-¡Lo veo, lo veo!-, exclamaba el abuelo frente a la pantalla del televisor, mientras el nieto ponía cara de asombro. ¡Míralo ahí, con su fusil, su uniforme verde olivo y sus grados de Comandante en Jefe!, no paraba de decir apuntando a la transmisión del desfile y revista militar por los 58 años de la Revolución, mientras el joven se desesperaba buscando aquella visón que haría a su abuelo pararse del asiento y exclamar en aquel elevado tono.
El abuelo contaba con 96 años de edad y hacía ya mucho tiempo había perdido la vista y en estos días había estado más delicado que de costumbre, acongojado por los últimos acontecimientos que habían sembrado de tristeza a todo el planeta, pero a pesar de todo seguía ahí de pie frente al televisor por el que pasaba desfilando el pueblo combatiente, mientras sus gritos de ¡Lo veo, lo veo! inundaban todos los rincones de la casa.
El nieto a cada minuto se sentía más contrariado tratando de explicarle al anciano la imposibilidad de su visión, él también había sentido en lo más profundo la partida física Fidel, y como todo su pueblo había firmado el juramento al pie del Concepto de Revolución. Así pasaban desfilando los batallones uniformados, mientras el abuelo seguía de pie y asegurando ver mejor que todos los demás que se habían reunido en la sala esa mañana de enero.
Hasta que un vecino a punto de perder la paciencia le dijo, - por favor cálmese que usted no ve mejor que nosotros y solo es el pueblo uniformado marchando por la plaza – Las palabras fueron seguidas por un silencio adornado solo por la marcial música de fondo de la transmisión del desfile. Acto continuo el abuelo dio unos pasos y se dejó caer pesadamente en la mullida butaca, desde ese rincón de la sala lanzó una iracunda mirada a todos los presentes y exclamó, -¡Ciego aquel que no vea a Fidel encabezando el desfile, con sus botas de guerrillero y con su fusil preparado para nuevos combates!-
Al escuchar estas palabras todos se miraron y entendieron al fin qué decía el abuelo, ciego por la enfermedad hacía algún tiempo, pero que miraba con los ojos del corazón. Uno a uno todos los presentes en la sala comenzaron a ver a Fidel, saludando al pueblo, marchando frente a las tropas, al lado de Raúl y de nuestros principales dirigentes, un Fidel en cada consigna, en cada rostro de niño, en cada palabra empeñada con esta Revolución, un Fidel más vivo que nunca, desfilando vestido de verde olivo por cada plaza, cada calle y cada recóndito lugar de nuestro país.
La fábula del abuelo tenía una importante moraleja, cada uno de nosotros es Fidel, y debe sentirlo de esa manera, once millones de Comandante en Jefe, fieles a sus ideas y a su trayectoria. No hay Cuba sin Fidel, porque Fidel es el pueblo mismo, es la mano, la poesía, la energía, la inocencia y el abrazo de cada uno de nosotros. Porque aunque no habrá monumentos ni esculturas ni avenidas ni plazas que lleven su nombre, no habrá Cuba sin Fidel y eso lo sabemos todos, el arma principal del pueblo cubano es su memoria histórica y Cuba no olvida. Gracias Fidel por enseñarnos a mirar con el corazón.
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