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Hecho de amor
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- Categoría: Historia
- Escrito por Indira Ferrer Alonso
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El hombre de negro, con anillo de hierro que rezaba “Cuba”, tenía por riquezas un notable talento, la veneración por su país, habilidades para aunar y sobre todo una excepcional vocación por el amor, que lo salvaba del pesimismo, incluso cuando algún fracaso pretendía poner límites a su afán.
La ternura de su madre, la naturaleza franca de su padre y la virtud de sus hijos del alma eran el mejor abrigo durante las horas más difíciles de su turbulenta vida. Así lo muestran sus cartas y poemas.
A los nueve años, escribió su primera misiva, una composición colmada de caricias -más que de ideas- para la mujer que le dio la vida. También sería para ella una de sus últimas cartas, redactada poco antes de embarcar en la expedición que lo trajo a Cuba en abril de 1895, para incorporarse a la guerra.
“Veneración y respeto ternísimo” fueron las palabras con que definió sus sentimientos por el padre. Una vez le escribió a su hermana: “...es un hombre de una virtud extraordinaria (...) una magnífica figura. Endúlcenle la vida. Sonrían de sus vejeces. Él nunca ha sido viejo para amar”.
Más hondas que las cicatrices que le dejaron los horrores del presidio, le era la gratitud al padre, que limpiaba las heridas causadas por el grillete, bajando la cabeza para esconder las lágrimas; y a la madre que pidió clemencia a las autoridades españolas, cuando siendo casi un niño la entereza de su carácter y su amor a Cuba lo llevaron a prisión.
Complicidad de amigo y pasión paternal llenaban el alma del cubano más universal, ante la imagen de la niña María Mantilla. Tal vez por eso escogía las palabras y las enseñanzas para hacerla una mujer virtuosa e inteligente, pero sobre todo de bondad sin límites. Para ella escribió en una carta: “quiere y sirve mi María, así te querrán y te querré (...) Los dos seremos buenos, yo para merecer que me vuelvas a abrazar, y tú para que yo te vea siempre tan linda...”.
De su cariño de padre surgieron los versos exquisitos plasmados en Ismaelillo para José Francisco: “Él para mí es corona, / Almohada, espuela, / Mi mano, que así embrida / Potros y hienas, / Va, mansa y obediente, / Donde él la lleva.”
Pero ninguno de sus amores exigió tanto del revolucionario como el que sentía por la patria. En los versos sencillos, el poema Abdala, cientos de cartas, artículos periodísticos y en los encendidos discursos con que preparó mentes y corazones para la causa de la independencia, afloran ideas que cimentaron la conciencia de lo nacional en los hijos de este país.
En todo lo que hizo, lo que escribió o dijo, están las evidencias: ese sentimiento fue su refugio, su acicate, su energía y su paz. José Martí estaba hecho de amor.


Comentarios
Me siento eternamente martiano, no porque casualmente lleve su mismo apellido y que nada tiene que ver con sus descendientes, sino por la grandeza de su vida y su obra entregadas en cuerpo y alma a la causa de la libertad de su querida Patria.
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