¿Por qué estudié periodismo?

Categoría: Opinión
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periodismoNunca me hice la pregunta. No era necesario. Yo sabía que no podría ser ingeniera porque era muy mala en matemáticas, y los números me causaban siempre un fuerte dolor de cabeza.

No iba a ser buena doctora, enfermera o estomatóloga, porque infelizmente le temo a las agujas, la sangre me produce náuseas y le tengo verdadera fobia al instrumental delgado y punzante utilizado para empastar muelas.

Sin embargo, siempre me gustó escribir, escuchar y hablar con las personas, y saber, siempre saber más sobre la realidad que me rodeaba. Entonces tuve tres opciones: filología o letras, para mi primera habilidad; psicología para la segunda; y bueno, para la tercera no se me ocurría nada.

Un día fueron al aula estudiantes de periodismo. En aquella época –hace más o menos 8 años– me impresionó la forma en la que hablaban de la carrera y de las asignaturas con tanto orgullo, el mismo que sentían cuando veían un trabajo suyo publicado en el periódico provincial. Y comencé a pensar en el periodismo.

Fui al antiguo ISPJAM –actual sede Mella de la Universidad de Oriente (UO)–, donde la carrera tenía su sede, en un sótano repintado y semi-oscuro, debajo de Ingeniería Civil y Arquitectura. Conocí la Siberia (así le decíamos a las aulas más alejadas de la institución) poderosa –o debería decir milagrosa-: aquel entorno frío y habitado por las más curiosas criaturas que entraban en plena clase para asustarnos o hacernos reír. Pero aun así, estaba indecisa. La especialidad era muy selectiva, y para estudiarla había que tener una cultura general amplia, para poder superar el famoso examen de aptitud.

Estudié. Vi muchas Mesas Redondas, noticieros, leí periódicos viejos, nuevos, libros reeditados, y revisé sitios de Internet sobre la famosa “cultura general”. Comencé a asistir al programa Generación, cuna de aquellos que como yo querían hacer radio, aun sin ser profesionales. Hice el examen. Aprobé. Ingresé en la carrera. Y dejé atrás a la Psicología, a la Filología, aun sin saber que todo aquello que me gustaba estaba en el periodismo. Hoy amo mi profesión, sin arrepentimientos.

Mis compañeros de aula conversaban sobre la vida, el amor, los deportes, la televisión cubana y sus actores, sus tramas, sus telenovelas. Nunca hablábamos sobre nuestro futuro salario. No era importante. Como tampoco lo eran la falta de computadoras, cámaras, grabadoras, teléfonos; aquello solo era infraestructura. Nuestros sueños seguían intactos.

Por eso en segundo año hicimos una actividad con niños enfermos de cáncer en La Colonia; y fuimos a la playa tantas veces, al cine, a tomar helado, a soñar despiertos. Aun cuando éramos 34 y no cabíamos en el cubículo de edición en Radio Mambí, y no había cámara para que todos hiciéramos nuestros trabajos en Tele Turquino.

Hoy siento orgullo cuando veo a mis compañeros salir en televisión, escribir en el periódico, hacer radio, asumir cada vez más responsabilidades. Sobre todo porque en nuestras conversaciones nadie nunca pensó en abandonar la carrera para ir a una donde pagaran más, donde hubiese más comodidades, o donde sencillamente no pudieran ser periodistas.

Mayilín, quien parió casi al terminar la carrera, no pudo comenzar en tiempo su servicio social en el Consejo Provincial de Artes Escénicas. Hace poco fue a visitarnos a la Universidad, a matar la nostalgia acumulada tras dos años de ausencia. Y me dijo con la mayor naturalidad del mundo que ella no pensaba en su salario, porque amaba su profesión.

Un buen amigo me explicó que la vocación, como muchas cosas espirituales en esta vida, se lleva en el corazón, en las venas, y no en los bolsillos. Quizás por eso estudié periodismo.

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