Ahora que el programa televisivo “Bailando en Cuba” cesó sus transmisiones, pareciera que las personas tienen siempre algo que decir acerca del baile. Para muchos la propuesta resultó novedosa, en tanto la escenografía, el jurado y la dramaturgia proponían más de una hora de entretenimiento. Otros, no tan adeptos a las maromas de los concursantes, pensaban en aquel “Para bailar”, donde las parejas mostraban sus habilidades en ritmos típicamente cubanos, sin tantas coreografías de por medio.
Entonces, ¿bailar está de moda? Podríamos opinar que sí, que actualmente los jóvenes se preocupan más por mostrar unos buenos “pasos”, más allá de ir a las fiestas solo por hacerlo, o para escuchar la música.
Julio Antonio Oviaño es estudiante de Cultura Física, en la Universidad de Oriente (UO), y cuenta que sus amigos siempre lo llamaban “pesado”, porque no sabía bailar, y se pasaba parado la fiesta entera, sin mover los pies.
David Nacer, profesor de la carrera de Ingeniería Informática en el mismo centro de estudios, tiene 34 años y nunca aprendió a bailar. “Siempre tuve deseos de saber bailar. Miraba a la gente que lo hacía en las fiestas, en Plaza de Marte, y sentía un poco de pena, porque yo no sabía dar un paso”.
Thalía Vázquez, quien estudia tercer año de Ingeniería en Telecomunicaciones y Electrónica, explica que “era un poco triste para mí que en una fiesta me sacaran a bailar, y entonces tenía que advertirle a las parejas que me perdía, que no sabía hacerlo bien. Es propio de esta edad querer divertirse, disfrutar de la música”.
Estos jóvenes asisten hace unas semanas a la escuela de baile “People dance”, donde el profesor, un joven de solo 28 años, imparte cursos de casino, merengue, bachata, kizomba y otros ritmos. Roelis Gutiérrez es graduado de Ingeniería Informática, de la UO, y lleva tres años al frente del curso.
“La idea surgió a partir de que en la Universidad aprendí a bailar, y me di cuenta de que era mi pasión. Cuando me gradué pensé en que sería bueno en que una ciudad como la nuestra, con tanta cultura, se rescatara nuestras raíces, y creáramos un grupo de personas que pudieran tener una vía de recreación sana a través de los cursos de baile.” Aunque en los inicios las clases se impartían en el mismo campus, “con el tiempo nos mudamos a donde estamos hoy, en un local del 18 Plantas de Garzón”.
-¿Y qué cursos se imparten?
-Defendemos mucho el casino, que es el fuerte nuestro. Pero también damos otros ritmos tradicionales como el mambo, el pilón, el chachachá, la rumba y el son.
-¿Cómo es la composición de los grupos?
-Nuestras puertas nunca están cerradas para el que quiera aprender. Normalmente comenzamos con más de seis parejas. Las personas con el tiempo se van llevando bien, y hacemos otras actividades: vamos a la playa, salimos a bailar en Plaza de Marte, en el Salón del Son. Acá vienen personas de todas las edades, he tenido alumnos hasta de 60 años. Realmente ellos se insertan de forma bien alegre. A veces tienen un poco de pena al ver cómo se involucran con los jóvenes, y se genera una retroalimentación muy buena.
- ¿Cómo te apropiaste de una metodología para enseñar a bailar?
-Desde que estudiaba en el Politécnico era alumno ayudante, incluso en la Universidad, hasta que me gradué. Eso me ayudó bastante en mi formación como profesor de baile, porque aunque no es el mismo contenido –no enseño Matemática, Física o Español- es importante saber interactuar con los alumnos, tener paciencia para que ellos entiendan todos los pasos. Los básicos dan más trabajo, después que las personas asimilan el ritmo es mejor. En el baile también es importante tener en cuenta el tiempo de la música, no solamente marcar.
- ¿Qué importancia tiene el curso para los jóvenes?
-A través del curso aportamos a la cultura local y nacional, pues los jóvenes además de aprender a bailar ritmos tradicionales cubanos, participan de formas de diversión sana. La gran mayoría de los que están en el curso ni fuman ni toman, y eso es positivo. Para mí el baile es como una magia, todo gira en torno a la armonía, y por un momento te sientes totalmente bien.
La fiesta está en su punto
Lan Yin Zaldívar es graduada de Ciencias de la Información en la Universidad de Camagüey, y tiene 30 años. Ella trabaja en MEGACEN, un centro que pertenece al Citma. Allí realiza estudios bibliométricos, investiga sobre diversos temas, pero a las cinco de la tarde imparte clases junto a Roelis en la escuela de baile.
“Empecé a trabajar desde que comenzó. Primero pasé los cursos, fui alumna ayudante, y cuando la profesora que estaba antes se fue, yo ocupé su lugar”- comenta mientras espera el turno siguiente.
“Aquí tenemos mucha paciencia con los alumnos, tratamos de que todos aprendan los pasos correctamente. Hasta la fecha hemos dado muchos cursos, el nivel de captación varía de acuerdo con las personas, pero en sentido general todos aprenden al menos lo básico. La mayoría de los que vienen desean saber bailar casino, creo que porque nos caracteriza como cubanos. Llevamos en la sangre ese ritmo, y por eso es el más popular al menos en esta provincia”.
Lan Yin explica que “se están impartiendo dos turnos, tres veces por semana. Hay un grupo de cinco a seis y treinta de la tarde que comenzó el curso básico de casino, y otro, desde esa hora hasta las ocho de la noche, que está recibiendo kizomba, porque ya terminó el curso de ruedas. No siempre se mantiene de la misma forma, vamos rotando los horarios según la cantidad de alumnos que tengamos para abrir los cursos”.
En tanto, Melisa Reyes, solo lleva un año y medio como asistente del profesor. “Desde pequeña estuve en compañías artísticas en las que cantaba, y en duodécimo grado entré en una que se llamaba Catarsis y comencé a bailar más seguido. Desde entonces he tratado de estar vinculada al baile de una manera o de otra”.
Annel Carvajal es estudiante de quinto año de la carrera de Filología. Comenzó hace tres años en el curso “por embullo, porque no sabía y cuando iba a las fiestas estaba en un rincón. Me ha gustado porque he conocido a muchas personas, que actualmente son mis amigos. Este curso es como una gran familia, que ha crecido a medida que avanzamos”.
“He pasado los tres cursos de casino: básico, avanzado y el de rueda. Ahora siento que estoy avanzando, aprendiendo a sentir el ritmo. La parte de la enseñanza me recuerda a la forma que se utiliza en las artes marciales, donde acostumbras al cuerpo a repetir determinados movimientos a partir de elementos muy básicos. Está muy bien estructurado incluso para personas que no tienen mucha agilidad física. Pienso que desde el punto de vista psicológico el baile es muy importante, para elevar la autoestima, la formas de autosuperación. Es muy saludable”- opina David Nacer.
De hecho, el sitio web psicologiaymente.net explica que entre los cinco beneficios del baile figuran: la posibilidad de conectar con uno mismo y con los demás, mejora el estado de ánimo, aumenta la autoestima, la seguridad y la inteligencia, y previene el envejecimiento cerebral.
El boom de aprender a bailar no es novedoso. Hace ya unos años que en la provincia funcionan al menos tres academias de este tipo, que se han ubicado en diferentes lugares para funcionar como tal. Sin embargo, la divulgación en ocasiones resulta pobre, pues los jóvenes conocen de ellos a través de terceras o cuartas personas que ya han pasado el curso, o los ven haciendo una rueda de casino en Plaza de Marte y se acercan a preguntar. La mayoría de los entrevistados supieron del curso por estas vías, y opinaron que sería mucho más efectiva la participación si se emplearan otras formas para dar a conocer sus ofertas.
Ya no se trata de aprender para competir, o de saber para “alardear” en una fiesta; sino de entronizar una práctica saludable a nuestras vidas, que nos haga sentir ese ritmo cubano que todos llevamos en la sangre más allá de la pantalla.