A Marcelino Calunga Chacón se le ve feliz con lo que hace. Bajo el sol, sentado sobre un muelle y a orillas de uno de los 16 estanques que conforman la Granja Acuícola de Mícara, da de comer pacientemente a las tilapias rojas que luego llegarán a las mesas de no pocos pobladores del Segundo Frente.
“Se alimentan a las 10 de la mañana y a las 3 de la tarde. Ahora lo que estamos retrasados” confiesa quien desde hace 17 años labora en este lugar. Antes trabajaba en pecuario, pero en busca de mejores condiciones de trabajo e ingresos monetarios abandonó la ganadería para entregarse en cuerpo y alma a los peces.
“El básico aquí son 355 pesos, cuando se saca producción sube el salario y nos dan estimulación. Ahora mismo yo cobré también en divisa, a parte del salario en moneda nacional. Es una mejora”.
Marcelino me recuerda la historia del francés Laboulaye que José Martí incluyó en la revista para niños La Edad de Oro. Este hombre no tiene una esposa similar a Massica ni personalidad como la de Loppi, tampoco conoce a un Camarón Encantado al cual pedirle que sus peces vayan directo al morral. “Hay que trabajar”, me dijo.
Pero no se dedica únicamente a alimentar tilapias, también hace guardia y chapea las malezas que cercan los estanques.
Seis meses demoran los alevines en crecer, al final llegan a pesar casi una libra. Ahora revolotean en el agua turbia. Desde fuera se distinguen algunos que ya alcanzan el tamaño ideal para su recolección, pero otros muy pequeños nunca llegarán a desarrollarse. “Cuando se lanza la atarraya se va todo lo que esté a su paso”, no hay distinción. Es por ello que desde julio esta Granja ha producido 10 toneladas de varias especies de tilapia: roja, áurea, gift y colossomas, destinadas esencialmente a las redes de pescaderías del montañoso municipio. Antes no era así, se comía muy poco pescado.
Pero el éxito de la acuicultura en estas lomas ha dado riendas sueltas a la imaginación en aras de conseguir mayores empeños. La dirección de la UEB Acuinol, de Santiago de Cuba, junto a los nueve trabajadores de este lugar proyectan construir una mini-industria para el procesamiento del pescado y el logro de algunos derivados como el picadillo, embutidos y demás.
Ahora a Marcelino le sorprende una pertinaz llovizna. No se inmuta. Las lluvias de los últimos días no le han apartado de estas 10,6 hectáreas que hoy son el centro de todo su universo. El hombre pacientemente reparte el alimento a las tilapias, que comparten los 2 metros de profundidad que tiene el estanque. Sentado aún sobre el pequeño muelle espera a que lleguen los camiones con el hielo, otra vez los peces llenarán las atarrayas y mucha gente comerá tilapia en Segundo Frente.