Santiago de Cuba, / ISSN 1681-9969

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La dimensión espiritual de un negocio

ajustadores¿Puede enriquecerse espiritualmente un hombre durante la creación y desarrollo de un negocio? Rafael Verdecia Morales nos dice que sí.

Y es que su oficio atiende a un sector de la población santiaguera muy necesitado, debido a la gran demanda y la poca oferta. Nos referimos a los ajustadores (sostenes, sujetadores, brassieres, etc.) de tela. El proyecto se llama “Alas”.

¿Por qué le hacemos un artículo a un hombre que fabrica ajustadores? Quienes preguntan deberían saber que lo primero recomendado por los médicos ante cualquier afección o molestia en la mama es utilizar estos implementos, de la forma más correcta: de tela, bien ajustados a la copa de la paciente, fuertes para que levanten bien el seno. Y lo más importante: para algunas afecciones bastante molestas y estadísticamente comunes como la displasia mamaria, mandan a usarlos hasta para dormir. Incluso, los recomiendan como medida preventiva.

La demanda, por tanto, existe. En las tiendas recaudadoras de divisa un ajustador raramente baja de los 3 CUC, o 75 pesos moneda nacional. Así sean de tela: los llamados “de copa” pueden valer mucho más. Igualmente pasa en el mercado cuentapropista. Pero una mujer de senos pequeños no va a encontrar una pieza de su talla, así la busque en todos y cada uno de los establecimientos de la ciudad. 

Y ahí entra la labor de Rafael. En primer lugar, las piezas que manufactura las hace por completo él, incluyendo los broches, que elabora con una máquina manual. En segundo lugar, los precios están al alcance del bolsillo más apretado: 30 pesos CUP, sin desmerecer de la calidad del producto, que es de destacar.

“Hacemos ajustadores para todo tipo de mujeres”, nos explica Rafael, “las que han tenido cirugías radicales de mama, mamas pendulares, discapacitadas, mujeres que lactan, aquellas que por estética o comodidad prefieren estos… Nuestro mayor mercado se encuentra precisamente entre las que tienen afecciones y las mujeres mayores, que por tradición prefieren este tipo de prenda”.

Rafael no tiene establecimiento propio, lo cual comenta con pesar entre las debilidades de su emprendimiento. Sin embargo, cada sábado, antes de mediodía, un variado número de mujeres acude al Quitrín de Enramadas (sito en Enramadas entre Reloj y Calvario), donde pueden adquirirse sus productos. Este trabajador atiende en persona a cada clienta, escucha las razones por las cuales está allí, propone posibles números de copa y talla, y hasta recibe encargos específicos que entrega, sin falta y al mismo precio, el sábado siguiente.

“En el caso de las que han sufrido radicales de mama, hacemos piezas con una abertura lateral para que la clienta pueda rellenar la copa con algodón o la prótesis, a fin de disimular estéticamente ese tejido muscular extraído. Somos muy flexibles en los precios, y más de una vez hemos dado los ajustadores por precios inferiores o incluso regalados. De ahí la dimensión espiritual: ya no lo veo como un negocio, sino como una forma de ayudar a personas que han pasado por un mal momento y han sobrevivido para contarlo.

“Igual sucede con mujeres que tienen algún tipo de discapacidad motora: les fabricamos piezas con cierre frontal, mucho más cómodo y con la capacidad de ayudarlas a independizarse, cosa que aprecian. También hacemos ajustadores con tirantes reforzados, para los senos excesivamente grandes, a los cuales les ponemos más broches, para asegurar la fortaleza y durabilidad del producto, y la comodidad de la clienta.

“Solíamos vender un ajustador especial para las mujeres que estaban lactando, que contaba con un agujero por donde pasar el pezón, de forma que pudieran llevar a cabo su importante tarea en público sin tener que bajarse los tirantes ni mostrar el seno completo, cosas que pueden ser incómodas. Creo que es un servicio muy poco común. Pero su fabricación es compleja, lleva mucho tiempo. Así que ya no estamos haciéndolos a no ser por encargo.

“Y por supuesto, ya entrando en la parte estética y a fin de atraer a un sector más juvenil de la población, los podemos fabricar con tirantes cruzados a la espalda o con posibilidad de ponerlos de silicona”, nos comenta este hombre del sector no estatal.

Rafael, aunque nacido en Granma, lleva décadas en Santiago de Cuba, pero “el proyecto se ha extendido: nos buscan clientas de todo Oriente, que se han enterado de la calidad del producto. También algunas mujeres de otros países, ya sea porque tienen familiares aquí o porque pasan, ven lo que hay y lo compran”.

A Rafael le gustaría tener una relación más profunda con las instituciones de Salud, para que las pacientes necesitadas sepan desde el primer momento que pueden contar con sus servicios. “Sueño con un local que sea a la vez taller y tienda, que tenga un probador para garantizar la felicidad de las clientas. Me gustaría mucho poder promocionar el espacio por diversos medios; no solamente con el fin de generar ganancias, sino porque cambiar de lugar cada cierto tiempo es malo para el negocio, para fidelizar compradoras.

“Ahora mismo no tengo posibilidades de contratar otros trabajadores, porque mi casa (que es donde tengo el taller) es muy pequeña y hay hacinamiento. Pero sería muy bueno poder contar con otra persona que se encargue de vender, así yo podría producir más. Es un servicio muy necesario, barato e importante para prevenir dolencias significativas.

“Hasta el momento me siento agradecido con el apoyo de  personas como Rosa Alcalde, directora del Quitrín de Enramadas, por el espacio y la ayuda constante; a Noralis Ruano, modelista y escaladora, que colaboró con el diseño de las prendas; y Salvador Ruiz, de la Oficina del Conservador de la Ciudad, que ha apoyado este proyecto desde el principio”.

Rafael Verdecia Morales nos demostró que puede existir una dimensión espiritual en un negocio, que no todo se hace por dinero y que querer emprender y ampliar la oferta no va en contradicción con mejorarle la vida al prójimo.

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