Entrevista con Mercedes Samada Limonta, santiaguera integrante de la campaña de alfabetización que logró que en menos de un año Cuba fuera el primer país libre de analfabetismo en América Latina
Casi con 70 años de edad, los recuerdos muy lúcidos, la emoción a flor de piel y su bandera de la alfabetización, que guarda con mucho cariño; accedió Mercedes a conversar por más de una hora sobre sus experiencias como alfabetizadora en la región de Bayamo por aquella época de 1961 cuando tan solo tenía 14 años y era apenas una niña.
-Era usted muy joven Mercedes. ¿Cómo fue que formó parte de la Campaña de Alfabetización?
-Mi mamá era maestra de una escuelita rural en Bayamo. Entonces cuando se empezó a hacer la captación, ella me preguntó que si yo quería formar parte de la alfabetización. Yo naturalmente acepté y con el consentimiento de mis dos padres partí a Varadero para tomar el curso de capacitación para la alfabetización.
-¿Qué les enseñaban en el curso?
-Nos enseñaban a trabajar con la cartilla, el manual y el farol así como nos instruían respecto al trato que había que darles a los campesinos que por primera vez iban a conocer el mundo de las letras.
-¿Qué zona le tocó alfabetizar?
-A nosotros nos tocó en Bayamo, en una zona que estaba aproximadamente a cinco leguas de lo que es hoy el poblado de Santa Rita. Y digo nosotros, porque en el cuartón (especie de poblado chiquito que tenía muchísimas casas) éramos dieciocho brigadistas. De Santiago éramos cinco nada más, de La habana eran doce y una de Pinar del Rio, que era la más chiquita y tenía trece años. El resto oscilaba entre los catorce, quince y dieciséis años. A mí particularmente me tocó alfabetizar en un lugar que se llamaba “El infierno” que estaba entre Guisa y Corralillo. Ya “El infierno” no existe porque el gobierno revolucionario hizo una presa muy grande con el Río Cautillo.
-¿Qué características tenía “El infierno”?
-Allí estábamos muy apartados de todo. Para llegar a la casa había que pasar diecisiete veces el mismo arroyo. Allí no había carreteras. Había que ir por la orilla del arroyo y a medida que esta se iba haciendo más estrecha, había que cruzar con laja hacia el otro lado. Para salir de allí y llegar por ejemplo a Guisa había que buscar un caballo u otro transporte que en aquella época estaban muy escasos. Donde estaba la finca no había casas alrededor de un kilómetro más o menos. Pero en general la vida era muy buena y muy tranquila.
-¿Cómo fue que supo qué familia le tocaba alfabetizar?
-Mi mamá era la técnica asesora de ese cuartón y era la que iba llevando las brigadistas donde ella sabía que habían personas que no sabían leer ni escribir y que además no iban a la escuela porque eran mayores y trabajaban todo el día en el campo.
-¿Cómo la acogió la familia?
Casi con lágrimas en los ojos Mercedes cuenta:
-Me acogieron como una hija. De hecho yo les decía mamá y papá porque eso fueron para mí durante el tiempo que estuve en su casa alfabetizándolos. La familia estaba compuesta por cuatro miembros: el matrimonio de Joaquín Jaca e Isabel Milanés y sus dos hijos Juancito y Manolo. Juancito tenía cinco años y Manolo tenía un año nada más. Yo también alfabeticé a una familia que vivía a un kilómetro de allí que era un matrimonio con sus tres hijos. También enseñé a leer y a escribir a un anciano español de 85 años de edad que bajaba todas las noches cuando yo empezaba a dar clases. El trabajaba muy duro en los cultivos de la finca cada día. Debido a sus manos maltratadas por el trabajo y a su edad avanzada no podía casi escribir pero aprendió a poner su nombre y aprendió a escribir revolución y eso representó para mí una gran satisfacción. Joaquín y su familia eran personas maravillosas, con la idiosincrasia propia del campesino, revolucionarios y sobre todo de buen corazón.
-¿Realizó otra actividad en la zona aparte de alfabetizar?
Con una sonrisa casi pícara contesta Mercedes como si ahora más que nunca se pusiera de manifiesto el dicho que dice que el que solo se ríe de sus maldades se acuerda.
-¡Cómo no! Allí yo crié niños, recogí café, aprendí a montar caballo porque era obligatoriamente el único medio de transporte que teníamos para ir a cualquier otro lugar. Además también aprendía a arrear ganado y participaba en la recogida de los frutos en la finca además de que ayudaba a Isabel con los niños y en las tareas domésticas.
-Anécdotas…
-Muchas… Recuerdo que una vez el río creció tanto que era prácticamente imposible pasar. Pero la que más recuerdo con cariño es que veinte años después, en 1981, yo ya estaba casada y regresé nuevamente a “El infierno” con mis hijos cuando se cumplió el aniversario 20 de la campaña de alfabetización. Joaquín que ahora era presidente de una cooperativa vino a Santiago y me invitó a volver a la finca para visitar a la familia y ver cuánto habían cambiado las cosas por allá. Yo acepté y me fui con mis hijos. Llegando a la finca, en el camino me encontré a un campesino que a lo lejos nos saludó como es costumbre de los hombres y mujeres de campo. Al llegar corrí a abrazar a Joaquín e Isabel y pregunté enseguida por mis niños Juancito y Manolo, que ya no eran tan niños y ahora se habían convertido en unos hombres de bien. Fue grande mi sorpresa cuando me di cuenta que el campesino que había saludado a lo lejos era Manolo que era policía y que hoy es oficial del MININT. Pero mayor fue mi alegría cuando vi a mi pequeño Juancito, el niño que yo enseñé a leer y a escribir y que cuando supo que la campaña se acababa y yo me tenía que ir para mi casa de nuevo, me amarró con el collar del perro “Cazador” a la pata de la mesa para que no me pudiera ir. Juan era director de una escuela en la zona rural y eso para mí representó mucho, ya que hasta hoy el me agradece por haberlo alfabetizado a él y a su familia.
-¿Cuál fue el clima que se vivió en “El infierno” luego que se conociera de los asesinatos de Conrado Benítez y Manuel Ascunce Domenech?
-A Conrado Benítez lo asesinaron en Enero. Todavía yo no estaba en la campaña. Pero a Manuel Ascunce lo matan en noviembre ya casi al terminar la campaña. Aquella noticia corrió como pólvora y se regó por todas partes. Había que ver a los campesinos como caminaban con nosotros adonde fuéramos. No importaba el lugar, no importaba si era a reuniones o a la tienda. Adonde quiera que íbamos estaban los campesinos ahí para cuidarnos y no nos dejaban ir solos a ninguna parte.
-¿Existían bandas contrarrevolucionarias en el poblado?
-¡No hombre no! Ese era un poblado muy revolucionario. Todo el mundo allí amaba la revolución.
-¿Qué significó para usted estar en la Plaza de la Revolución el día 22 de diciembre de 1961 cuando Cuba fue declarado por Fidel primer territorio libre de analfabetismo en América?
-Aquello fue algo muy grande. Llegar a la tribuna y poder ver a Fidel de cerca fue de las cosas más lindas que yo viví en aquellos años. Además también vi al Che y a otros dirigentes como Armando Hart que en ese entonces era Ministro de Educación. El bloque donde yo me encontraba fue de los primeros pues la zona donde yo alfabeticé fue una de las primeras en declararse cuartón libre de analfabetismo en nuestro país.
-Mucho se habla hoy en día sobre la necesidad de mejorar la calidad de la enseñanza en Cuba. A su consideración como alfabetizadora y maestra ¿qué necesita la educación en Cuba para obtener la calidad que se desea?
-A la luz de la experiencia de estos veinte años de trabajo en el sector educacional creo que para mejorar la calidad de la enseñanza hacen falta primeramente maestros de vocación y de calidad que amen su profesión por encima de todo. Porque no olvidemos que se educa con amor e interés. También hacen falta mejores programas de enseñanzas, programas que profundicen en las necesidades educativas de los educandos y que los preparen integralmente. Además es importante también el papel que juega la familia en exigir y a la vez apoyar la labor de los maestros y promover buenos hábitos de estudio en sus hijos. No existen malos estudiantes, existen programas mal elaborados que no aportan nada. También se preparan muchos maestros faltos de interés, sensibilidad, y amor por su profesión. Ahí radican los principales problemas de la enseñanza en Cuba, que a pesar de ello es una de las mejores de América Latina y el mundo.
-¿Cuál es la mayor satisfacción que puede tener un maestro en su vida?
-Sin duda alguna es que aunque pasen los años por lo menos un alumno se acuerde de ti y te llame en la calle un día y te diga: Hola maestra, ¿Se acuerda de mí? Ese es el mayor regalo que un educador puede tener porque todos los días son días del educador. Yo ya estoy jubilada pero hasta que muera voy a seguir con orgullo siendo maestra.