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Más educación, para vivir mejor

Categoría: Opinión Escrito por Odette Elena Ramos Colás / Caricaturas: mariacelys.wordpres.com s tomadas de Internet Visto: 1216

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Cada momento de la vida es propicio para actuar con educación. Ese “buenos días”, "buenas noches", "hasta pronto"; el uso de las palabras: “gracias”, “perdón”, “permiso”, “por favor”, contribuyen a la comunicación entre todos.


Sin embargo, la educación formal ha perdido terreno en nuestros días, y la vida cotidiana del santiaguero se hace más densa y difícil: la cortesía, y lo que llaman “convivencia social” se ha deteriorado y a todas luces se pierden valores esenciales; por lo que rectificar tales manifestaciones ayudaría a hacer más llevadera y feliz la vida entre las dificultades materiales y económicas.
Mucho espacio se dedica en los medios a los asuntos que perjudican la economía, la lucha por su perfeccionamiento para evitar errores y su actualización constante de manera positiva. Y aunque la tarea es ardua y complicada, de seguro saldremos adelante, pero no podemos relegar a un segundo plano la educación formal.
Es que de nada nos sirve tener todas las comodidades si no somos capaces de agradecer, de ser sensibles hacia los demás, y si no tenemos educación. Tal vez algún filósofo, sociólogo o economista estime que este fenómeno está directamente relacionado con las dificultades y carencias materiales que estamos tratando de superar.
Sí, es cierto que todo hecho material repercute en el ser humano; no obstante, la ausencia de los valores no es completamente atribuible a esta situación. El deterioro que presenta actualmente la educación formal, se debe, además, a fallas en la formación familiar y escolar.
Estamos bloqueándonos y agrediéndonos nosotros mismos a cada instante; existe indolencia o inercia de los ciudadanos, porque por hábito o costumbre, este se ve como un problema menor... y no lo es. Por eso, tenemos que empezar por la toma de conciencia del problema, y reflexionar acerca de nuestro comportamiento cotidiano, en aras de lograr mayor respeto entre todos.
Decía Nelson Mandela que “la educación es el arma más poderosa que puedes usar para cambiar el mundo”... ¡Cuánta razón! Pero todo comienza en la cuna, que es donde se inicia la transmisión de los valores de comportamiento, la moral y las buenas costumbres.
En este sentido, la familia, como célula fundamental de la sociedad desempeña un rol muy importante, aunque su práctica no es exclusiva al hogar; la escuela también debe desempeñar un papel reforzando esos elementos.
Es tan lindo ver cómo los niños saludan a los demás, piden permiso cuando es necesario, dan las gracias, ayudan a personas mayores... Mas en los últimos tiempos en la propia casa se pierden esas costumbres por lo que no se les inculcan a los más pequeños.
Además, si una persona que no sea de la familia llama la atención al infante por algo mal hecho, los padres se ponen como fieras, sin tener en cuenta que con esa actitud, no ayudan en nada a su educación y provocan que sean irrespetuosos con los demás.
Para nosotros los jóvenes, formar valores es una obligación y para eso no es necesario ser erudito, sabio, intelectual o pedagogo. Basta saber cuáles son los principios que queremos poseer y ser capaces de defenderlos, partiendo, en primer lugar, de nuestra propia conducta.
Contrario a lo que muchos piensan, los buenos modales no corresponden a épocas anteriores y, por tanto, al ser corteses y educados... no parecemos viejos, sino mejores personas.

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Decir “no” a la vulgaridad, respetar, ser siempre amables, ofrecer disculpas, no hablar gritando, no agredir... De nuestra educación formal y de nuestro comportamiento dependerá la opinión que los demás se formen sobre nosotros.
Los fundamentos verdaderos de la buena educación, válidos ahora y siempre, nacen de adentro hacia afuera. Se trata, ante todo, de una actitud ante la vida inspirada en sentimientos que deben refinarse desde que empezamos a crecer, considerando siempre que la humillación lacera la dignidad humana, lo primero que debemos enaltecer.
Esa fuerza interior induce espontáneamente a dar los buenos días y las gracias, a ofrecer asiento, a sonreír, a tender la mano y a considerar la necesaria tranquilidad del vecino. Limando asperezas, se nos hace más grata la vida a todos.
La clave del convivir está en la tolerancia, que no significa permisividad ante lo mal hecho, sino conciencia de la propia imperfección y comprensión de las debilidades ajenas.
A veces nos convertimos en jueces implacables de los demás y olvidamos las acciones de generosidad especialmente con los ancianos, embarazadas y discapacitados, al ayudarlos a cruzar las calles, cederles el asiento en el ómnibus y sobre todo tratarlos con respeto. Son cosas que apenas tienen valor material pero que sí aportarán un sentimiento positivo a aquel que lo recibe.
Ser educado implica hacer el bien, no solo por nosotros mismos, sino por todas las personas que nos rodean. No es fácil, pero vale la pena intentarlo.

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