La moda según refiere la Real Academia Española en una de sus acepciones, es el gusto colectivo y cambiante en lo relativo a prendas de vestir y complementos, el uso, modo o costumbre que está en boga durante algún tiempo, o en determinado país.
Aunque este fenómeno no es privativo de un grupo etario específico, es en los jóvenes donde alcanza su máximo esplendor, pues normalmente los mayores suelen ser más reticentes ante las cambiantes tendencias que impone y, por el contrario, los más lozanos en busca de un sello que les permita identificarse con sus semejantes, se adhieren a él con tal de reivindicar su oposición a los criterios adultos.
Tanto es así que muchos jóvenes, sobre todo los adolescentes, quedan atrapados por los vaivenes de esta forma de expresión, asumiendo una determinada manera de vestirse, peinarse y hasta de relacionarse, que con frecuencia generan conflictos con los padres.
Cuántas veces no les hemos escuchado decir a estos "con esa vestimenta no irás a ningún lugar", "me da igual que los demás se tatúen, tú no lo harás", “pareces un arcoíris con esa combinación” o “cuando te gobiernes usas la moda que prefieras, pero mientras yo pongo las reglas”.
Pero ¿qué piensan los jóvenes santiagueros al respecto?, ¿cuáles son sus experiencias?, ¿cómo convencen a sus padres para que aprueben sus cambios de look?
Julio Lafargue a sus 16 años confesó que cuando era un niño tenía que aceptar la ropa y los peinados escogidos por sus progenitores.
“No había alternativa, recuerdo que me ponían una gorrita ridícula que me convertía en el hazmerreír del grupo. Cuando todos mis compañeros usaban pitusas y pullovers, yo llevaba pantalones de vestir y camisas de mangas largas. Era algo así como el anticuado del barrio.
“Mis padres se esforzaban porque me viera elegante, pero yo no valoraba eso, solo entendía que su concepto de elegancia nada tenía que ver con lo que los demás llevaban. Hoy ya sé qué quiero y me impongo a la hora de comprar las prendas que uso, aunque en ciertos aspectos continúan siendo intransigentes.”
Alejandra Rangel tiene dos hijos de 13 y 17 años respectivamente y también ofreció su parecer al respecto:
“Soy una madre joven y siempre he tratado de complacer en la medida de lo posible los gustos de mis hijos. Aun así, hemos tenido nuestras discusiones porque ellos no siempre entienden que el dinero no se da en los árboles y en ocasiones sus modas son muy costosas.
“Tampoco entienden que desde nuestra posición de padres intentamos protegerlos. Tuve una tángana con mi hijo menor porque no le permití hacerse un tatuaje en el pecho y ponerse un piercing en la lengua. Es cierto que muchos adolescentes se hacen esas cosas, pero los riesgos que corren son altos y él todavía es muy chico.”
Sintia Aroche tiene 21 años y dice que ella trata, más que estar a la moda, de escoger lo que mejor le sienta de las tendencias de actualidad para vestirse de acuerdo al momento y el lugar.
“Es una cuestión de sello personal, de lo que uno quiera comunicar. No te arreglas igual para ir a un teatro que para ir a una fiesta, a una playa o provocar a un chico. También depende de tus cualidades físicas, no todas usamos extensiones, moñitos, queratina, betas o mechas californianas.”
Abelardo Santí, por su parte nos cuenta sus artimañas para que sus padres le permitan llevar algunas corrientes de la moda:
“Siempre les he convencido con retos escolares, recuerdo que una vez le dije a mi mamá que si ganaba el primer lugar del concurso nacional de historia quería hacerme rayitos en el pelo y gané. Cuando hice los exámenes de ingreso a la Vocacional, acordé con mi padre que si pasaba entre los diez primeros del escalafón él me compraría los Converse que se usaban y entré al IPVCE como el número seis de la provincia.
“Cuando se dieron cuenta que para mí las buenas notas no eran difíciles de alcanzar me ponían retos caseros y entonces adopté la estrategia de hacer campañitas con mis abuelos, tíos y primos, o buscarme a otro miembro de la familia que me complaciera en lo que deseaba.”
Lo cierto es que muchas son las respuestas, diferentes son los contextos familiares y las preferencias de los jóvenes. Es vital la tolerancia en todo este ajiaco de diversidad de tendencias, por la comprensión de que no siempre es posible económicamente sumarse a determinada corriente y por la coexistencia pacífica entre padres, hijos y moda.
Llevar jeans rotos o caídos, tupés, pelados con dibujos, ropas súper ceñidas al cuerpo, tatuajes, chancletas, tops que no llegan al ombligo, piercing, zapatillas de tela o gafas sin que haga sol, nos ayuda a afianzar nuestra identidad como jóvenes, pautar las peculiaridades como generación, pertenecer a un grupo juvenil determinado, reflejar a quien admiramos y cuáles son nuestras preferencias. Todo un cúmulo de información que puede ayudar a nuestros padres a conocernos mejor sin tener que recurrir al lenguaje hablado.