María Mercedes Sánchez Dotres, Carmencita, junto a Israel Pardo Guerra, Eduardo Lavaut Estrada, Antonio Santana Rodríguez y Ernesto Cutiño Ramírez.
El pelotón de la vanguardia tenía como jefe a otro asaltante del “Carlos Manuel de Céspedes” y expedicionario del Granma, Calixto García Martínez, general de brigada, al tiempo que el de retaguardia estaba dirigido por el ahora Comandante de la Revolución, Guillermo García Frías, primer campesino que se unió a la guerrilla tras el desembarco del 2 de diciembre de 1956 y era, además, el segundo jefe la Columna.
Humildes campesinos de la Sierra Maestra y obreros integraban la pequeña tropa de Almeida, que operaría en un territorio de unos 6 000 Km.2, desde las cercanías de Santiago de Cuba hasta las de Bayamo.
La doctrina militar cubana tradicional, practicada por la tiranía batistiana, con el asesoramiento y respaldo logístico del ejército de los Estados Unidos, planteaba que en Cuba “se podía luchar con el ejército o sin el ejército, pero nunca contra el ejército”.
A esa concepción se oponía la doctrina militar revolucionaria cubana, basada en que la fuerza reside en su moral combativa, en su disciplina consciente, en el carácter de la obra que defiende. El posterior desarrollo de la guerra demostró la superioridad de esta concepción, defendida con heroísmo en los momentos más difíciles.
Esa doctrina no flaqueó cuando 82 hombres desembarcaron en Cuba para enfrentar a un ejército de más de 40 000 efectivos. Ni cuando Fidel y Raúl se encontraron el 18 de diciembre de 1956 en Cinco Palmas, contando sólo con ocho hombres y siete armas. Ni cuando la llamada Ofensiva de Verano, iniciada en mayo de 1958, durante la cual se lanzó contra la Sierra Maestra, defendida por unos 300 hombres, una fuerza de 10 000 hombres armados con tanques, aviones, artillería y la Marina de Guerra.
Las fuerzas de la tiranía no llegarían nunca a descifrar el método de lucha guerrillera. No estaban preparadas para enfrentarla, ni para triunfar sobre ésta, como lo hacían sobre la población civil y los campesinos indefensos.
Los estudios de academia de entonces, eran impotentes ante la aplicación creadora de la lucha de guerrillas. La base social de los militares batistianos era el poder opresor; la de los combatientes revolucionarios, la población oprimida. En muchos casos, la guerrilla era para las fuerzas de la tiranía como un fantasma, algo invisible, que minaba sus nervios y hasta su moral de lucha.
La tropa rebelde aprende en el teatro de operaciones cómo evadir al enemigo. “En estos días de marcha -escribió Almeida- de largas y agotadoras jornadas, en que avanzamos de noche y parte de día, Israel, Lavaut y Vinagera, como guías y exploradores, turnándose a avanzando juntos, han sido verdaderos rastreadores; por el olor pueden presentir al enemigo, lo intuyen, lo olfatean y saben cómo desviarlo. En ningún momento hemos sido expuestos al peligro. Con ellos, una tropa marcha segura”.
La guerrilla va ganando experiencia y perfeccionando sus métodos de lucha. Almeida lo diría de la forma siguiente: “Mientras avanzamos hacia El Gato, pienso que no podemos operar en columna. Hay que desarrollar la guerra en grupos pequeños que ataquen al enemigo en acciones rápidas a posiciones, y emboscadas con el grueso refuerzo. Mantener la defensa, consolidar el territorio y unir las fuerzas en el momento de un plan de ataque”.
La realidad de la guerra se convierte en lección para los guerrilleros. “En columna somos vulnerables a la aviación en esta zona tan descampada y con caminos de camiones por el norte y el sur. Además, estamos escasos de ropa, zapatos y abastecimientos para todos y conseguirlo se hace imposible”.
La táctica se nutre de decisiones sabias. “Podemos dividir la columna en pelotones y escuadras porque tenemos buenos jefes para reagruparnos y dar buenos golpes. Así se facilita la libertad de movimiento para acciones tácticas, respondiendo a una estrategia única del mando central. Moverse constantemente, siempre a posiciones estratégicas. Atacar al enemigo en movimiento, donde es más débil, no en sus cuarteles donde es fuerte; provocarlo para atraerlo a las emboscadas en el terreno que hemos escogido donde tenemos todas las ventajas”.
El desarrollo de la guerra impone nuevas responsabilidades al frente guerrillero de Almeida. Llamado por Fidel para enfrentar la ofensiva de la tiranía, el jefe rebelde vuelve al territorio del Primer Frente, donde cumple su misión, sin que el Tercer Frente deje de realizar importantes misiones combativas.
En agosto de 1958, Almeida regresa a su zona de operaciones. Para esa fecha, el número de hombres y armas ha crecido, al tiempo que los jefes y combatientes están más fogueados y preparados.
El Tercer Frente se organiza en función, además, de crear estructuras que sustentaran en parte el financiamiento de los gastos de guerra, para lo cual fue creado el Departamento de Café, Cacao y Ganado, recaudador de impuestos a los productores de estos renglones, con los cuales se compraban armas, balas, abastecimientos, medicinas y se cubrían otros gastos de la guerrilla, que escrupulosamente pagaba todo cuanto adquirían de los campesinos y los comerciantes.
En plena guerra fueron fundadas 52 escuelas y seis hospitales de campaña, donde era atendida la población civil. Se protegió a los campesinos serranos contra la explotación de los dueños, al tiempo que se abrieron caminos y funcionaron cinco plantas rebeldes que difundieron la verdad de la guerra, denunciaron los crímenes de la tiranía y llamaron al pueblo a la lucha.
En el territorio liberado del Tercer Frente, fueron creados, además, los Departamentos de Justicia, Suministros, Comunicaciones, Construcciones Civiles, Educación, Transporte y Sanidad Militar.
Para finales de la guerra, la pequeña tropa que el 6 de marzo de 1958 había fundado el Tercer Frente Dr. Mario Muñoz, se había multiplicado. Muestra de ello es la existencia de otras columnas, como la 10 René Ramos Latour que, radicando en Loma del Gato, operó desde la Carretera Central hasta La Socapa; la Columna 9 Antonio Guiteras, con zona de operaciones entre la Carretera Central y Siboney, abarcando El Escandel, El Cristo y Puerto Boniato; otra Columna al mando era la del ya ascendido a comandante Guillermo García Frías, integrada por combatientes del Primer y el Tercer Frentes, que operaría entre Contramaestre y Palma Soriano; así como también, las capitanías de Calixto García y de Universo Sánchez, con una amplia zona de operaciones en las proximidades de Contramaestre e incluyendo a Baire, Jiguaní, Santa Rita y Charco Redondo, en el primer caso, y la zona de Hongolosongo y la Carretera Central, entre Palma Soriano y El Cobre, en el segundo.
La misión asignada a Almeida como jefe del frente guerrillero fundado el 6 de marzo de 1958, fue cumplida con honor, eficacia y un heroísmo dignos de admirar por todos los cubanos.
Juan Almeida Bosque, fallecido el 11 de septiembre del 2009 y despedido con una sentida manifestación de duelo por el pueblo de Santiago de Cuba, es recordado con más razón en estos días, al cumplirse 60 años de aquella epopeya. Sobre aquella ocasión, con escasos recursos, pero con la voluntad indoblegable de luchar y vencer, diría Almeida: “Adaptados ya este medio en días de lucha, sacrificios y sueños, las penalidades las echábamos también en la mochila vacía de alimentos y las cargábamos a cuestas”.
Seis décadas más tarde, las mismas mochilas, repletas de moral revolucionaria y sobre los hombros de todo un pueblo, siguen transportando el ejemplo de aquellos hombres y mujeres que fundaron, el 6 de marzo de 1958, y de los incorporados después, el Tercer Frente Dr. Mario Muñoz, uno de los más firmes baluartes del triunfo revolucionario del 1ro. de enero de 1959.

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