¡Ese hombre de LA EDAD DE ORO es mi amigo!

Categoría: Historia
Escrito por Mailen Portuondo Tauler
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edaddeoroHay textos que se erigen imprescindibles para el ser humano. Una vez que los lees las sensaciones suelen quedar. Quizás por esa relación extraña que establece un hombre con La Edad de Oro llegué yo a ella.

Fue esa conexión la que me ha llevado a comprarla cada vez que la tengo delante por el casi obsesivo deseo de comparar las ediciones, y también porque disfruto regalarla a cuanto niño quiero. Y es que hay en la vida de todo ser humano una edad de oro, es la infancia, la raíz del árbol del hombre. Algunas personas no vuelven más a ese sitio, a ese clima. Otras, en cambio, regresan, se instalan, reconocen metro a metro el territorio mágico.

De puntillas, de puntillas -como los padres de Piedad entraron en su cuarto el día en que cumplía ocho años-, fui conociendo La Edad de Oro en la voz de mi madre, seguramente igual que todos los niños de mi generación. Conocí a ese “amigo sincero”, al hombre que “prefirió el bien de muchos a la opulencia de pocos”, el que creía que “a los niños no se les debe decir más que la verdad”, el que decía que “todo hombre debía echarse a llorar cuando ha pasado el día sin aprender algo nuevo”, el que, maestro de la vida, eligió “la utilidad de la virtud”.

La colonia cubana en Nueva York se sorprende en el verano de 1889 con la noticia. José Martí, el revolucionario viril, el propagandista incansable de la guerra contra España, acaba de lanzar una revista titulada La Edad de Oro y que dedica a los niños  de América. En la introducción al primer número, aparecida bajo el título “A los niños que lean La Edad de Oro”, Martí explicaba a sus pequeños lectores los objetivos de la revista:

“Este periódico se publica para conversar una vez al mes, como buenos amigos, con los caballeros de mañana, y con las madres de mañana… Todo lo que quieran saber les vamos a decir, y de modo que lo entiendan bien, con palabras claras y con láminas finas… Les vamos a decir cómo está hecho el mundo; les vamos a contar todo lo que han hecho los hombres hasta ahora”.

La publicación sería financiada por el brasileño Aaron D'Acosta Gomes, mientras que el cubano estaría encargado de todo el material nacido de su escritura, de su formato, diseño, selección de viñetas e ilustraciones, de su espíritu mismo. Quienes le conocían, manifestaron al Apóstol su desconcierto al verlo inmerso en una “nimiedad” como esa de escribir para la infancia. Ante tales prejuicios, su palabra vehemente defendió la que él mismo llamara “empresa de corazón, y no de mero negocio”.

Empero, ¿cuál sería la concepción de la revista en una época en que autores de renombre como los hermanos Andersen, Perrault, y otros, habían triunfado en la literatura infantil? La idea que tenía nuestro Héroe Nacional de la revista ilustrada para niños iba más allá de los preceptos hasta entonces en uso. En él coincidía la noción de formación y de un hacer pedagógico a distancia que desarrolló, como él mismo lo declara, a través de: “artículos que son verdaderos resúmenes de ciencias, industrias, artes, historia y literatura, junto con artículos de viajes, biografías, descripciones de juegos y de costumbres, fábulas y versos”.

Y es que en la sustancia de aquellos cuatro ejemplares -interrumpida la edición cuando el dueño del negocio editorial quiso imponer sus dogmas-, en aquellos volúmenes está también lo mejor de la prosa y de la fantasía martianas. Demostrando su multifacética actividad literaria, buena lo mismo para la prosa que para el verso.

Para quienes son “la esperanza del mundo” trabajaría el Apóstol, para

“poner en las manos del niño de América un libro que lo ocupe y regocije, le enseñe sin fatiga, le cuente en resumen pintoresco lo pasado y lo contemporáneo, le estimule a emplear por igual sus facultades mentales y físicas, a amar el sentimiento más que lo sentimental, a reemplazar la poesía enfermiza y retórica que está aún en boga, con aquella otra sana y útil que nace del conocimiento del mundo; a estudiar de preferencia las leyes, agentes e historia de la tierra donde ha de trabajar”.

Y ese fue uno de sus mayores logros, el de hacer una publicación dirigida a los niños de América Latina en la que, junto a las enseñanzas éticas y pedagógicas, el lector aprendiera de la historia de su continente, desde sus orígenes hasta las luchas independentistas, enfatizando en el compromiso que como latinoamericanos tenemos. Si para él esa América mestiza tenía mucho de que enorgullecerse, mucho más importante era garantizar que las nuevas generaciones fueran conscientes de su responsabilidad con sus pueblos. Todo esto escrito de un modo novedoso, sencillo, sin caer en maniqueísmos, tratando al niño y al adolescente con la seriedad y el respeto que merecen. Escribe en esta obra cuentos, poemas, adaptaciones, crónicas, crítica de arte, periodismo de alto vuelo, para decirlo en una sola frase: Altos Principios.

Desde las primeras páginas de la revista el Maestro promueve un enfoque de género sin distinción: “Las niñas deben saber lo mismo que los niños, para poder hablar con ellos como amigos cuando vayan creciendo”. En el primer número regala a los pequeños una sencilla definición de libertad cuando les dice que: “es el derecho que todo hombre tiene a ser honrado y a pensar y a hablar sin hipocresía”; al tiempo que les trasmite valores esenciales: “en el mundo ha de haber cierta cantidad de decoro, como ha de haber cierta cantidad de luz. Cuando hay muchos hombres sin decoro, hay otros que tienen en sí, el decoro de muchos hombres...”.

Qué modo más hermoso de contarles sobre los pueblos originarios de América en “Las ruinas indias”, donde la cultura de esas grandes naciones amerindias se describe con sus luces y sombras, pero con el orgullo de tenerlas como pasado vivo en una época en que muchos intelectuales de este continente se avergonzaban de sus orígenes ancestrales. Extasiados en la forma y el estilo leemos:

 “No habría poema más triste y hermoso que el que se puede sacar de la historia americana. No se puede leer sin ternura, y sin ver como flores y plumas por el aire, uno de esos buenos libros viejos forrados de pergamino, que hablan de la América de los indios, de sus ciudades y de sus fiestas, del mérito de sus artes y de la gracia de sus costumbres”.

A las luchas independentistas en América dedicó uno de sus más hermosos trabajos, “Tres héroes”, en el que, partiendo de las figuras de Simón Bolívar, José de San Martín y el cura mexicano Miguel Hidalgo, resalta con sentidas palabras las hazañas de los pueblos latinoamericanos por sacudirse el yugo español; al tiempo que destacan la libertad y la verdad como valores esenciales de su ideario.

“Ésos son héroes; los que pelean para hacer a los pueblos libres, o los que padecen en pobreza y desgracia por defender una gran verdad. Los que pelean por la ambición, por hacer esclavos a otros pueblos, por tener más mando, por quitarle a otro pueblo sus tierras, no son héroes, sino criminales”.

En “La muñeca negra”, página antológica de la revista, el Apóstol hila un cuento donde busca acercar al lector a los humildes, a los desvalidos, mostrando la igualdad de los seres humanos más allá de la raza a la que pertenezcan.

De literatura también les habla “el Amigo”. Dedica un espacio para promover la cultura griega a través de “La Ilíada de Homero”. Cuenta la historia de la cólera de Aquiles, en la cual la religión y la monarquía son hábilmente desjerarquizadas, con la misma maestría que lo hizo Homero; pero su Ilíada está escrita en prosa y para niños, conjugada con noticias sobre las mejores traducciones del poema y la discusión sobre el poeta griego.

Él mostró la historia de la Conquista desde las anécdotas de “El Padre Las Casas”, donde la bondad aparece como uno de los valores supremos, y rindió un sentido tributo a aquel que “Ni al rey le tenía miedo, ni a la tempestad”. Martí crea bellas imágenes y metáforas para referirse al sacerdote. Logra despertar la admiración del lector al relatar su dolor ante la injusticia, su valor, su sensibilidad, su hombría de bien.

En estas páginas leemos también su conocidísimo poema “Los zapaticos de rosa”. La sobrecogedora historia de Pilar y la niña enferma que simboliza los dos extremos de la sociedad norteamericana de la época: la riqueza y la pobreza. En la memoria de todos los cubanos están, al menos, sus primeros versos:

“Hay sol bueno y mar de espuma/ Y arena fina, y Pilar/ Quiere salir a estrenar/ Su sombrerito de pluma”.

Introdujo el espíritu en los relatos sobre “Músicos, poetas y pintores”; despertó el amor por la naturaleza desde el canto del ruiseñor (“Los dos ruiseñores”); y educó, al tiempo que ilustraba, sobre la belleza y la bondad en un implícito diálogo entre la ética y la estética (“Cada uno a su oficio”).

El poeta antillano, con su vasta cultura y gran genio literario, echa mano a un personaje de ficción, Little Lord Fauntleroy, de la obra homónima de Frances E.H. Burnett, para crear su personaje infantil del cuento “Bebé y el Señor Don Pomposo”. En el mismo hace un despliegue de eticidad y sensibilidad para cultivar la inteligencia, sentimientos y emociones de sus jóvenes lectores: “A Bebé lo visten como al duquesito Fauntleroy, el que no tenía vergüenza que lo vieran conversando en la calle con los niños pobres”.

Martí resalta la sabiduría de “Meñique” —símbolo que tiene un significado elíptico al público a quien va dirigida la publicación—, para actuar de manera inteligente, guiados siempre por los ideales más nobles, y recordando que “el saber vale más que la fuerza”.

“Vamos a la Exposición, a esa visita que se están haciendo las razas humanas”. Así convoca a los niños y las niñas a “La Exposición de París” para mostrarles los progresos de la modernidad, la era industrial que nacía por el trabajo del hombre: lo urbano, el acero, el trabajo de construcción, el ferrocarril, el hierro, la electricidad…la ciencia.

Ya La Edad de Oro tiene más de 125 años -es una revista que debe tener una larga barba, como dice “Nené Traviesa” del libro que su padre no quería que ella tocase-, y tiene tantos valores pedagógicos y artísticos que hoy se le considera una obra maestra del que tal vez sea el más difícil de los géneros: la literatura para niños y jóvenes.

El Apóstol supo redactar un grupo de textos que sobrepasan la efimeridad de una revista para hoy inscribirse entre lo más renovador y vigente escrito en lengua española a finales del siglo XIX. El genio “del hombre de La Edad de Oro” está indudablemente presente en esta obra, resultado del quehacer espiritual que sabe trasmitir una concepción humanista vigente a tal punto, que es vía y método de la formación del hombre nuevo americano. Una vez más, José Martí resulta nuestro contemporáneo, y por qué no decirlo, esta revista para niños se constituye hoy en ejemplo para aquellos que han tomado en sus manos la difícil tarea de comunicarse “con los que saben querer”. Es una obra que debemos releer a la luz de la contemporaneidad para que siga siendo la revista que los niños y las niñas de hoy necesitan.

Por mi parte, puedo decirles que soy feliz, como los hermanitos del grabado que tiene el libro en la portada. Y seguiré comprando La Edad de Oro siempre que pueda. Definitivamente ya no puedo apretarle mucho la mano, pero puedo decir con certeza que: ¡Ese hombre de LA EDAD DE ORO es mi amigo!

Fuentes empleadas:

        Fernández Retamar, Roberto (2006) Introducción a José Martí. Editorial Letras Cubanas, La Habana.

        Gallego Alfonso, Emilia (1999) Por qué y para quién se escribe La Edad de Oro. Editorial Academia, La Habana.

        Martí José (2004) La Edad de Oro. Instituto Cubano del Libro. Editorial Gente Nueva, La Habana.

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