El periodista español Ignacio Ramonet, en su libro El imperio de la Vigilancia, muestra la posibilidad de estar viviendo en un mundo “totalmente vigilado”, en tiempos en los que la tecnología extirpa la ilusoria idea de que el panorama virtual solo es símbolo de desarrollo.
La verdad es que ante el polémico y constante auge del ciberespacio quedamos embelesados con la facilidad creativa y de acceso que otorgan estos escenarios. No obstante, y al menos con un ápice de conciencia sobre la realidad, resulta inevitable cortar con la adicción de muchos a los espacios y redes digitales. Estamos ante ecosistemas patentados y en crecimiento, en los que podemos consumir de todo aunque la dieta siga siendo baja en cultura.
Aun así, cada interacción resulta gratificante para quienes buscan mostrar su “yo”, lejos de una sociedad que continúa siendo altamente inquisidora. Si nos detuviésemos a analizar nuestras actividades en Facebook, Twitter, o alguna otra plataforma social, encontraríamos la tangencia rondando la necesidad objetiva de propiciar, a cualquier costo, criterios, comentarios, y sugerencias, de acuerdo con nuestra predilección.
Nada de lo que “posteamos” en nuestros muros se borra realmente. Quizás sea el mayor temor de quienes analizan a fondo el mundo informatizado. Por otra parte, cada acción en línea es producto de la construcción personal que delimita actitudes, preferencias, contextos, anhelos,...; por lo que estaríamos ofreciendo no solo datos personales verídicos también aspiraciones que, 10 años atrás, considerábamos privadas.
Educarse en buenas prácticas tecnológicas es primordial en tiempos actuales. No basta con saberse apañar ante algún dispositivo repleto de programas y herramientas; debemos aprender a participar con fines públicos pero coherentes, ejerciendo el derecho a la libre opinión.