La historia de Israel puede equipararse a “El curioso caso de Benjamin Button”. Si bien es cierto que la película protagonizada por Brad Pitt dista un millón de años luz de la realidad, la de mi colega Israel, mucho se le parece, porque las dos, “rayan” lo inusual.
Si no la conoce, le explico: Button es un señor de 85 años de edad que acorde pasan los años, se va haciendo joven, hasta llegar a morirse, literalmente, como un bebé…
No, no trate de entender o de buscar similitudes con la vida real, porque no las tiene. Pero lo cierto es que el caso de Israel es tan poco común que pudiéramos compararlo con el largometraje.
¿Dígame si no es así? Israel Hernández Planas es un talentoso periodista y joven santiaguero. Su esposa, aun siendo estudiante salió embarazada, casi finalizando su carrera, y el colega, quiso acogerse a la Licencia de Paternidad para no afectar los estudios de la futura madre.

“Según me explicaron, ´lagunas´ en la Ley establecían que el salario que recibiría era el devenido por mi esposa, algo absurdo porque ella solo llevaba a sus bolsillos un estipendio mensual de cien pesos”, me cuenta.
“Todavía no lo entiendo. ¿Si yo llevaba diez años de trayectoria laboral con mi seguridad social pagada, y, además, era yo el que se acogía a la licencia, por qué no se tenían en cuenta mis ingresos?’’
Ante las interrogantes de Israel acudimos a la filial provincial de Asistencia y Seguridad Social buscando respuestas. Según nos explicaron todavía no hay una ley que tenga en cuenta a la madre estudiante. De ahí volvimos a las preguntas de Israel, ¿no estamos todos en igualdad de derechos?, ¿no es este caso igual de importante que los reflejados en los diferentes artículos de la ley?, ¿no es importante que las madres terminen sus estudios? y, si yo me consideraba capaz de cuidar a mi bebé y lo necesitaba, ¿por qué no me amparaba la ley? ¿a cuántos otros les habrá sucedido lo mismo?
Sin dudas, preguntas que merecen respuesta y una hojeada sobre lo escrito, más aun, en estos tiempos donde la natalidad es una necesidad, sobre todo en una sociedad tan envejecida como la cubana.
Lo anterior, también se convierte en muestra de desconocimiento de los encargados en aplicar la Ley 234 y lo poco que los hombres se acogen a los beneficios de esta norma cubana.
En estadísticas son igual de reveladoras las cifras, y pongo de ejemplo el año 2011 el que, según cálculos delInstituto Nacional de Asistencia y Seguridad Social adscripto al Ministerio de Trabajo y Seguridad Social en Santiago de Cuba, ha sido uno de los mejores con 4 solicitudes.
Si bien es cierto que nuestro país muestra estándares de igualdad de género superiores, incluso a los de algunos países de Europa, para muchos, paradigma de civilización y garante de la equidad entre hombres y mujeres, mucho falta por hacer.
Las políticas gubernamentales permiten e incluso estimulan la inserción cada vez más protagonista del sexo femenino lo que ha propiciado el incremento de la presencia de las mujeres en el contexto nacional.
No es menos cierto que se ha trabajado y se labora incansablemente en introducir alternativas viables y establecer igualdad (equidad) de condiciones para todos los cubanos, ya sean mujeres u hombres. Pero, ¿nos hemos creado conciencia de esto?
Sin dudas, el Decreto-Ley número 234, “De la maternidad de la trabajadora”, y al que no se pudo acoger Israel, es un gran avance en materia de igualdad. Desde ese momento quedó instituido de manera jurídica que tanto padres como madres están en equidad de condiciones para la protección de los infantes.
Su artículo 16, por ejemplo, establece que “una vez concluida la licenciapostnatal, así como la etapa de lactancia materna que debe garantizarse para propiciar el mejor desarrollo de niños y niñas, la madre y el padre pueden decidir cuál de ellos cuidará al hijo o hija, la forma en que se distribuirán dicha responsabilidad hasta el primer año de vida y quién devengará la prestación social”.

Esta era, sin duda, la mejor vía para mi colega, su esposa y su pequeño Fabián. Pero, como no pudo, ¿qué hizo?
“En Seguridad Social me orientaron que conmigo lo que se podía hacer era un reajuste del horario laboral de forma excepcional, que se establece cuando el trabajador presenta algún problema y, previo acuerdo con la administración de la entidad, siempre y cuando no se vea afectado el proceso productivo”.
Y eso fue lo que hizo, gracias a la comprensión de los directivos del centro donde labora le reajustaron el horario de trabajo hacia las noches, de forma tal que por el día, pudiera dedicarse al cuidado del bebé.
Que no fue fácil, es verdad. Que su mayor miedo por aquel entonces era no poder calmar el llanto de su niño, también es cierto. Pero que “fue lo mejor que pudo pasarle”, eso sí lo asegura Israel.
“Lo primero fue sobreponerme poco a poco a los temores propios de padres primerizos e inexpertos, pero sin complejo alguno. Lo otro era acomodarme a mi bebé, a sus deseos, a su mecanismo biológico”.
“También nosotros comenzamos a prepararlo desde pequeñito para lo que pensábamos hacer. Por ejemplo, la leche materna nunca fue a tiempo completo, se la íbamos alternando y así, a la hora de “destetarlo” fue más fácil para todos y mucho más, para mí, para poder hacerle frente a esta situación”.

Poniendo como buen ejemplo a mi amigo Israel, trato de encontrar respuesta a no pocas herencias “machistas” que configuran comportamientos en algunos hombres a la hora de decidir si se acogen a una licencia laboral para cuidar de sus hijos.
Aun cuando podamos alegar desconocimiento en cuanto a la ley y sus beneficios –matrimonios en que la esposa genera un mayor salario, en casos de enfermedad de la madre o de su fallecimiento, etc-, predominan las actitudes prejuiciadas sobre la complejidad y compromisos de ambas partes en el desarrollo de la familia.
Por un lado tenemos a los hombres que se creen superiores a las féminas, debido, en gran medida a los patrones sociales, y mujeres que se atribuyen la atención exclusiva del hijo, adoptando una posición similar, porque el cuidado del menor siempre se ha considerado “una tarea de las madres”.
“Eso no es verdad- me dice Israel-, la responsabilidad es y debe ser compartida. Los lazos con los hijos son para toda la vida y deben establecerse desde edades tempranas”.
“Yo me gradué con él,- me dice y se ríe-, cambié pañales sucios, limpié vómitos, me bañé de puré…pero fue increíble. Mi niño ya tiene un año y comenzó el círculo, pero todavía son mis cantos los que los hacen dormir por la noche”.
“Los vínculos son especiales, no solo ahora que me ve y me reconoce, sino desde antes, con mi voz, mis manos. Esta es una oportunidad que todos los hombres tenemos y que debemos aprovechar al máximo”.
Hay que asumir, desde la sociedad en general, pero más aún, desde la familia, actitudes que anulen la sobrevaloración maternal y promuevan una paternidad responsable.
Tenga en cuenta que en esta, como en otras materias todos somos iguales; que la elección de tener un hijo es de ambos y así debe ser su cuidado, mire a mi colega Israel, un papá trabajador y feliz.
Un hombre satisfecho de haber podido ayudar a su compañera y de cuidar y educar a su bebé cuando más lo necesitaba. Mire a mi amigo Israel y comprenda que es justo compartir el ejercicio de la paternidad, pues es, además de un derecho, una experiencia única. No vea a la licencia de paternidad y a los padres que asumen ese derecho como El curioso caso de Benjamin Buttom, porque, no lo es.