La lepra es una enfermedad crónica e infecciosa, que afecta principalmente los nervios periféricos, la piel y las vías respiratorias superiores; y sus principales manifestaciones cutáneas son manchas, cambio de color y ausencia de sensibilidad.
Causa también deformidades visibles, permanentes e incapacitantes para la vida social y el trabajo, y ello lleva a que el enfermo sea rechazado por parte de la sociedad y en ocasiones hasta por sus familiares, siendo considerada una enfermedad mutilante, incurable, repulsiva y estigmatizante, generando un trato inhumano hacia las personas que la padecen.
Es uno de los males más antiguos que recuerda la humanidad, aunque durante siglos no se le consideró un padecimiento sino una maldición o castigo divino; y se cree que surgió en la región asiática.
Algunos estudios, estiman que fueron las Cruzadas o Guerras santas, promovidas por la iglesia católica a partir del siglo XI, las que provocaron la rápida proliferación de la lepra por Europa, cuando los soldados que fueron a África y al Medio Oriente se contagiaban, llevándola posteriormente a sus lugares de origen.
Los infectados se convirtieron, por un lado, en protagonistas de las más disímiles e irracionales fantasías creadas por la imaginación popular; y por otro, de innumerables agravios y persecuciones por los vecinos aledaños.
Ante tal situación, algunas órdenes religiosas crearon leprosorios y sitios para internar a estos enfermos, lejos de las comunidades y poblaciones.
No es hasta 1873 que el médico noruego Gerhard Henrik Armauer Hansen identifica al Mycobacterium Leprae como causante de la Lepra; y transcurrieron más de cien años hasta que en la década del 80 del pasado siglo, se crean nuevos medicamentos para combatir y curar el padecimiento.
En el presente siglo XXI, la enfermedad no se ha erradicado del todo, y fundamentalmente los países más pobres continúan presentando casos. Todavía en nuestros días, cuando alguien la padece, encuentra en la actitud de la sociedad un obstáculo mayor que el propio mal: sólo pronunciar la palabra “lepra” basta para crear rechazo social y ser estigmatizado.
Por eso, el último domingo de enero de cada almanaque se celebra el Día Mundial de Lucha contra la Lepra, para informar y concientizar a la población respecto a esta enfermedad.
Tras movilizaciones y manifestaciones promovidas por Raoul Follereau en favor de los enfermos, en el año 1954 se instaura oficialmente este día con el fin de sensibilizar acerca de la existencia del padecimiento y alejar la imagen negativa que se tenía de los afectados.
Contrario a lo que algunos piensan, no es una enfermedad muy contagiosa, más bien de difícil transmisión y tiene un largo período de incubación, que puede ir desde tres meses hasta 40 años, lo que dificulta determinar el momento y el lugar de contagio. Hoy se sabe también que no es hereditaria y que los niños son más susceptibles a contraerla.
Los diagnosticados tempranamente, con el tratamiento indicado y con la rigurosidad que se necesita, se curan en casi el 90% de los casos.
En Cuba, la lepra estuvo dentro de las dolencias que primero recibieron atención priorizada tras el triunfo de la Revolución, y desde 1989 existe un nuevo programa de control que les atribuye al médico y a la enfermera de la familia la función primordial en este sentido.
Además, destaca la necesidad de desarrollar acciones de educación sanitaria con los pacientes y sus familias, dirigidas fundamentalmente a hacerles comprender que este padecimiento se cura, por lo que urge la destrucción de los prejuicios al respecto.
Actualmente en el diagnóstico interviene un equipo formado por dermatólogos, epidemiólogos y el médico de la familia del paciente, quienes se basan en los resultados de exámenes clínico, bacteriológico, histopatológico y epidemiológico.
La tasa de incidencia de este padecimiento en nuestro país dista mucho de lo que la Organización Mundial de la Salud (OMS) considera un problema.
El territorio santiaguero realizará numerosas actividades este domingo en aras de que la población comprenda la importancia y la necesidad que reviste el conocimiento de este mal, para minimizar su incidencia; y para que se interiorice, además, que la enfermedad es curable y que no es necesario el aislamiento de los enfermos para su tratamiento.
Uno de los municipios de Santiago de Cuba, Songo La Maya, contaba antiguamente con un leprosorio “San Luis de Jagua”. Hoy, este centro se ha convertido en el Hospital Psiquiátrico Gustavo Machín de relevancia para la nación. Con esto, los santiagueros recordamos y reafirmamos que, de la responsabilidad y actitud individual y colectiva, depende el control de la Lepra.