La juventud, muchas veces, no nos permite reconocer lo efímera que puede resultar la vida. Denota una soberbia moderada y pasajera para casi todos, pero que existe y perdura hasta que la realidad se presenta en alguna pérdida, o en muchas partidas.
Vivir "en pandemia" ha condicionado nuestro comportamiento. Hemos llegado a un punto en el que la precaución solo puede equipararse con sacramentos o fe, que nos mantienen fuertes al menos en espíritu. Inundan las calles muchas nostalgias, y entran a las casas, súbitamente, recordándonos vulnerabilidades humanas e inevitables. Quizá no llegan a todos de igual manera pero también se siente aunque solo haya "picado" cerca.
Resulta difícil no percibir el sufrimiento de un igual, familia, amigo, vecino, todos somos allegados cuando se asoma el mal tiempo. Es triste despedirnos de quien no se despidió, o no contó con la oportunidad, solo porque su historia fue interrumpida injustamente: el destino que cambia las letras y las hace suyas, como si rigiera desde un macabro Olimpo. La verdad es que cuesta comprender una repentina ausencia, incluso en estos tiempos en los que son más habituales.
Vemos madres y padres partir, hermanos, abuelos, hijos, seres entrañables cuya falta sentiremos toda la vida. Sucede que, por instantes creemos que el mal es lejano, algo que aqueja a otros. Sin embargo, cuando se presenta confirmamos lo opuesto, y queremos que acabe porque, virus al fin, deteriora nuestro ser.
En estos días sentí esa ausencia cerca, y como tantos otros, aún no la puedo creer. Fue real, palpable y brusca. Y pensé, ¿qué nos queda?, pues vivir. Sí, sin insensibilidad lo digo, nos queda vivir, respirar, saturarnos de esperanzas, precaución y certeros protocolos; corregir lo que estamos haciendo mal y transformarlo. Los primeros atisbos de una recuperación quizás están en el sentir que logremos proyectar, y en la conciencia, esa que a veces se desdibuja.
No bastan las palabras melosas ni terapias de auto-ayuda si no comenzamos a actuar en consecuencia. Crecernos ante las dificultades siempre ha sido una virtud del cubano, no somos invencibles. Nuestra "armadura" no es titánica sino de carne y hueso. Por tanto, cuidarla constituye un deber. Seamos la esperanza para nuestros hijos en una sociedad sana y fortalecida.