El pequeño mosquito y el gran Canal

Categoría: Historia
Escrito por María de Jesús Chávez Vilorio
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¿Por qué el mundo debe recordar siempre a Finlay?

finlay1¿Qué relación puede haber entre un mosquito y el Canal de Panamá? ¿Por qué está el nombre de un médico cubano en una placa conmemorativa en dicho sitio? ¿Por qué el nacimiento de un galeno camagüeyano es reconocido como el Día de la Medicina de todo un continente? Empecemos por el principio.

Es fácil imaginarse la cara de los invitados a la Conferencia Sanitaria Internacional, celebrada en Washington, cuando en pleno 1881 un médico cubano explicó la relación entre algo tan minúsculo como un mosquito y una enfermedad tan grave como la Fiebre Amarilla. La idea les parecería bastante absurda.

Ya Louis Pasteur había iniciado el camino de la microbiología, y demostrado que las enfermedades contagiosas podían ser transmitidas por bacterias y organismos imposibles de ver a simple vista. Pero ¿Qué un mosquito fuera el agente transmisor de la enfermedad de una persona a otra? ¿No el agua, la comida o el contacto, sino un simple mosquito?

Finlay y el Aedes

La Fiebre Amarilla, también conocida como Vómito Negro, era un problema mayúsculo. Se cree que surgió en África Oriental, se propagó a la Occidental. Como la enfermedad era endémica allí, las poblaciones de ese continente habían desarrollado cierta inmunidad y les provocaba síntomas suaves. Sin embargo, a los colonos europeos les provocaba la muerte. En los siglos XVI o XVII saltó a América debido al tráfico de esclavos. La primera epidemia confirmada de fiebre amarilla en América fue la de 1647 en Barbados.

Se dice que gran parte del triunfo de la Revolución Haitiana se debió a que más de la mitad de las tropas francesas murió a causa de la enfermedad. Y es bien sabido que nuestros mambises guiaban a los españoles por zonas pantanosas, donde esta enfermedad funcionaba como arma contra ellos. Hubo varias epidemias catastróficas, sobre todo en lugares con alta densidad poblacional, por lo cual la llamaron la “plaga americana”.

Y entonces viene Finlay y se presenta con la idea del mosquito. Incluso, más adelante, crearía el suero capaz de evitar la enfermedad. Ahora sabemos que el Aedes aegypti es un animalito de lo más problemático, pero cuando aquello, por más documentada e investigada que hubiera sido, la idea era demasiado extraña. Y al doctor cubano le prestaron muy poca atención. Por más de 20 años, sus ideas fueron ignoradas.

Entonces terminó la Guerra hispano-cubano-norteamericana, y el general Leonard Wood, gobernador de Cuba, se encontró una isla con problemas de sanidad escandalosos, en buena parte por culpa del Weyler y su reconcentración. Había que  resolver ese problema, y pidió que se probara la teoría de Finlay. Se volvieron a revisar sus trabajos de investigación, así como los experimentos que había realizado.

La investigación estaría a cargo del comandante Walter Reed, quien por su cuenta no obtuvo absolutamente nada, hasta que Finlay, generosamente, colaboró. Reed y William Crawford Gorgas aprendieron de este, y en solo siete meses había desaparecido la enfermedad de Cuba.

El escándalo y el plagio

Pero, ¿cómo darle la razón a un científico caribeño, un don nadie a quienes los propios estadounidenses habían ridiculizado en 1881? ¿Cómo quitarse el mérito de haber recogido a Cuba de las cenizas y a la vez, ayudado al mundo con un descubrimiento genial? Y nada: a plagiar a Finlay. Los estadounidenses al mando decidieron darle todo el mérito a Walter Reed.

Los más reconocidos científicos cubanos levantan la voz contra la injusticia. Los franceses no se tragan el cuento, y le dan al galeno cubano la orden oficial de la Legión de Honor en 1911. Los ingleses le otorgaron la medalla Mary Kinsley, concedida mundialmente a muy pocos científicos, entre ellos el descubridor del bacilo de la tuberculosis. Pero Finlay vio la muerte en 1915 sin que se reconociera verdaderamente a nivel global su mérito.

En 1954, el XIV Congreso Internacional de Historia de la Medicina, con sede en Roma, ratificó al cubano como el verdadero héroe en esta historia. Se hizo una fuerte campaña para actualizar sin lugar a duda toda la bibliografía médica, enciclopédica y demás. Y en mayo de 1981, cien años después de su abucheada presentación en Washington, la Unesco instituyó por primera vez el Premio Internacional Carlos J. Finlay para reconocer avances en microbiología.

El Día de la Medicina Latinoamericana: el Canal de Panamá

Un canal que uniese el Atlántico con el Pacífico era cosa muy deseada. Tanto, que promovió la creación de todo un país, Panamá, que era parte de Colombia. Pero eso es historia de otro trabajo. El problema era que la tecnología estaba, la fuerza de trabajo estaba, el dinero estaba… pero también estaba la Fiebre Amarilla, haciendo de las suyas.

En el período del canal francés (o sea, entre 1881 y 1903, cuando Francia llevaba el proyecto), se registra que murieron 6 280 personas, un 18% de esta enfermedad (aunque se estima que pudieron ser más). En la fase norteamericana, hubo 5 609 muertos, con esa misma proporción. La enfermedad en el continente era tan terrible que en 1871 había matado al 8% de los habitantes de Buenos Aires, Argentina. Con toda razón el Canal no avanzaba.

El doctor Gorgas, uno de los discípulos de Finlay, fue finalmente enviado a sanear el istmo de Panamá. Allí, aplicó los mismos principios indicados por el doctor cubano, lo cual permitió terminar esta gran obra de ingeniería. Gracias a las ideas de Finlay, se llevó a cabo la primera gran propuesta de salud ambiental en la región. En noviembre de 1905 fue registrado en Panamá el último caso de Fiebre Amarilla, enfermedad que hoy día se encuentra relativamente controlada, aunque en muchos países de África y la zona norte de Sudamérica aún origina unas 30 000 muertes cada año.

Una placa en el propio Canal de Panamá reconoce la contribución del doctor Carlos J. Finlay en el éxito de esta magna obra. La Confederación Médica Panamericana aconsejó celebrar el 3 de diciembre, el cumpleaños del galeno cubano, como Día del Médico en varios países de América.

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