Una mujer que desafió la tradición

Categoría: Historia
Escrito por María de Jesús Chávez Vilorio
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vilma espinMi abuela me enseñó cuando niña la canción favorita de Vilma Espín. Desde mi casa, a cuadra y media de su Memorial, pueden olerse en las noches las piscualas que sembraron allí, cuyo olor amaba. Una mujer santiaguera que nunca quiso quedarse en casa, haciendo las cosas que por tradición le tocaban. Una mujer cubana que entregó su sudor y puso en peligro su vida por un país entero. Una mujer con la fuerza suficiente para ayudar a otras a romper patrones centenarios, y lograr sus metas.


Vilma Espín se graduó de Bachiller en Ciencias, en 1948. Su ingreso a la recién creada Universidad de Oriente marcó el inicio de una etapa decisiva en el afianzamiento y desarrollo de sus ideas políticas.
Estudiaba Ingeniería Química Industrial, terreno tradicional de hombres. De esa carrera egresó en 1953, la segunda mujer que lograba esta titulación en toda Cuba.
Durante la clandestinidad y la lucha guerrillera, utilizó los nombres de Alicia, Mónica, Déborah y Mariela, trabajando sin descanso desde este pedazo de tierra que ella misma calificara como la Ciudad sin Cerrojos, porque sus puertas permanecían abiertas para proteger a los revolucionarios, aún en los momentos más difíciles de la lucha. Bajo las órdenes directas de Frank participó en el alzamiento armado de Santiago de Cuba el 30 de noviembre de 1956, en apoyo a los
expedicionarios del Granma, convirtiéndose su casa en cuartel general del movimiento revolucionario en Santiago de Cuba.
Con la muerte de Frank País asume la dirección de la estructura del movimiento revolucionario. Desde su incorporación al Ejército Rebelde, en junio de 1958, se convierte en la legendaria guerrillera del II Frente Oriental Frank País y la eficaz coordinadora del movimiento clandestino de Oriente con el territorio del Frente, donde permaneció hasta la victoria revolucionaria. Por si eso fuera poco, conoció el amor y unió, a su carrera de científica y revolucionaria, la labor de
esposa y posteriormente, madre.
Con el triunfo de la Revolución, siguió Vilma sin quedarse en casa. Colaboró estrechamente con ministerios, instituciones, y en general con la comunidad científica cubana en trabajos experimentales, que incluso llevaron a la creación de dos nuevas carreras universitarias.
Y fundó la Federación de Mujeres Cubanas, que no solo unificó a las féminas de nuestro país, sino que contribuyó y aún contribuye decisivamente en la superación de los tabúes y limitaciones que la sociedad tradicionalmente patriarcal intentó (e intenta) imponer.
Vilma presidió desde su creación la Comisión Nacional de Prevención y Atención Social, y la Comisión de la Niñez, la Juventud y la igualdad de derechos de la Mujer, de la Asamblea Nacional del Poder Popular.
Abogó por la creación de las leyes, disposiciones legales, programas sociales y acciones, encaminadas a la protección de los derechos de la mujer. Creó los Círculos Infantiles, lugares necesarios para que las madres trabajadoras puedan desarrollar sus carreras, y que contribuyen maravillosamente a la educación temprana de los niños.
Y todo esto lo hizo sin dejar de ser una mujer como cualquier otra: enamorada, femenina, devota a sus hijos, llena de amor por su familia. El 18 de junio murió. Todavía parece mentira.
Mi abuela me enseñó cuando niña la canción favorita de Vilma Espín. Desde mi casa, a cuadra y media de su Memorial, pueden olerse en las noches las piscualas que sembraron allí, cuyo olor amaba. Flores como ella: sencillas por fuera, pero llenas de un embriagador aroma, que se extiende por infinitas distancias contagiando su esencia. Eso es para mí Vilma Espín: el recuerdo que deja el aroma de una flor.

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