Aquel día, cuando recibí la notificación, me dominaron las ansias extremas por conocerla. Cargado de adrenalina le expliqué al chofer Aramís hacia dónde debíamos dirigirnos, y comenzamos el periplo. Mientras él me explicaba, pícaro y jovial, las huellas que había dejado por aquellos parajes en los años mozos de su vida, pude observar, a través de mi ventanilla, negros entremezclados con el cacharroso paso de carretones halados por caballos, mangos gravitando de mil gajos que sombreaban las aceras, cerdos y gallos finos correteando por un asfalto arruinado y ventas improvisadas de calabazas y plátanos.
Absorto con la criollesca tipicidad del sitio me sorprendió la inmovilidad del vehículo. Nos habíamos detenido justo en la casita número tres de la calle 26, en el Reparto Nuevo Vista Alegre. Tras el “…es este el lugar…” de Aramís, me incorporé de inmediato e impulsé mis pasos hacia la vivienda. “¿Son ustedes los de la prensa?”, nos interpeló sonriente un señor que en señal de bienvenida nos abrió un portón confundido entre verduscas enredaderas y chipojos indiscretos.
Penetramos la compuerta y llegamos hasta el portal. Aquel debía ser el sitio de la casa con mayor carga de magia; pues los caprichos enrevesados del ñame, el aroma del noviazgo entre el orégano y la albahaca, la timidez de las vicarias, la elegencia de las rosas y el imperio del cactus, conferían al rincón un halo maravilloso.
Estaba yo en un acogedor momento pero, aun cuando contaba con un clima fresco y divorciado del calor oriental, la impaciencia no dejaba de morderme pues ya quería estar al lado de ella. Antes se nos había indicado esperar, pues la dama objeto de nuestra visita estaba tomando su baño pos siesta. Mientras la expectación crecía pudimos dialogar con sus vecinos y amigos, que ya habían ocupado distintas áreas de aquella especie de atrio para también recibirla.
De Edilia Pozo, presidenta del CDR y amiga de la dama, conocimos que esta última fue fundadora de la FMC en su comunidad y que vio “nacer” el Nuevo Vista Alegre. Otro vecino, José Suárez Mosqueda, la describió como una mujer de energía contagiosa y llena de vitalidad. Apuntaba aquellos datos cuando repentinamente Princesa, la perra del hogar, se desprendió feliz de las lozas y movió su inquietud hacia la puerta.
Allí estaba ella, extraordinaria, fuerte, ágil como céfiro. El batón azulado le confería una paz cielo a su mirada y su añeja femineidad se remarcaba con uñas esmaltadas, zarcillos dorados, pulso y collar. Pero lo más sorprendente o cautivante era su sonrisa, su dicha, su pletórico modo de ser feliz, cantar y bailar. ¿Cómo es posible que posea 15 hijos, 19 nietos, 38 biznietos y 10 tataranietos? Me costaba convencerme cuando una de sus hijas, Mirtha Bell Jiménez, reveló aquellas cifras.
Mas sí, es totalmente cierto, la santiaguera Ersilia Jiménez Montoya, originaria de Dos Bocas, El Cristo, tiene 105 años, baila rumba, asegura que ha vivido enamorada de Fidel Castro, me abrazó y sonrió para mi cámara.