Santiago de Cuba, / ISSN 1681-9969

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El papel es lo de menos

acto de graduacion cujaeYo no sé si a usted le ha pasado igual, querido lector, pero el día de mi tesis de licenciatura todo el mundo parecía más entusiasmado que yo. Igual pasó con la graduación. Y no era porque no me quisiera graduar.


Es que uno lleva un año, a veces más, trabajando en esa tesis, y aun así muchas veces tienes que correr los últimos días. Se llega al momento crucial de la discusión tan agotado y tan nervioso que uno no sabe si tomar café o un relajante té de tilo. Yo confieso haber tenido que tomar mucho, pero mucho té. Una planta de tilo entera.
La familia a veces está en peor estado de nervios que uno mismo. Mi madre tenía hasta pesadillas. Y la evidencia total de que los nervios no me dejaban pensar fue cuando terminé de hacerle las correcciones de la tutora al documento entero y la computadora se apagó solita. Sin haber guardado nada. Casi le caigo a cabezazos a la pantalla. Pero la evidencia no es esa: es que mi madre, que sabe mucho menos de informática que yo, fue la que rescató los cambios. Algo que yo le había enseñado, pero estaba tan mal que no lo recordaba.
Entonces llega la hora y todo pasa demasiado rápido. Y los pequeños problemitas parecen enormes. Por confusiones en el horario y problemas de transporte, yo casi llego tarde a mi propia tesis. Parece cuento, pero no. Si la presentación de power point tarda en cargarse, ya uno supone que no va a salir nunca, justo en el día más terrible e importante de tu vida. O eso es lo que uno cree en ese momento. Tartamudeas, sudas frío, tienes hasta mareos. Y de pronto todo termina. No puedes creer que hayan pasado solo 20 minutos, más cinco o diez de preguntas, respuestas, oponencia y demás. Los jurados se quedan a deliberar. Máxima tensión.
Yo tuve la suerte de sacar 5 puntos, y todo parecía darme vueltas. Las personas me felicitaban, a esa hora todos tenían algo que decir a lo cual debía responder coherentemente, pero yo estaba tan aturdida que solo quería irme de allí y dormir cien años seguidos, como la princesa del cuento. Pero no se podía: había un buffet y después una fiesta. Mi mejor amiga llegó a decirme que yo parecía una persona distinta después de la tesis. Quizás lo fuera.
Y uno está aterrado, porque se acabaron alrededor de 17 años de estudios y comienzan alrededor de 35 años de vida laboral. Hay un solo verano entre una cosa y la otra. Se acabó la “buena vida” universitaria. Se acabaron las noches en la beca, las fiestas, el ir a la escuela al día siguiente con ojeras terribles y toneladas de café en el organismo para toparse de cabeza con un seminario “inesperado” (del cual te hubieras enterado si la semana anterior no hubieras ido a ese festival de cine en Holguín)... Comienza el salario ¡qué bien!, pero junto con él, vienen otras responsabilidades.
Y entonces llega el día de la graduación, y te preparas para recibir tu título. ¡Cuánta esperanza, cuánto esfuerzo, cuánto símbolo y suposición guarda un simple papel! “Licenciada en periodismo”, dice el mío. No lo he colgado en la sala. Lo tengo ahí, guardado en una gaveta, muy bien cuidado. Porque el papelito es lo de menos.
El título se demuestra en la calle, en el día a día. Antes, muchas profesiones se aprendían por oficio, en la práctica, y esta es una de esas. Muchos de los grandes periodistas que han existido no lo estudiaron jamás. Efectivamente, el papelito es lo de menos. Pero ese día, cuando finalmente lo tienes en la mano... es lo mejor del mundo.

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