
Los padres son quienes generalmente notan los signos del llamado Trastorno del Espectro Autista (TEA) en los dos primeros años de vida de su hijo: comportamientos poco comunes, pérdida de aptitudes, o sencillamente incapacidad para alcanzar de forma adecuada los llamados “hitos” del desarrollo infantil.
Aunque para los padres puede ser difícil etiquetar a su bebé “autista”, entre más pronto se haga el diagnóstico, antes se podrá actuar. En este sentido, investigaciones realizadas indican que una intervención temprana en un entorno educativo apropiado durante la etapa preescolar, puede tener mejoras significativas para muchos niños pequeños con trastornos del espectro autista.
Formalmente la de tres años es la edad en la que se puede diagnosticar el autismo, pero especialistas refieren que desde que el niño nace, en los primeros tres meses, comienza a mostrar síntomas alarmantes que pueden denotar una alteración en su comportamiento: rechazan la lactancia, no aceptan caricias, no sonríen ante la caricia del adulto, se mantienen muy tranquilos, son inexpresivos, no reaccionan ante estímulos sonoros...
“Para los padres el diagnóstico es algo doloroso, constituye una especie de duelo; entonces empiezan a sufrir de forma encubierta y se limitan de pasear con sus hijos por temor al comportamiento que estos puedan tener en un momento determinado. Por eso tenemos también el reto de que no solo la sociedad sino la familia, los vea como personas iguales, con un trastorno pero iguales en definitiva.
“Se hacen las escuelas de educación familiar para irlos sensibilizando; sin embargo, hay que ir poco a poco, hay que trabajar mucho con la familia; y los invitamos a casi todas las actividades que realizamos para que ellos compartan con sus hijos. Y así, según los niños se superan, se superan los padres”, expresó Niurka Beltrán, maestra terapeuta de la Escuela Especial “William Soler”, especializada en niños con autismo.
Aceptar a estos pequeños como son, es el primer paso para su mejor vinculación con la sociedad. De tal modo, la intervención temprana con la puesta en marcha de programas eficaces, enfocados en el desarrollo de las habilidades afectadas pueden ayudarlos a ganar destrezas. A pesar de que no existe una cura conocida, sí hay evidencia de casos de infantes que se han mejorado de manera extraordinaria.