Periódico Sierra Maestra

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Ciudadanía vs. Cubanía. Cuestión de realidades

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Durante gran parte de mi vida he escuchado sobre la necesidad de mantener nuestra identidad como cubanos, principalmente a través de la constante promoción de aquellos elementos que nos diferencian del resto de los países.


Lenguaje, música, moda, valores, tradiciones populares, hábitos y formas de consumo...todos resultan importantes a la hora de definirnos, y ha sido, por años, una constante en las líneas de investigación de centros especializados en estudios culturales, que buscan una definición de la sociedad. Sin embargo, ¿cuál es la identidad cubana que se promueve?
Cuba, país insular del Caribe, con afables habitantes e inmensa variedad cultural. Para muchos es tierra de hermosas mulatas y playas de arena blanca. Por décadas uno de los mayores exportadores de azúcar, tabaco y ron en el mundo, siendo estos sus principales atractivos para visitantes foráneos e instituciones medidoras de calidad a nivel global. ¿Pero es eso realmente lo que nos identifica?
El cubano, es la persona originaria de Cuba, por lo general expresivo y con gran apreciación cultural. Si es mujer, es estereotipada como una mulata. Y si es hombre, degusta en gran medida del ron, el tabaco y las elaboraciones dulces; y disfruta constantemente de playas de arena blanca. ¿Así es el verdadero cubano?
Estas cuestiones no se pueden delimitar por estándares de calidad y esparcimiento. Para conocer al cubano no basta con deambular por ferias de artesanía, ni adquirir pintorescos suvenires, refrescarse en cálidas playas, o ingerir bebidas tropicales. La identidad del ciudadano cubano es una amalgama homogénea en constante transformación, compuesta por derechos políticos y expresiones socioculturales que representan la validez de un estado-nación.
Recuerdo cómo un excelente investigador y estudioso de las ciencias jurídicas, santiaguero, me explicaba que el hombre, del país que sea, nunca pierde su identidad, aunque cambie su nombre, dirección o sexo, porque esta es un elemento inherente a las raíces originarias, por tanto, “tú y yo moriremos siendo cubanos”, me dijo.
No obstante, las inevitables transformaciones socioculturales a las que nos enfrentamos, cada vez con mayor frecuencia y efectividad, han permitido concebir la ciudadanía como una identidad que se adquiere, forma, transforma y expresa no solo a partir de la adjudicación de los derechos constitucionales que corresponden al individuo, sino también, a partir del desarrollo de sus capacidades para “poder acceder, producir o gestionar bienes y servicios, e intervenir en las decisiones políticas, desde los diversos escenarios públicos”, expresó hace algún tiempo, la psicóloga e investigadora cubana Cecilia Linares Fleites.
Para las ciencias que la estudian, este es un amplio concepto de variable significado; para el individuo es la materialización de sus legados y experiencias personales y colectivas, políticas, culturales, sociales y económicas.
Por tanto, nuestra identidad no nos hace únicos desde lo social, sino diferentes. Esa diferencia se manifiesta, principalmente, a través de las actividades de interacción colectiva, la participación ciudadana, los valores y las ideas que defendamos.
Siendo así, ya no cabe hablar de una pérdida de identidad cubana, sino de la inminente transformación de nuestras formas de hacer ciudadanía, por muy difícil que resulte en ocasiones identificarse con lo que no se conoce o no se entiende, y eso depende de cada uno.

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