En el baluarte más firme de la Revolución, como calificó Fidel a Santiago de Cuba desde los primeros días de enero de 1959, el pueblo vive orgulloso de haber sido compatriota de un hombre de especial liderazgo, ancestral patriotismo y gran dimensión humana, sempiterno defensor de la paz, la justicia social y la supervivencia de la especie.

Motivaciones de sobra tienen los santiagueros para honrarlo cada día, al sentirse bendecidos de haber sido contemporáneos de un cubano de su estirpe y haberlo disfrutado por tantos años batallador, visionario, íntegro, fiel, capaz de los mayores sacrificios y también de grandes proezas por la felicidad de su gente.
Es conocido que por esta tierra heroica y brava el invicto líder sentía un entrañable cariño, reciprocado con creces; donde protagonizó la epopeya del Moncada aquel glorioso 26 de julio de 1953 en que el cielo fue tomado por asalto, y tuvo su 30 de Noviembre el día en que la urbe se alzó vestida, por primera vez, del verde olivo de la sierra y la esperanza.
Todavía se evoca con emoción a Fidel con su Primero de Enero en el corazón de la ciudad, para proclamar el triunfo de una Revolución más grande que nosotros mismos y a la que, con su especial magisterio, enseñó a cuidar como la niña de los ojos, para que ningún enemigo prepotente, soberbio y cruel pudiera dañarla ni arrancarle la libertad.
Resulta muy justo que la Patria la haya dignificado con sus condecoraciones más altas: Título Honorífico de Héroe de la República de Cuba y la Orden Antonio Maceo de las manos de Fidel, con lo que se rendía tributo a la rica historia de un Santiago “donde no hay una piedra que no haya sido pedestal de un héroe” y sus puertas se mantienen abiertas para abrigar las mejores causas.
Como museo a cielo abierto ahí está su venerado cementerio Santa Ifigenia, Monumento Nacional, que atesora los restos del Héroe Nacional José Martí, de veteranos de la guerra independentista, mártires de la gesta de 1953 en el Moncada, de la clandestinidad y de toda la etapa de lucha insurreccional e internacionalistas.
Y la dimensión de este sagrado altar de la Patria creció al guardar desde 2016 en un monolito las cenizas del eterno líder de la Revolución Fidel Castro, para estar bien cerca de otros dos fundadores de la nación: Martí y Carlos Manuel de Céspedes, además de Mariana Grajales, Madre de todos los cubanos.
Nadie olvida el primero de enero de 1984 cuando la ciudad fue honrada por simbolizar el heroísmo de un pueblo y de una nación y Fidel la enalteció con su estremecedora frase de Gracias Santiago, que caló hondo en el alma de la gente.
Para mantener bien alta la espada y la bandera en tiempos de Revolución, al Comandante en Jefe le inspiraron y tendieron los brazos los hijos e hijas de esta urbe, donde invariablemente venía a celebrar victorias, evocar sucesos y a reflexionar sobre medulares temas de la política exterior y de situaciones internas o denunciar, en complicidad, maniobras del enemigo que no se conformó nunca ante la osadía de Fidel y los cubanos.
Hoy este pueblo tan fidelista y patriota se esmera y trabaja con ardor por regalarle a Cuba una ciudad cada día más hermosa y hospitalaria, donde siempre le espere la victoria en los afanes por avanzar y salir adelante, como la mejor ofrenda que cotidianamente pueden entregar los santiagueros a Fidel.
En honor a su líder los nacidos en esta legendaria tierra oriental renuevan el compromiso de mantenerse firmes, con la solidez ideológica como trofeo, sin vulnerar un solo principio, como un bastión inexpugnable donde se estrelle cualquier maniobra enemiga por destruir un proceso que tanta sangre ha costado.

Ese mismo pueblo y su ciudad que se encumbran con custodiar sus cenizas vibran al ritmo de estos tiempos difíciles y enaltecedores, creando y trabajando para que nuestro sui géneris proceso siga siendo irreversible y modelo para el mundo porque Santiago de Cuba no es solo museos y gloriosa historia.