José Martí, el Mayor General

Categoría: Historia
Escrito por INDIRA FERRER ALONSO
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martijoseCon paciencia inflexible hizo valer José Martí las ideas que, a fuerza de lecturas y charlas sobre “el arte de pelear”, adquirió y desarrolló durante la preparación de la última guerra cubana del siglo XIX.

La historia demostró que la lucha armada es un instrumento político, un camino para materializar ideologías, y el Maestro lo entendió a pesar de que algunos de los más notables oficiales del ejército mambí sostenían que guerra y política eran cuestiones inconexas. Por tanto, la primera era asunto para militares, no para quien brillaba por sus ideas sin experiencia en el combate.

Sin embargo, es conocido que durante años Martí leyó y se capacitó sobre batallas famosas de la conflagración del ´68; de las campañas emancipadoras de Bolívar, San Martín y Sucre en Sudamérica; y analizó las estrategias de generales norteamericanos  como Sheridan y Grant, en la guerra de secesión.

Así conformó su visión sobre la organización, la disciplina y la filosofía de lucha que debía regir al Ejército Libertador; y así concibió un plan para el desembarco por Oriente, Camagüey y Las Villas de fuertes agrupaciones mambisas a fin de sorprender al enemigo, propagar rápidamente la insurrección e imponerle al mando español una contienda de desgaste que acorralara, extenuara y aturdiera a sus tropas, obligándolas a combatir de forma imprevista y precipitada.

Ese proyecto, conocido como Fernandina, agotó los fondos del Partido Revolucionario Cubano y puso a prueba la capacidad y entrega del Maestro; sin embargo fracasó por una traición. Lo sorprendente para algunos contemporáneos de Martí, fue cómo el descalabro acrecentó su prestigio. A los ojos de otro destacado independentista, Juan Gualberto Gómez, se mostró  como un “verdadero genio organizador, un cerebro equilibrado, una voluntad férrea y un indiscutible jefe de pueblo.”

Asimismo, puso a la luz el relieve militar de un líder que ya dominaba principios básicos para el éxito de la lucha. Si bien sería un error compararlo con legendarios guerreros de la causa libertaria de Cuba en el siglo XIX, igual de necio resultaría obviar el hecho de que su vasto pensamiento alcanzó los frentes fundamentales de la estrategia militar.

La guerra ideológica, por ejemplo, adquirió en Patria un soldado en la prensa, como él mismo definiera el periódico que fundó en 1892. Su misión era la divulgación revolucionaria y la “pelea intelectual”, y en su sección Cartilla Revolucionaria pretendía enseñar –según el propio Martí- “…desde el zapato hasta el caer muerto, el arte de pelear por la independencia del país: a vestirse, a calzarse, a curarse, a fabricar cápsula y pólvora, a remendar las armas…” Para él era vital que el pueblo cubano se alzara sin imposiciones, tan solo movido por una fuerte necesidad de independencia.

En los artículos que dedicara a los generales Grant y Sheridan expone ideas que considera claves para la victoria sobre el dominio colonial español, aplicadas luego durante campañas memorables de la guerra necesaria. Extrapolando lo aprendido en sus lecturas a la manigua cubana, abogaba por asestar “golpes que aturden” en lugar de “batallas que brillan”; y ponderaba los ataques sistemáticos a medios como el telégrafo y las vías férreas, para minimizar las ventajas del adversario. También apostaba por la toma de recursos vitales para la supervivencia como los ríos, y la destrucción de todos los “recursos de guerra del enemigo, sus caballos, sus reses, sus posadas, sus aperos de labranza.”

Lejos estaba de imaginar que su contribución a la lucha en el campo insurrecto sería efímera, si se compara con lo que realizó durante casi dos décadas de labor revolucionaria en el exilio. Desde su llegada a Cuba por Playitas de Cajobabo,  el 11 de abril de 1895, hasta  su muerte, el 19 de mayo del propio año, transcurrieron solo 38 días.

No pudo enrolarse en grandes campañas, pero dejó su espíritu en el estilo inconfundible que emerge de las Circulares a Jefes y Oficiales firmadas por él y Máximo Gómez para encaminar a las tropas mambisas por las sendas de la disciplina y la efectividad de las acciones.

Lo notable es que el Maestro no fue solo el autor de letras encendidas para la arenga y la belleza; sino que a tanto llegó en el afán de construir un camino irreversible para la libertad que, sin experiencia militar alguna, enunció para su pueblo principios estratégicos de la guerra que debía acometerse. No era un visionario, ni un descubridor, su mérito estuvo en proveer pautas emanadas del estudio, de la confrontación crítica de hechos históricos en diversas épocas y latitudes, aplicando lo útil a la realidad cubana de aquellos años y señalando errores que mutilarían cualquier insurrección.

La historia se ha encargado de demostrar la validez de la visión del Apóstol sobre la lucha revolucionaria. Más de 60 años transcurrieron entre su deceso y el triunfo de una guerra martiana en actos e ideología. La contienda necesaria que lideró Fidel –llena de golpes aturdidores a un enemigo mejor armado y numéricamente superior- fueuna dignísima heredera de la “guerra de todos” que concibió Martí, el Mayor General.

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