Alfredo Orestes García Chávez se sumó este sábado a la larga lista de longevos santiagueros al cumplir cien años, convirtiéndose en el centenario número 177. Sobre su vida y recuerdos habló con Sierra Maestra.
El anciano de carácter afable y jovial nació el 25 de octubre de 1915 en Manzanillo. Su padre era agente de la Compañía Singer y sastre, mientras su madre, noble y muy trabajadora, se dedicó al cuidado y crianza de 13 hijos. Él era de los del medio, actualmente le queda vivo un hermano.
Pasó la Secundaria Básica por la noche, y fue aprendiz de zapatero, pero no le gustaba el oficio, así que lo dejó y vino para Santiago de Cuba con 19 años en 1935, trajo a la familia poco a poco. Laboró en la Fábrica de Colchonetas de la tienda Siglo XX, luego estuvo en el almacén, el Departamento de Hombres y el de Tela, donde tuvo mucho contacto con las féminas.
Entre suspiros comenta: “¡Ay, era enamoradizo como joven que fui!”. Mas a toda fiera le llega un domador, y un buen día se casó con Moralinda del Río Cortina, vivieron juntos 64 años.
Pasado el tiempo también tuvo otros trabajos, consciente de servir al país donde fuese necesario: desmontó mercancía cuando el ciclón Flora afectó el territorio, cortó caña en las zafras azucareras, participó en el Censo y colaboró con la Oficoda.
Alfredo proviene de una familia longeva, sus parientes mueren con más de 90 años, aunque él confiesa que “Para llegar aquí me cuidé mucho y tuve una vida metódica, eso sí me gustaba bastante bailar en los Salones de la Cervecería Bacardí.”
Hoy podemos encontrar a este centenario en su residencia en Barnada #55 entre San Antonio y San Mateo, escuchando la música de Carlos Gardel y anhelando el ritmo de la conga santiaguera. Adora caminar por Enramadas, ver televisión y leer el periódico.
Tiene cinco hijos, 14 nietos, 28 bisnietos y nueve tataranietos, a quienes ve crecer con la satisfacción de transmitirles su alegría y sus vivencias.