Solo se sabe que dos balazos acabaron con la cálida mirada que abrazó a Tina por última vez aquel 10 de enero de 1929. En una calle de México Mella había muerto, aún con un montón de ilusiones y cosas por hacer, entre ellas, amar.
Por eso todo en ese hombre es misterio y revelación. Y prefiero indagar en sus sentimientos hacia la que tildaron luego de su muerte como “mujer fatal”; como si el crimen hubiera sido pasional. Que no lo fue.
“Como si fuera el crimen más grande el que cometemos
al amarnos. Sin embargo, nada más justo, natural y
necesario para nuestras vidas”.
De sangre dominicana y británica, Mella era como una mezcla entre el volcán y la nieve, como la lluvia y un torbellino de ideas que siempre apuntaban a la dignificación del hombre, al progreso y la camaradería de quien asume el Comunismo como bandera y manera legítima de obrar bien en la vida. Por eso se le vio formar parte de la Liga Anticlerical, la Agrupación Comunista de La Habana y en tantas otras asociaciones nacidas al calor de la lucha revolucionaria, en aquella primera mitad del siglo pasado.
Por eso fue expulsado de la Universidad de La Habana y tuvo que exiliarse en México. Luego recorrió varias capitales europeas que contribuyeron a que se arraigaran aún más los ideales marxistas, fundó partidos, entre ellos el Comunista de Cuba, donde se reunió con “pinos viejos” y supo beber como nadie, de las experiencias de Carlos Baliño y de la memoria eterna de Martí.
“(...) Y cuando llegué al trópico, y comenzó el festín del
calor, con la selva y el cielo azul, ya sabes que me
parecía ver en cada espesura su complemento: aquella
espalda con aquel pelo negro, suelto como una bandera,
que era mi consuelo al no poder verte”.
Y por eso también Mella, el de la solidaridad internacional, de las largas brazadas en la bahía habanera, el de la lucha tenaz y el amor constante, falleció de entre nosotros para vivir eternamente en el corazón de Tina, y de Cuba.
* Fragmentos de la carta enviada por Julio Antonio Mella a Tina Modotti